sábado, 26 de diciembre de 2009

Sin vosotros, nada


Una de las cosas más chocantes que sucede en el interior de lo que comúnmente conocemos como mercado, atañe a la circunstancia de que el consumidor es su protagonista más importante y a la vez el más despreciado. Basta mirar alrededor (no mucho, que a lo peor nos deprimimos) para observar que hay dispuestos en su perímetro una buena cantidad de organismos e iniciativas que velan porque no se pisoteen demasiado sus derechos, lo que en román paladino significa que lleva las de perder, siempre o casi siempre, porque de otra manera no haría puñetera falta tanta línea defensiva ni tanto celo protector.

Los tres artículos de opinión escritos para OcioJoven en el invierno de 2006 [ya están a vuestra disposición en formato PDF], venían a poner de relieve que en nuestro mundillo no sabemos lo que consumimos ni cuáles son nuestros derechos como consumidores, y que a falta de la imprescindible información, estamos en manos de quienes deciden qué o cómo compramos; y lo que es peor, a qué precio y en qué condiciones lo hacemos. En realidad todo ello no es nuevo, tras la revisión del material publicado en The Freak Times, ya dije que seguíamos igual, si no peor que en 2002, pero el matiz que hace interesante la lectura de este pequeño grupo de textos, es, a mi modo de ver (siempre subjetivo), que abordan la realidad de nuestro mercado desde tres perspectivas diferentes pero coincidentes en cuanto a delatar que a los grandes productores les seguíamos importando un pimiento, como quien dice, hace nada.

Así las cosas, cabe admitir que como aficionados disponemos de muy poco margen de maniobra porque ni se nos informa ni se nos permite que mejoremos nuestro criterio, ya que los que deberían modificar las cosas no saben o quieren cambiarlas, y ahí radica el quid de la cuestión, creo, porque cuanto más insolventes y dependientes seamos, más vamos a necesitar la presencia del correspondiente gurú que nos diga cuál es el camino, de manera que él elegirá por nosotros y nos podrá indicar cuándo el rol ha muerto o cuándo ha renacido, qué es lo bueno y qué lo malo (siempre según sus particulares intereses o afinidades), o cómo debemos entender lo que hasta hace muy poco no necesitaba de diccionario.

Decía más arriba que resulta chocante que el consumidor sea el pagano de los experimentos y carencias del mercado con mayúsculas y por consiguiente también del nuestro, pero cabe hacer una consideración en cierto modo optimista, porque hoy, a diferencia de ayer, disponemos de más canales de información y discusión de los que podríamos imaginar, y por ello haríamos el bobo si no los supiéramos aprovechar, porque sin nosotros, no hay nada, y convendría que nos lo fuésemos creyendo.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Con agujeros no, gracias.


Pues eso, que un libro con agujero (por mucho que no perjudique su lectura) es un libro estropeado, roto, defectuoso.

Que no nos engañen.

«Importante: Los libros de la promoción "Halloween" tienen un agujero de unos 5 mm. de diámetro en la esquina superior izquierda que no perjudica su lectura, pero sí marca una diferencia con respecto a los ejemplares adquiridos con anterioridad a su precio original.»

Sí, marca una diferencia muy clara: son libros defectuosos.

Imaginemos que vamos de rebajas y encontramos esa chupa de cuero que nos gustaba cuando era cara, pero que nos mola más ahora porque el precio es mucho más asequible y el fabricante ha anunciado que la retira del mercado.

Bien, tras comprobar que nos sienta bien descubrimos que tiene un agujero de 5 mm. de diámetro en la solapa. Está claro que no afecta a lo que se espera de una chupa, pero todo indica que no es una chupa como esperamos que sea una chupa, ya me entendéis. Continúo. Buscamos una similar que no tenga el agujero de marras, pero para nuestra sorpresa observamos que todas las chupas del mostrador tienen el mismo agujero, en el mismo sitio.

Bueno, tras el chasco informamos al dependiente de que las chupas rebajadas «están rotas, estropeadas, defectuosas», pero el tipo, sin cortarse un pelo nos contesta: no, no están rotas, el fabricante las ha agujereado para diferenciarlas de las chupas adquiridas con anterioridad a su precio original. No sé vosotros, yo mandaría a la porra al dependiente advirtiéndole de que su comentario no es muy razonable que digamos; desde luego no volvería a la tienda porque hace falta ser jeta para vender una cosa rota argumentando que es una promoción; y por último, me acordaría de los parientes más cercanos del fabricante porque hace falta ser impresentable para estropear una chupa de cuero de manera tan cutre.

Como el supuesto contraviene flagrantemente la normativa vigente: «Ley 7/1996, de 15 de enero, de Ordenación del comercio minorista / CAPITULO III / Ventas de promoción /Artículo 27. Concepto. [...] 2. Los productos en promoción no podrán estar deteriorados o ser de peor calidad que los mismos productos que vayan a ser objeto de futura oferta ordinaria a precio normal». Y en el Artículo 65 de la misma ley podemos leer. «Infracciones graves / 1. Tendrán la consideración de infracciones graves: [...] j) Ofertar como rebajados artículos defectuosos [...]», lo lógico (digo lógico, que no habitual) sería que ante una situación similar, presentáramos una queja en la Oficina del Consumidor, o una denuncia en la comisaría más cercana, para que las autoridades metieran mano en el asunto y el fraude no se volviera a repetir (es un fraude, mal que nos pese lo es).

Ya he dicho alguna vez que nuestro mundillo está hecho unos zorros, por peculiar, y esta es una buena oportunidad para comprobarlo:

1. El fabricante no avisa con suficiente antelación al tendero de que va a descatalogar producto y va a lanzar un saldo (aunque parezca impensable, tiene obligación de hacerlo).

2. El tendero compra material que va a ser descatalogado sin enterarse de nada (tampoco es que sea una cosa del otro jueves, porque si normalmente están en la higuera, ni os cuento cómo andan de prevenidos ante una emboscada).

3. Llega la promoción (utilizar el nombre de saldo llevaría a reducir aún más el precio, y ya sabemos cómo van estas cosas de jugar al equívoco), y para que el tendero no rechiste y se coma el material que ha comprado hace una semana (al librero le asiste el derecho a negociar el diferencial entre el precio de un producto a su valor normal y al rebajado sin previo aviso), el fabricante le vende una nueva tanda de libros rotos con la excusa de la «diferencia promocional».

Y todo esto sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza, porque el fabricante y el tendero están haciendo algo ilegal, y si no lo saben, deberían saberlo. El primero porque vende material defectuoso como producto sujeto a promoción (saldo, para ser exactos), y el segundo porque se asegura de que cuando acabe de vender la promoción (saldo, para ser exactos) a los incautos, volverá a vender el mismo producto al precio habitual, esta vez a los rezagados.

No sé lo que pensaréis vosotros. A mí me dan ganas de llorar porque el que se come el auténtico marrón es el aficionado que permite que por 1.600 pesetas de las de antes se cisquen impunemente en su derechos como consumidor; y el mercado, que seguirá pensando que los editores somos una banda de ladrones y filibusteros, sin que nadie quiera remediarlo... pero es que somos roleros, los libros de rol no son chupas, y además: esto es otro mundo.

Un abrazo para todos

Artículo de opinión publicado en OcioJoven, con fecha 27 de febrero de 2006.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Dos pájaros de un tiro


La actual situación del rol en España no es tan particular ni tan específica como pretende hacerse ver, forma parte de un problema mayor que aqueja a todos y cada uno de los componentes de eso tan difuso que denominamos cultura. Y al igual que ocurre en otros ámbitos (cine, literatura, etcétera) existe una razón que si bien no tiene visos de solucionarse a corto plazo, como desearíamos algunos, sí que merece un momento de reflexión.

Lo bueno del colonialismo cultural es que acaba por hacer estragos sin que apenas se note. Lo malo de ser un agente mal colonizado es que corres el riesgo de que nadie te haga puñetero caso porque sencillamente no se te entiende.

Para abrir boca ahí va una anécdota (cosas de tener bastantes años, perdonad). Corría el año 95 y yo andaba ilustrando un libro para una conocida editorial madrileña que además iba a encargarse de la traducción al castellano, catalán, euskera y gallego de una buena parte del material que la multinacional Disney producía para los niños (lo siento, pero llamar infantil a eso es como tratar de idiota a un crío, y es que son pequeños, pero no gilipuertas, así que paso). Durante una comida de trabajo (con gente importante de la editorial y eso) se abrió un pequeño debate sobre la pertinencia de aplicar en el mercado español el cambio de nombre a Aladino (nuestro Aladino, el de siempre, el de Alí Babá y los 40 ladrones) sustituyéndolo por el globalizado Aladdín...

Bueno, si no lo sabéis os lo cuento: hoy, a Aladino no lo conoce ni su padre porque pocos críos saben de la existencia del cuento Alí Babá y los 40 ladrones. Hoy, apenas cuatro chavales saben que el auténtico creador de Pinochio fue un tipo que se apellidaba Collodi; o que el que creó a Peter Pan se apellidaba Barry; o que al feo Cuasimodo y a su amada Esmeralda los parió Víctor Hugo... Hoy, todo ese caudal de originalidad que en su día tenía padre o madre, es Disney Original, y todos tan panchos.

Traigo aquí lo de Disney y os he contado mi pequeña anécdota (la agitada vida que llevo me permite tener muchas más) porque es un ejemplo que me sirve para explicar que a eso aparentemente tan inocuo que nos ocurre todos los días sin que nos demos cuenta, se le llama colonización cultural (debería escribir COLONIZACIÓN CULTURAL), porque hubo (hay siempre) alguien que decide que lo artificial debe suplantar a lo natural borrando todo rastro de respeto.

Si la colonización cultural es mala (venga de donde venga, y la imponga quien la imponga, no me voy a poner remilgoso con el asunto de la procedencia), en el caso del mundillo de los juegos de rol adquiere tintes de genocidio (cultural), que en España, además, desprende un marcado tufillo a sainete, o sea, que es como para ponerse a mear y no echar gota.

Como he dicho más arriba, lo malo de ser un agente mal colonizado es que corres el riesgo de que nadie te haga caso porque sencillamente no te comprenden, y por ello me gustaría que quedara claro y se entendiera que estoy denunciando, por desoladora, la situación en que se desenvuelve nuestra actividad: triste y pobre de cojones, en referentes y contenidos; desrraigada, desposeída, cautiva de lo que producen otros... absolutamente colonizada —qué queréis que opine si me lleno de sonrojo cuando asisto a una discusión acalorada sobre plagio (nada más y nada menos) suscitada por el tema Underworld y su secuela (La Universal juntó a las dos estirpes en la década de los 60 y no pasó absolutamente nada). Qué queréis que diga si me hierve la sangre cada vez que algún aficionado se refiere a la auténtica esencia de un vampiro cuando denosta una aventura que hicimos y que bebía directamente del mito original (sí, el planteado por John W. Polidori y Bram Stoker), y a colación me sale con alguna chuminada transgénica confeccionada alrededor del parto literario de Anne Rice y trasplantada a nuestro acerbo popular gracias al cine y a la inestimable contribución de White Wolf. Qué queréis que saque como conclusión si cuando menos me lo espero cualquier gilipuertas me pregunta si Mutantes en la Sombra ha copiado a Vampire...—.

Si lo bueno del colonialismo cultural es que acaba por hacer estragos sin que apenas se note (como un supositorio de glicerina), hay que reconocer que en lo que a los Juegos de Rol se refiere, hace bastante tiempo que estamos totalmente anestesiados; y si he dicho que en España el asunto desprende un marcado tufillo a sainete, que es como para ponerse a mear y no echar gota (lo digo como lo siento), es porque hemos alcanzado esta situación tirando la toalla como unos pardillos, dejándonos aleccionar por los mamporreros de turno, los adalides de la claridad que machacaron en su día la capacidad nativa comparándola con la foránea, para llenarse la boca, a renglón seguido, con peticiones de estudios sociológicos, de más cultura rolera, de más carne en el asador por parte de los sectores involucrados, y por supuesto, reclamando más esfuerzo creativo...

¿Por qué he titulado este artículo Dos pájaros de un tiro?, pues porque la colonización cultural (como cualquier otra) sólo va de pelas, de euros, de money, de matar dos pájaros del mismo tiro, porque devaluando cualquier intento de independencia se consigue un doble propósito: eliminar la molesta competencia y que parezca que lo bueno siempre lo hacen otros... y eso, amigos, es lo único que cuenta, que sigamos comprando lo que hacen otros. ¡Nos ha jodido!

Un enorme saludo para todos.

Artículo de opinión publicado en OcioJoven, con fecha 13 de febrero de 2006. La ilustración de cabecera corresponde al soberbio trabajo que hizo Roberto Innocenti sobre la obra de Carlo Collodi, que ha publicado de forma cuidadísima la editorial Kalandraka.

jueves, 19 de noviembre de 2009

El Rol ha muerto


Vivimos un momento de recesión más que palpable, debido, entre otros factores, a la enorme cantidad de títulos que se han publicado estos años anteriores en EE.UU. (fundamentalnte), lo que ha originado en España la vuelta a los mentideros de la justificación menos inteligente y más peligrosa: ¡¡¡Los Juegos de Rol han muerto!!!

¡Que no cunda el pánico!

No, no lo creáis, ya sé que es un comentario que se está extendiendo como la peste, pero creedme: es simplemente una coña fea, recurrente, la manera que tienen algunos de justificar sus propias limitaciones.

La cosa de que el Rol ha muerto, o está a las puertas de hacerlo, no se sostiene porque malamente puede morir algo que ya ha muerto, y es que a decir de los entendidos, y que yo recuerde, el rol murió con el Magic, cuando desapareció Joc Internacional, cuando llegó el D20 System y cuando se hicieron habituales los PDFs (si me he equivocado en el orden, espero que sepáis perdonarme).

Atendiendo a la importancia de las razones argumentadas por los diferentes voceros de turno: que precisamente la empresa que parió el Magic (Wizards of the Coast) —a mediados de los 90 se dedicaba exclusivamente a hacer cartas, recordemos— sea quien convulsione el mercado comiéndose a TSR (Dungeons & Dragons RPG) y nos acojone un poco a finales del siglo pasado tratando de imponer el D20 System y el sistema de licencias, dice mucho a favor del futuro y solvencia del rol y bastante poco acerca de la seriedad de los amantes del augurio funesto y gratuito. Porque los yankis pueden ser muchas cosas, pero en cuestión de pasta no suelen ser idiotas.

Alguno estará pensando en que ya estoy en los extremos, que el ejemplo de Wizards no es del todo válido porque es muy grande y está muy diversificada (a lo mejor es tan grande porque está diversificada, todo sería indagar), pero sinceramente creo que no me he ido demasiado lejos. Recordemos brevemente que cuando el Magic anunciaba el apocalipsis rolero en España, el Vampire (White Wolf) y sus secuelas, precuelas y adláteres campaban por sus respetos, el 7th Sea y el Legend of the five rings (ambos de Alderac) salían al mercado... O que cuando el D20 System parecía que iba a destruir cualquier atisbo de supervivencia, todo quisque con dos dedos de frente (lejos de aquí, lógicamente) se subió al carro, y hubo algunos que incluso decidieron acometer la renovación de sus emblemáticas líneas (The Call of Cthulu, Star Wars, The Lord of the Rings, etcétera), mientras otros abordaban el asunto con renovadas ganas (Zombie, Witchcraft, Unknown Armies...).

Siguiendo con lo de la importancia, lo de Joc Internacional es en cierto modo comprensible, la caída de una editorial de su tamaño convulsiona cualquier mercado, pero no olvidemos que en breve tiempo casi todas sus líneas importantes ya estaban en otras manos (algunas ya los estaban desde antes, todo hay que decirlo). Y lo de los PDFs... pues ya hemos visto el enorme daño que nos ha hecho (y sigo sin justificarlo, que conste).

Voy al grano, que ya es hora. ¿Qué nos pasa entonces, para que cada cierto tiempo decidamos interpretar a desconsoladas plañideras? Pues lo de siempre, ni más ni menos, que aquí funciona muy bien la política del miedo (a río revuelto, ganancia de pescadores), porque algunos intereses editoriales (¡ojo, que no he dicho mafias!) se aprovechan perfectamente de la paupérrima calidad y formación profesional de alguno de los integrantes necesarios del sistema (léase libreros) para seguir vendiendo material no traducido (es que aquello es otro mundo... ¡no te jode!).

La economía contempla que los mercados, para ser mercados, deben sufrir periodos de expansión y de parón que se suceden a lo largo de su explotación (el consumo se está enfriando, ¿os suena?). Así, es lógico entender que cada cierto tiempo aparezcan iniciativas que desaparecen luego, y que entre tanto tirón y recesión, sólo queden aquellas que han demostrado su solvencia... porque es lo normal, lo natural. No hay muerte de la actividad, sólo cambio de ritmo y de integrantes.

¿El Rol ha muerto? No, tajantemente lo digo. No estamos en uno de los mejores momentos, no lo voy a negar, pero sé que pasará. Y, entonces, ¿a qué viene tanta profecía funesta?...

La economía también dicta que no existe mercado si no hay confianza. Así, si destruimos la confianza nos cargamos el mercado y nos podemos ir tan tranquilos quedando como auténticos reyes del mambo (sencillo, ¿verdad?). ¿Que quedan otros que intentan mantener la confianza?... ¡que se jodan!

No hagáis caso, todo esto es sólo es una coña fea, un intento por jodernos la vida que está siendo propagada por aquellos que se enfrentan a la cruda realidad de que dependemos en exceso del mercado americano (ya sabéis, si allí estornudan, aquí nos constipamos), o lo que es peor, por aquellos que tratan de alargar su agonía, ejerciendo, como cuando estaban en plena forma, de Gran perro del hortelano patrio.

Un enorme saludo para todos.

Artículo de opinión publicado en OcioJoven, con fecha 5 de febrero de 2006.

domingo, 27 de septiembre de 2009

El día de la marmota


Siete años suponen un buen puñado de tiempo. Mi hijo, por ejemplo, ha pasado de anudarse al cuello la adolescencia, a pelear por un futuro que intuye como suyo, y como un jabato. Sí, siete años parecen un buen margen como para que algo madure o cambie. Mi hijo, sin ir más lejos, ha crecido hasta sobrepasarme por muchos centímetros, tiene novia, y anda decidido a convertir sus sueños en realidad, midiendo cada paso que da…

Me dejo de hablar de Josu y voy directo al grano, porque tras leer los artículos de opinión que publiqué hace siete años en The Freak Times [ya están listos para descargarlos en PDF], tengo la sensación de estar viviendo el día de la marmota que sufriera Bill Murray en la película de idéntico título.

Quitando que tras algunos libros y artículos publicados en otros lares, y lo de Nürburgring con sus casi 500 entradas, me siento más escritor que antaño (me presento por fin al Gabriel Aresti); que el pertinaz empeño de unos pocos ha originado que lo del asesinato del rol ya no cuele como excusa, pues nuestra modalidad de ocio se usa en escuelas, incluso en colonias veraniegas, para educar a la chavalería en conceptos como la tolerancia y la igualdad, mientras se entretienen; y que mi hijo ha pasado olímpicamente de los JdR aunque tiene amigos que los juegan; poco o nada ha cambiado en estos últimos siete años en cuanto al contenido de mis opiniones vertidas se refiere.

Ya no hay revistas desde donde modelar la opinión, han sido sustituidas por  hermosas Torres de Marfil donde se intenta leer el Pravda a los mismos concurrentes a los que se prometió fluidez en la comunicación y cercanía. Rara es la vez que nos encontramos con una contestación que no sea escueta o monosilábica cuando alguien pregunta en los foros editoriales por algo que no resulta conveniente para la filosofía de la casa que los habilitó para mantener el contacto con la afición. Ni os cuento lo que ocurre cuando algún desaprensivo trata de saber algo sobre alguna de esas licencias o proyectos que no han visto aún la luz, y que se prometieron o anunciaron a bombo y platillo.

Los dinosaurios siguen deslegitimando a los molestos, estos, siguen tratando de hurgar en el trasero de los primeros, aunque hay que reconocer que los protagonistas han cambiado, vamos, que variando algunos nombres en lo que escribí, las descripciones de los hechos acaecidos en 2002 siguen manteniendo su vigencia.

La afición sigue haciéndose las mismas o parecidas preguntas sobre el precio o la calidad de los libros que consume, y las editoriales siguen esgrimiendo las mismas o parecidas razones que utilizaban otros en hace unos años, ahondando en la penuria intelectual en la que nos movemos, porque la gente sigue sin saber qué es bueno y qué no lo es, ya que carece de argumentos o criterio, pues nadie se ha molestado en aclarárselo, sospecho que por si las moscas.

Las listas ya no son lo que eran, Ludotecnia sigue sin existir, siguen sobrando sabios que hablan sin tener ni puñetera idea, sigue abundando la mediocridad, seguimos dependiendo de lo made in USA o made in UK [impreso ahora en China, of course!], la mayoría de tiendas siguen erre que erre ejerciendo de especialistas a su manera, y seguimos casi tal cual estábamos, porque lo cierto es que los consumidores siguen acercándose a las tiendas y responden en cuanto tienen algo ante qué responder y merece la pena el esfuerzo o el precio.

Me quedo con esto último, porque si todavía tenemos rol, y parece que para rato, se debe a la existencia de esas iniciativas pequeñas que parecen sobrar, y a que gracias a los blogs, la necesaria insurgencia y contestación (el sistema las necesita) tiene un impacto inusitado que conviene despreciar… Igual, igual que se hacía hace un puñado de años, aunque con sutiles diferencias.

Mientras recapacito sobre hacia adónde vamos, permitidme que siga sentado en el suelo, mirando mi piedra de poder, como hace el chamán de la ilustración de la preciosa viñeta del mago Moebius que he tomado prestada para abrir esta entrada.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Pluralismo, independencia, y la madre del cordero


Puede que peque de ingenuo pero voy a afirmar que la razón para que a veces gastemos tantas líneas intentando explicarnos es que utilizamos un léxico que más que aclarar lo que tratamos de decir, ayuda precisamente a todo lo contrario —Dios me libre de pensar que alguien en su sano juicio trate de hacernos comulgar con rueda de molino tomando como basamento el uso y abuso de nuestra lengua—, y lo digo porque a colación de mi penúltima intervención (¡Que viene Caperucita feroz!, sí, el de la 2D10) he recibido algunos correos en los que dos términos: pluralismo e independencia, se convierten en sinónimos sin que me parezca que hay correlación alguna entre ambos, ni por asomo; y lo que es peor, en base a tamaño puré contra natura de conceptos, la citada terminología permite a dos de mis amables lectores tacharme abiertamente de alineado con otra oferta informativa y a saber con qué ocultas intenciones... ¡Ay, las consabidas intenciones ocultas! qué le vamos a hacer.

No voy a negar que puedo estar alineado, y que se me verá más oreja de la que trato de enseñar, pero a eso lo llamaba yo afinidad hasta que ha surgido lo del alineamiento. No conocí la revista Troll, pero me gustó mucho la vieja Líder hasta que dejó de gustarme; también comenté el otro día que Dosdediez me pareció una muy buena apuesta hasta el número 6, y que luego también dejó de gustarme. Portal y Sire no me llegan a encantar pero creo que cumplen perfectamente con lo que se le puede pedir al tipo de revista que hacen sus redactores y para el público al que van destinadas. RPG Magazine"está muy en la onda de lo que creo que se le puede pedir a una revista general, pero me parece precipitado analizarla todavía, lleva muy poco tiempo en el mercado y me merece la pena dejarla rodar todavía un poco más antes de criticarla en profundidad. Sobre las llamadas ezines o erevistas, TFT y Fiade me satisfacen…

Vale, no soy la persona adecuada —rara vez lo soy—, ni para enmendarle la plana a nadie ni para decirle cómo debe hablar o escribir. Pero es que normalmente, en esto de la cosa crítica y un poco afilada de escribir todas las semanas, intentando aportar algo o sorprender otro tanto, me remito a lo que el sentido común, mi sentido común, me indica sobre este y otros aspectos, y siempre desde mi punto de vista: parcial y subjetivo, como buen punto de vista. Tampoco me las voy a dar ahora de tipo estrecho con estas cosas del lenguaje porque para explicarme me puedo retrotraer hasta el amanecer de mis días, y con razón luego me vienen aquellos a los que mis historias trasnochadas les suenan a chocolate espeso y tampoco me parece plan comenzar hoy corriendo ese riesgo. A estas alturas casi todos estáis avisados sobre lo que soy capaz cuando ando dándole a las teclas, así que os ahorro unas líneas.

Sin embargo, tengo que admitir que creo a pie juntillas que independencia y pluralismo son palabras que significan dos cosas bien diferentes, sin necesidad de recurrir al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Antes de que me saquéis los cascabeles, tengo que avisar que no dispongo de la vigésima segunda edición, sino que gasto una un poco más antigua —bastante más antigua, vale— que reposa en una estantería de mi casa, siendo el diccionario que utilizo en el estudio un vulgar Pequeño Espasa que le regaló a mi suegra el BBVA en alguno de sus juntas generales de accionistas. Pues nada, que ni con este apaño de diccionario la cosa cambiaría ni tan siquiera un poco: independencia y pluralismo siguen siendo dos conceptos bien diferentes y bien diferenciados, y cada vez me sorprende más que haya quien los equivoque.

Ser independiente significa, ni más ni menos, no tener dependencia, no ser dependiente, aquí y en Lima (Perú). Una revista o una publicación periódica puede afirmar que es independiente con pleno derecho. Bien, las muestras de periodismo independiente son muy numerosas, pues en el ánimo periodístico (profesional o aficionado) el que más o el que menos trata de decirnos que es independiente para que sus opiniones, críticas o razonamientos, se entiendan como exclusivos, propios, vamos, que nadie le obliga a decir lo que dice. Sobre este particular no pienso que puedan caber dudas, porque alguien que dice lo que piensa sin ir al dictado es plenamente independiente, yo al menos así lo considero aunque haya independencias que no me gusten un pelo.

Con el término pluralismo (de plural), el periodismo trata de reafirmar una apertura de miras, su capacidad para estar abierto a todo cuanto acontece a su alrededor y su intención de plasmarlo. El pluralismo también se demuestra, como la independencia, y también tenemos numerosas muestras y ejemplos de publicaciones periódicas que muestran este talante abierto al acoger en sus páginas incluso artículos y opiniones contrarias a su línea editorial.

La linea editorial (los supuestos editoriales, el programa informativo del medio de comunicación, o sus intereses reales), rubricará o contradirá el talante independiente de la publicación, o su pluralismo informativo, y aquí, como en todo, me cabe hacer una reflexión cautelosa, porque si bien es cierto que una cosa es decir lo que se es y otra bien distinta es demostrarlo, la verdad es que hay que tamizar mucho, atendiendo, también, al contexto en el que debemos valorar la independencia y el pluralismo informativo sujeto a análisis, porque ese contexto es el que nos permitirá ver las causas posibles para que en un momento determinado la revista o publicación periódica haya podido desviarse, o se desvíe, de sus propios presupuestos, porque como buena norma también ésta está sujeta a excepciones.

A lo que voy. ¿Puede una revista general de rol, editada por una compañía de rol, ser independiente? La pregunta se las trae, pero como no quiero dejar de mojarme en este asunto, como he hecho en otros, la voy a contestar sin tapujos: puede, formalmente creo que puede, es más, creo que debe, y pretendo razonar mi postura.

A diferencia de lo que ocurre en otros ámbitos en los que consumo e información coinciden, donde las empresas construyen proyectos editoriales de marca y dejan la información general en manos de grupos independientes a ellas, en el caso de nuestro mercado, y en ausencia de auténticos grupos informativos independientes, son las casas editoriales las que abordan la información general, lo que origina una marea de sospechas a su alrededor que muchas veces no tienen ningún fundamento.

A mi modo de ver, cuando una empresa que edita rol aborda la publicación de una revista general sobre rol, suelen hacerlo para favorecer un cauce publicitario que tiene una doble vertiente, porque de no ser así abordaría la creación de un medio dependiente (revista de marca); en caso contrario tengo que decir que simplemente trataría de engañar o manipular el mercado por medio de su publicación. La primera de las vertientes a las que me refería la supone el impacto de imagen que genera el salto ejecutado (pasar de editar libros a hacer una revista especializada, general o de sector; el prestigio que da este paso origina una suerte de ascenso en el escalafón editorial, lo que a su vez permite rentabilizar mejor el esfuerzo editorial en todo su conjunto porque la afición valora enormemente este esfuerzo). La otra vertiente a la que aludía es la reducción de costos publicitarios al permitir albergar en la revista aquellos anuncios que insertados en otras supondrían un coste adicional bastante importante.

Como rápidamente se puede ver, al menos eso espero, el interés por editar una revista general tiene suficientes beneficios como para que la editorial que la hace no tenga necesidad de meter mano en la línea editorial y, por tanto, razonablemente podemos decir que le es posible mantenerse al margen, permitiendo honestamente su independencia, porque del buen trato que dé a su publicación resultará un aumento del peso específico de la editorial en el conjunto del colectivo al que sirve e informa, en base a un mayor prestigio y al mayor impacto que logrará la publicidad que lleva en su interior. Básicamente es una pescadilla que se muerde la cola.

Sí, bien, pero ya sabemos lo que pasa con estas cosas… Pues sí, también, ya sabemos lo que ocurre cuando un editor se ve tentado a meter mano en la línea editorial para sacar un supuesto mayor rendimiento al producto informativo que edita, y espero que quede claro lo contraproducente que resulta, porque de esta actuación resulta una dilapidación estúpida de su prestigio y una merma importante en su capacidad de hacer publicidad. Personalmente pienso que es de idiotas tomar este camino, porque una publicación independiente favorece (y mucho) a su empresa editora, y cuanto más independiente es, más la beneficia, lo que me lleva a reiterar lo que ya he dicho más arriba: que se puede hacer una revista independiente desde una editorial de rol, y que creo que se debe hacer porque el servicio informativo al colectivo al que va dirigida se devuelve multiplicado en beneficios formales y económicos para ella.

¿Podemos valorar la cantidad de independencia de una publicación general? Pues qué queréis que os diga. Pienso que es demasiado arriesgado hacerlo; en nuestro particular estado de cosas, lo cierto es que los equipos de trabajo suelen estar formados por colaboradores cercanos a las editoriales (sería ilógico pensar que pudiera ser de otra manera) y esto puede lastrar ligeramente el cometido independiente, es cierto, aunque sea simplemente por cercanía y afinidad; ahora bien, esta situación en modo alguno impediría que haya un auténtico talante de independencia en el equipo o que la editorial que edita la revista realmente preserve su independencia y que ambas cosas puedan quedar plena y abiertamente palpables (siempre que los hechos no nos digan lo contrario).

En nuestras críticas a las revistas sobre su independencia estamos ante una cuestión de gustos: nos gusta la independencia que ha logrado un proyecto informativo o no nos satisface. No hay mucho que decir salvo que conviene huir de las presunciones, y sobre todo de aquellas que nos impiden ver que lo que sí puede ser posible realmente lo sea. ¿Y el pluralismo? Bueno, del pluralismo, o cómo entiende cada uno el pluralismo, decir que éste descansa directamente en lo que la revista entiende por tal en su línea editorial y lo que el redactor o redactores entienden por abertura de miras, y ante esto tampoco hay mucho que decir salvo que resulten gustos u opiniones.

Personalmente pienso que si bien hay —y ha habido— un interés en la pluralidad de nuestras revistas de información general, a mí me gustaría que hubiera aún más porque considero que cuanta más haya mejor nos irá a todos (creo recordar que en mi primera contribución al TFT ya mencionaba este aspecto). Lo que no quita, en modo alguno, para que independencia y pluralismo sigan siendo dos cosas bien distintas, y que en ningún caso el equívoco (directo o comparativo) pueda servir de excusa para amparar actitudes de independencia y pluralismo que sirven a intereses bien concretos.

En mis opiniones me creo independiente y procuro ser plural, pero por si acaso no lo consigo siempre firmo con mi nombre y apellido; así, si hay quejas, al menos sabéis a quien reclamarle integridad, porque ya he dicho al principio que admito tener mis afinidades como todo hijo de vecino.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº78, en la sección El Chupacabras, con fecha 29 de diciembre de 2002.

jueves, 3 de septiembre de 2009

De narraciones y enfados


En esta tarde de la festividad civil del día de la Constitución; mientras el chapapote anega las playas y futuro de toda Galicia, y ya arrienda maleficios en la costa asturiana, en la cántabra y en algunas playas de nuestro litoral vizcaíno, acumulando negros presagios; un par de días después, o tres, en que unos compatriotas míos nos han recordado a todos su manía por reclamar atención poniendo patas arriba un aparcamiento en Santander mediante el único lenguaje que conocen, me encuentro inmerso en una especie de melancolía vital a la que tal vez contribuyen la tarde lluviosa y hostil que hace afuera, la pipa caliente que reposa en mis labios y el calorcillo que me proporciona el calefactor que trabaja a mis espaldas. ¡Perra vida!

Gracias al cielo he cumplido con lo prescrito para toda persona en este mundo, y antes de cumplir la cincuentena (todavía me queda un buen trecho): he tenido un hijo con la ayuda inestimable y nunca bien reconocida de Cata (mi compañera de fatigas), he escrito un libro (en realidad varios) y he plantado un árbol que sigue en pie (el otro sucumbió ante el cortacésped de mi cuñado en un descuido). Además de estos y otros logros me halaga la vanidad el contar con un montón de buenos amigos y disfrutar de ellos. Espero que comprendáis entonces que puedo decir que podría irme tranquilo al otro barrio pero que no tengo ninguna prisa. Como creo que todavía me queda bastante cuerda y por mi talante sé perfectamente que venderé caro mi pellejo, la cosa se me plantea todavía lejana y el trayecto harto complicado y divertido, y lo digo más como constatación autocrítica que como aviso a navegantes, y también lo digo con el ánimo de limar un poco la aspereza que rodea mis comentarios y presencia en las listas.

No suelo enfadarme habitualmente, aunque reconozco que mis explosiones de vehemencia y verborrea más o menos agresiva pueden originar más de un equívoco a este respecto. Los que me frecuentan saben lo tranquilo que resulto, lo que no impide que, a veces, lo directo y claro de mis argumentos suenen a escopetazos. No muerdo, puedo jurarlo y creo que ya he dicho repetidas veces que me gusta discutir más que a un tonto una tiza, tal vez, sólo tal vez, porque en mi ambiente familiar la discusión era una disciplina a la que mis hermanos y yo nos aplicábamos con ahínco, y todavía hoy nos depara gratos momentos.

¿Adónde voy? Pues por ser sincero debo deciros que no tengo ni idea salvo que tengo intención de eliminar cierta punzada que siento al verme inmerso en una situación difícil de solucionar salvo que medie esta extensa parrafada a la que ya he dado inicio, y que tuvo su origen ayer, cuando alguien me tildó de escritor y al que contesté que no me siento escritor, para nada. Nada importante, como veis. El caso es que hoy, mi buen amigo y colega Juan Carlos Herreros me ha enmendado la plana con una argumentación objetiva a la que no puedo llevar la contraria, pero con la que no estoy en nada de acuerdo, y de esta situación creada ha surgido el aprovechamiento torticero de esta tarima prestada amablemente por The Freak Times para explicarme yo y aclarar este extraño contencioso que me tiene más desconcertado a mí que a vosotros. Espero sinceramente que sepáis perdonármelo y que de mis palabras saquéis, al menos, algo de provecho.

Antes bien, y dado el espíritu melancólico que me envuelve, me gustaría dejar constancia del profundo respeto que siento por Juan Carlos, porque un par de encontronazos listeros habidos con él pueden haber llevado a pensar todo lo contrario, y no hay tal, os lo aseguro. Juan Carlos me parece una persona íntegra y cabal, como profesional otro tanto. Admito admirar su empeño y forma de ver el mundo editorial y sus riesgos, y aunque difiero en su manera de abordarlos, no es menos cierto que esto no quita lo otro y quiero que conste públicamente para que haya, al menos, un recibo.

Soy plenamente consciente de que ser alguien en las listas (por mérito o sin él) conlleva una lectura radical de tus argumentos, sobre lo que sea. En el caso del manejo del concepto escritor ha surgido la polémica, pero he aquí que Juan Carlos tiene razón, un escritor es alguien que escribe, y no se puede decir lo contrario salvo explicando la perspectiva de quien niega tal atribución (mi caso).

Desde el enfoque planteado por Juan Carlos soy escritor, no puedo negarlo, otra cosa es que me sienta escritor y aquí es donde doy comienzo a mi particular película. El ser humano goza de una serie de capacidades innatas que desarrolla a lo largo de su vida con mayor o menor fortuna. Una de ellas es la expresión. No basta con querer decir algo, hay que aprender a decirlo, con los gestos, con la palabra… Por suerte para mí soy un individuo lo suficientemente inquieto como para tener muchas cosas que contar y muchas ganas de aprender a hacerlo lo más correctamente posible. Si bien mi capacidad oratoria se descubrió sola, mi capacidad expresiva a través de otros canales necesitó de un arduo aprendizaje.

Antes de continuar tengo que deciros que la capacidad para dibujar la tenemos todos de forma innata, desde que somos pequeños podemos hacerlo, en serio. Por desgracia nuestro programa educativo y cultural potencia la lateralidad cerebral izquierda, mejor dotada para la expresión lingüística, dejando de lado el manantial que yace en el lado derecho de nuestro cerebro, preparado para la denominada expresión gráfica o artística. Así las cosas, todos dejamos de saber dibujar (de expresarnos a través de la grafía artística o imaginativa) alrededor de los tres años, como dejamos de saber nadar a los seis meses o dejaríamos de saber hablar si ocurriera una circunstancia que nos impidiera hacerlo alrededor de los dos años. Esto que digo es fisiología, no es ninguna ida de olla, y viene a cuento porque siendo dibujante, sintiéndome dibujante, tampoco veo en ello algo excesivamente distintivo. He tenido suerte, mi lateralidad cerebral derecha se preservó convenientemente y pudo desarrollarse en un ambiente propicio (mi padre también es dibujante), y creo que merece la pena admitirlo.

Volviendo al hilo de lo que decía. Nuestra cultura prima la capacidad lingüística (lectura, escritura, habla) por encima de otras capacidades esenciales y de aquí que se nos haga necesario retomar aquello que ya sabíamos y olvidamos, para desarrollarlo o potenciarlo. Volvemos a aprender a nadar y podemos volver a aprender a dibujar. No me voy a extender porque podría llenar varios folios y no es plan, pero quiero concretar que con nuestra capacidad para expresarnos en forma escrita ocurre que si no se educa convenientemente, por mucha educación lingüística que recibamos, acaba colapsándose o se enquista en estado larvario a la espera de un redescubrimiento que a veces no llega. Este es mi caso.

Siempre he sido una máquina imaginativa con ganas de hacer partícipes a los que me rodeaban de mis ideas, pero el caso es que mi educación literaria dejó mucho que desear. Me estrellé una y mil veces con la gramática, la ortografía y los rudimentos de la lengua porque no supe atender a lo que me ofrecían, o no me lo supieron enseñar que para el caso da lo mismo. Odiaba los libros porque me obligaban a leer y no me enseñaron a disfrutarlos, hasta que comencé a encontrar en la lectura una aliada. Richard Bach, lo admito, primero fue Juan Salvador Gaviota y después El Principito de Saint Exúpery, y calzaba yo 18 años. Después vino la poesía de la mano de Whitman, Hernández, Lorca, Storni…, textos pequeños y fáciles, hasta que descubrí a Nietzsche (me tragué casi todos sus libros), Freud (otro tanto), etc… Exploraba, leía casi todo lo que caía en mis manos: literatura moderna, clásica, filosofía, narrativa, poesía… y comencé a redescubrir, en base a lo que absorbía, aquello que debí aprender y no hice.

Mis primeros pinitos en la materia los ejecuté con 21 años, cuando se me hizo necesario poner por escrito los guiones de cómic que ideaba para un amigo, después lo intenté con algunos relatos cortos que todavía andarán por casa. Tenía yo 26 años cuando acepté el encargo de mi primer artículo para la revista Mensajero y 28 cuando me metí de lleno en una biografía sobre Elcano para ilustrarla después (cosa que nunca he hecho).

A lo que voy, que yo he aprendido a escribir de oído, como otros aprenden a tocar la guitarra o el piano. Me falta la comprensión de la técnica (el solfeo) y la suplo con la apropiación indebida de fórmulas que he visto en otros, y así he aprendido a modular mis escritos, a confeccionarlos, a crearme un estilo propio. Y esto me lleva a decir que no es falsa modestia admitir que soy un intruso, que no es falsa humildad admitir mis carencias y que no considero un error decir lo que siento como verdad.

En este mundo lleno de categorías que nos encajonan o describen, creo necesario hacer un esfuerzo por reclamar el espacio propio y más adecuado para esa nuestra descripción íntima, y en modo alguno escritor me define. Soy un narrador, un contador, siempre lo he sido, y el caudal de ideas que surgen de mi interior se ha abierto paso a través de diferentes disciplinas: la gráfica como dibujante, la oratoria y gesticulante como contador, y la literatura como narrador.

No hay trampa ni cartón. El respeto hacia quien van dirigidas mis ideas me ha llevado a aprender los rudimentos necesarios para hacer que éstas le lleguen con la mayor claridad posible. Si bien en el aspecto gráfico, mi técnica y recursos se funden con la idea original y a veces llegan a parecer uno, en el caso de la escritura soy consciente de que me falta mucho terreno por recorrer, y eso me lleva a eludir la categoría de escritor y a emboscarme en la de narrador, porque es eso lo que me siento.

Cuando escribo me puede la idea y si acierto en encontrar la plasticidad o el tono, o el tempo, es por pura chiripa o porque el oficio que llevo a mis espaldas me saca las castañas del fuego. Conozco a escritores y sé cómo trabajan, como se organizan y cómo abordan los resultados previsibles, y sé que no soy como ellos.

Y no, no me enfado, en serio, ni cuando me llaman escritor ni cuando me niegan ser narrador porque soy ilustrador… Si yo os contara.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº77, en la sección El Chupacabras, con fecha 16 de diciembre de 2002.

viernes, 28 de agosto de 2009

¡Que viene caperucita feroz!


En el cuento de nunca acabar en que se ha convertido la historia de los dimes y diretes atribuibles (con razón o sin ella) a este humilde servidor que ahora os escribe, y a sus opiniones, faltaba la relativa a nuestros medios de comunicación, nuestras revistas, las revistas de nuestro sector.

Es cierto que tenía intención de abordar este asunto, y que a tal fin tenía previstos una serie de artículos basados en un amplio trabajo de campo sobre nuestras revistas impresas y sobre nuestras revistas informáticas (los boletines semanales o periódicos), por aquello de desgranar, desde mi punto de vista, como siempre, los cambios sufridos, las nuevas alternativas, su incidencia, y por supuesto, su implicación en nuestro mercado y lo que en él acontece.

Esfuerzo inútil y enriquecedor, la verdad, porque me quedo con el enorme caudal de esfuerzo que he notado en casi todas las publicaciones que he mirado, pero tengo que admitir que tiro la toalla ante el esfuerzo que se me viene encima porque me he quedado sin palabras y lleno de sonrojo propio y ajeno, ante la aparición del último número de Dosdediez.

Vale, ya está este con lo de siempre… Quietos parados, que estamos hablando de una revista que se anuncia como Guía bimestral de juegos de rol y en la que no aparece ni una miserable referencia no ya a mi empresa (no la pido), sino a Ediciones Sombra o Libros Ucronía, editoriales que sabemos todos están haciendo un esfuerzo continuado y encomiable por anunciar sus proyectos en un intento por hacerlos asequibles, que han presentado muestras de ello en los últimos meses y de los que me consta, al menos en el caso de Sombra, que una novedad inminente ya está en imprenta, y sin mencionar cualquier otro proyecto editorial que ni sé si existe.

¿Olvido? Voy a ser tremendamente sincero y espero que valoréis este aspecto, porque también voy a ser tremendamente directo. ¿Puede una revista que se anuncia como Guía bimestral de juegos de rol olvidar el esfuerzo que ha realizado Sombra por concretar su CEP o su Comandos, o Ucronía su Reflejos? Me temo que no, salvo que medie un interés particular y particularizante más propio de la propaganda que de la información, y a las pruebas ubicadas en el interior de la revista me remito.

La Dosdediez actual no es sino la constatación de un hecho que ya venía siendo público y notorio desde hace muchos años: su capacidad para manipular conscientemente la información que vertía en el interior de sus páginas. Cabe entonces recordar que no basta con clamar un respeto por la independencia que se dice tener, hay que dar muestras de ello. Pasados ya los tiempos en que se tildaba de loco a Françesc Matas por afirmar esto que ahora afirmo, incluso aquellos en que abiertamente se proclamaba la intención de independencia desde su interior, fueron llegando los editoriales en primera persona que nos ayudaban a reflexionar o a pensar desde el punto de vista unívoco de la editorial que los publicaba, macerando el contexto y haciéndolo propicio, en una suerte de malversación de contenido informativo que no ha tenido igual en la historia de la prensa especializada y escrita, de este nuestro país y de esta nuestra afición o negocio.

Desde este baluarte tan largamente construido, Dosdediez pasó a convertirse en atalaya visionaria de una forma polarizada de entender el rol, impregnando, poco a poco, la forma de sentir y criticar el rol de casi una generación completa…

No voy a entrar a valorar los aspectos negativos que sobre una población activa (en este caso la rolera, tan pequeña ella) puede tener una Guía bimestral de juegos de rol que se anuncia como tal y que sirve a la política y estructura comercial de una sola empresa. Tampoco puedo valorar los aspectos positivos, pues yacen amontonados alrededor del número 6 de su primera época y por tanto en el interior del baúl de los recuerdos. Quiero hablar de información y de la necesidad que tenemos todos de estar convenientemente informados, de nuestro derecho a la información y de la necesidad de que la información servida sea veraz, porque habría bastado que en portada de esta revista apareciera una simple referencia a que Dosdediez es la Guía bimestral de juegos de rol, de La Factoría de Ideas para que mi cabreo, y el de otros, no tuviera mayor importancia ni relevancia.

Como buen órgano de propaganda, la información que contiene sirve únicamente a la editorial que la edita. Malversa los hechos o los olvida, y de esta forma cualquiera que lee el editorial puede llegar a pensar que Alatriste (Devir Iberia) se suma a la propuesta iniciada y abanderada por La Factoría de Ideas por acercar el rol a un público distante y distanciado, vete a saber tú por qué causa, fíjate.

Orquestada la patraña y leyendo la sección de noticias, cualquiera diría lo mismo: más de dos tercios de la información es relativa a La Factoría de Ideas, hay varios olvidos importantes, como ya he dicho, y lo que queda se pierde entre el ruido de fondo sin que nadie vaya a misa. Alkaendra y Astiberri de relleno, puya psuedointeligente para Caja de Pandora (ni siquiera la llaman por su actual nombre), Edge se salva por pelos y Devir rubrica, inteligentemente, lo ya dicho en el editorial de marras: «Dejando atrás estas novedades, Devir nos anuncia la próxima aparición del juego de rol de El Capitán Alatriste, basado en la conocida serie de libros de Arturo Pérez Reverte, habiendo realizado esta labor titánica Ricard Ibáñez.»

Vamos a ver, señores, que no somos idiotas, que El Capitán Alatriste supone un hito real y reconocible para la paupérrima situación del rol español que estamos viviendo; que Ricard Ibáñez ha realizado una labor titánica, es cierto, pero adaptando al rol el mundo literario ofrecido en sus libros por el Sr. Pérez Reverte; que Devir, empresa traductora, ha hecho una apuesta arriesgada por la creación española y con un proyecto de campanillas, que además ha probado entre clubes y aficionados el juego, recogiendo recomendaciones y tratando de incorporarlas al libro, y que se publicó antes que El Señor de los Anillos, llegando antes a las librerías, acercando antes al público este mundo tan perverso y maltratado como es el del rol.

«Romper el cerco es algo muy complicado y pasa, por supuesto, por los siguientes factores: —Normalizar la imagen que tiene el rol en la actualidad mediante campañas de opinión y publicitarias. —Atraer al público natural de nuestros juegos: la audiencia entre 10 y 40 años. Estos son algunos de los retos a los que debemos enfrentarnos industria y aficionados.»
[Editorial de Dosdediez nº3, Febrero de 1998]

¿Qué ha hecho La Factoría en todo este tiempo sino decirnos lo que deberíamos hacer los demás y arrogándose los méritos de lo logrado?, porque ya tenemos claro lo que ha hecho Devir, o lo que llevan tiempo haciendo Sombra o Ucronía, pero no gracias a Dosdediez.

La diferencia entre «No hay duda de que la novedad de estas navidades…» para el juego de Decipher y con el que se da inicio al editorial, y el «… va a apostar estas navidades…» en referencia al juego de Devir, duele, porque suena a lo que es: trucaje del lenguaje con ánimo de modelar la opinión.

El comentario en las noticias referentes a La Factoría de Ideas de: «¿Hay algo más?... Sí, el genial Señor de los Anillos de Decipher traducido al Castellano (la mayúscula es del texto original) muy pronto, ¡¡¡no os lo perdáis!!!» (las exclamaciones reiteradas y el punto final también son del texto original), y el silencio sobre el enorme y meritorio trabajo de Sombra o Ucronía, duele, porque suena a desinformación tendenciosa con ánimo de modelar la opinión.

¿Y por qué cuento todo esto si ni me va ni me viene?

Porque soy la caperucita feroz y paranoica de un cuento que nos contaron mal y estaba lleno de erratas que nunca tuvieron segunda intención, y ya iba siendo hora de pedir una información veraz a la que tenemos perfecto derecho, como colectivo, y que al que no pueda o sepa darla, decirle que aclare las cosas o deje su sitio a otros, que ya nos hace buena falta.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº76, en la sección El Chupacabras, con fecha 2 de diciembre de 2002.

jueves, 13 de agosto de 2009

Yo toreo, los demás trabajan


Dentro de la literatura o los juegos —universos anexos a los que acostumbramos a acercarnos por formato y contenido—, soy de los que creen fervientemente que los Juegos de Rol suponen un punto y aparte a ellos, un género totalmente nuevo y ante el cual admito mi incapacidad de definición. En la literatura existe una función de comunicación que termina en cuanto se acaba y cierra el libro; en los juegos existe una propuesta lúdica articulada alrededor de un contexto y una normas (sencillas o complejas) que no admiten modificaciones sustanciales… En un Juego de Rol, el aficionado consuma la propuesta comunicativa, la enaltece o la empobrece, la transforma, trabaja con ella, la modifica…; en el aspecto jugable, lo mismo: el aficionado lo altera, lo completa, lo sustituye, convirtiendo el conjunto en otra cosa que ni es literatura ni es juego, y que, sin embargo, también es ambas cosas a la vez.

No me voy a poner a disertar sobre lo que son los Juegos de Rol: ni dispongo del espacio ni creo que sirviera de nada hacer el esfuerzo, porque estoy seguro de que me quedarían cosas por analizar o decir, y que aún haciéndolo quedaría mucha tela que cortar sobre un universo, relativamente nuevo, que todavía no ha encontrado una definición capaz de aglutinar a su alrededor todas y cada una de las opiniones que suscita.

A mi modo de ver, un JdR (básico o complemento) es una propuesta inicial en la que el autor aporta su visión y deja al aficionado una buena parte de su desarrollo posterior. Así las cosas, no es de extrañar que el aficionado se sienta juez y parte del Juego de Rol que utiliza, pues en esencia también pone su parte de autoría en el invento, y es aquí donde suele surgir un cierto conflicto y una cierta incomprensión a dos bandas en cuanto confluyen autores o editores, y aficionados, y como las listas son los lugares donde hay mayor trasiego de unos y otros, me apetecía tocar el asunto.

Vaya por delante que no creo en el rol de autor, o artístico (sobre el rol comprometido espero hablar otro día), porque siempre existe una previsible contribución del aficionado y ésta modifica la obra, lo que impide que la obra sea enteramente del autor, cosa que, cuando te pones a la faena, conviene tener bien presente. Tampoco creo en la autoridad del aficionado como usuario, porque su contribución puede atender a supuestos que no tienen por qué haber sido contemplados por el autor, y eso invalida una buena parte de los argumentos que se suelen utilizar, por no hablar de la disparidad que se suele observar en cuanto a horas de trabajo y experimentación sobre un mismo planteamiento de juego.

Todos conocemos las interminables discusiones sobre si un sistema de juego es adecuado o no lo es, o si el trasfondo podría haber llegado a un punto, o a otro, que si tal o cual historia es en exceso lineal, etc… la lista de ejemplos sería interminable pues interminable es la capacidad de aportar opiniones diferentes sobre un mismo tema y creo que lo sabemos todos, así que os ahorro unas cuantas líneas. No nos debe sorprender, por tanto, que ante tanto chorreo de visiones u opiniones, de vez en cuando surja alguna sentencia por parte de los autores o editores tratando de aplacar la verborrea del aficionado de turno, o alguna seria queja por parte de otro aficionado que se siente incomprendido, defraudado o ninguneado por la editorial o el autor responsable de su juego. ¿Debe un autor hacer caso a todo lo que dice la afición? ¿debe la afición tragar con todo lo que dice un autor...?

Me temo que sería demagógico atreverme a decir algo al respecto. Yo mismo me he visto envuelto en más de un dime y direte sobre este asunto y debo reconocer que si me he animado a escribir sobre ello es por evitar algún quebradero de cabeza venidero. Sobre gustos no hay nada escrito y desde luego no voy a ser yo quien lo escriba. Lo que sí puedo intentar es un acercamiento desde otra perspectiva por ver si nos sirve a todos para enfocar mejor nuestras quejas y defensas.

He utilizado para encabezar este artículo una frase, atribuida a Belmonte, con la que se desmarcaba de sus compañeros. «Yo toreo, los demás trabajan», sustantivaba su forma de entender y llevar a cabo el arte de Cúchares. Belmonte hacía arte, toreaba (el toreo es arte, dicen), el resto trabajaba faenando con los toros, bregando, pero no toreaban.

Tradicionalmente, en cuanto alguien despunta en algún campo en el que la habilidad manual o intelectual es parte y fundamento, se le define como artista. Para mí, eso que algunos ven como arte no es sino una forma de valorar la personalidad que se abre paso a través del currelo diario, mientras se admite el nivel de oficio conseguido. Y es que lo de adquirir oficio sí que tiene su tela. No puedo afirmar que Belmonte fuera o no un artista, lo que sí creo es que fue un hombre que imprimió su propio carácter al toreo, que al parecer tenía algo más que oficio, y que si hago caso a los que entienden, aquella forma de torear debió resultar única.

A lo que iba, que esto de ser autor, sin querer o queriendo, imprime un cierto respeto ante el personal y, por qué no decirlo, también mucha responsabilidad. Ser profesional —profesionalidad puede ser un término más apropiado para valorar este aspecto, aunque a veces se usa también sin ton ni son—, presupone una actitud responsable frente a la elaboración de una idea y su consecución, atendiendo normalmente a un valor tan prosaico como la rentabilidad. Yo mismo, cuando dibujo para otras editoriales, tengo que dar por zanjado el asunto aún a sabiendas de que podría conseguir más con más trabajo. Supone una putada, lo admito, pero ajustarme a un formato, a un precio, a un planteamiento editorial previo, son los elementos que me hacen profesional en lo que hago. Meter el freno en la creatividad a mi disposición me permite alcanzar la rentabilidad necesaria para que el editor y yo podamos cumplir nuestros respectivos cometidos sin que el lector se vea resentido por la calidad ofrecida. Dicho lo cual, parece sencillo admitir que para ser realmente profesional hay que dejar lo artístico de lado y, desde luego, saber dónde y cuándo hay que poner freno a la inercia creativa.

Empero, un aficionado no está sujeto a estas necesidades de rentabilidad. Compra un JdR y tratará por todos los medios de sacarle astillas. Ni el tiempo (horas analizando), ni la capacidad de experimentación (horas de playtesting perverso), ni el dinero (en documentación, en material comparativo, etc.), ni las necesidades editoriales que agobian al autor, supondrán freno alguno para alcanzar lo que quiere. Así las cosas, creo que el asunto queda muy descompensado.

De base, no creo que sea mejor un carpintero profesional que vive de ello (por poner un ejemplo), que un economista que hace sus pinitos con la madera y los clavos, o tirafondos, los fines de semana, a no ser que uno de los dos haga armarios como para enterrarlos con ellos en una tumba y sin previo aviso, que también los hay. La etiqueta de profesional, pienso, no otorga ni quita nada, porque lo que es indudable es que la calidad final es la que califica el trabajo, y hay que admitir que desde esa perspectiva hay trabajos realizados por aficionados que merecerían el apelativo de profesionales, y trabajos realizados por profesionales que merecen, como poco, mirar para otro lado, porque dudo mucho que un aficionado fuera capaz de llegar a ciertos niveles de acabado. También se me viene a la cabeza la mención de profesional que se da a la puta, pero no es cuestión de arañar más, tranquilos.

Pediría un poco de comprensión y paciencia sobre este aspecto de descompensación que existe entre profesionales y aficionados, porque su ausencia origina críticas abusivas o defensas férreas que nunca llevarán a ningún lado.

Bien es cierto que el autor o la editorial tienen la primera palabra, posiblemente la palabra más válida, pero no es menos cierto que el aficionado tiene la última, y no me refiero a su actitud de compra. Razonando ambas posturas, desde una correcta situación de unos y otros frente al debate, los juegos serán los que saldrán ganando, y creo que en el fondo se trata de eso.

Me viene a la cabeza algo que leí hace un tiempo. Un colistero argumentaba frente a una editorial que él era el cliente y que el trato correcto al cliente era uno de los supuestos básicos de la actividad empresarial del otro. Es cierto, no lo voy a negar, pero tendremos que admitir que las empresas, incluso editoriales, no acostumbran a poner al ingeniero de desarrollo de una lavadora o detergente frente a las quejas de la maruja de turno. No es que no pudiera ser posible, es que no llevaría a ningún sitio salvo a saturar al ingeniero e impedirle realizar correctamente su trabajo, porque cada maruja o marujo son un mundo y cada mundo un problema diferente.

Fuera de bromas. Del trato al cliente se suelen encargar departamentos asépticos que sirven de intermediaros entre los creadores y los usuarios, pero estamos hablando de listas de correo, de cercanía, de trato... y sería una pena que desaprovecháramos la posibilidad que nos ofrecen las listas roleras de compartir ideas y opiniones desde una óptica constructiva. Autores, editores y aficionados haciendo juegos.

Belmonte toreaba, yo trabajo.
 
Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº75, en la sección El Chupacabras, con fecha 17 de noviembre de 2002.

miércoles, 5 de agosto de 2009

El silencio de los corderos


Hago como que estoy desconcertado, realizo varios estiramientos, tres muecas y me noto menos tenso que cuando comencé. Agarro la jamba de la puerta, tiro para allí y para aquí, flexiono las rodillas y trato de hacer el pino, cosa que no consigo (la edad que ya comienza a pasarme más factura de la prevista)… Bueno, no puedo ponerme una camiseta de Punisher o Batman porque no tengo, ni siquiera una de El ataque de los clones o La comunidad del anillo, porque no uso mas que algunas de Kukuxumuxu y las grandotas de siempre. ¿Balandristas? calzo zapatillas de deporte y balandristas desde mi época preuniversitaria y creo que todavía guardo las primeras John Smith que utilicé recién salido del colegio en el año 1976, más o menos. Nada, que hoy no me voy a poder poner en el papel de freaky ni aunque quiera… así que voy a seguir haciendo como que estoy desconcertado y listo.

Vamos a ver. ¿No había en las listas y en la comunidad rolera cierta preocupación sobre las fotocopias y su posible repercusión negativa sobre el mercado rolero?, ¿no es cierto que uno de nuestros más afamados editores patrios dijo de las fotocopias que eran un cáncer para nuestra actividad, poniendo como ejemplo el manteo?, ¿no se argumentó en su momento trayendo a colación el paralelismo existente entre las fotocopias de libros y el pirateo fonográfico, videográfico o informático?

Pues creo que la cachonda intervención, y secuestro posterior, del material de Alaska por parte de ANEDI —en represalia por unas declaraciones en las que la cantante hacía mención de lo caros que le parecen los precios de los CDs de música, puesta a la luz por los medios de información pública con amplia repercusión—, habría sido un buen momento para reabrir el debate ahora que se ha puesto en solfa la política de precios de las discográficas y se ha barruntado públicamente la posible incidencia de ésta en la existencia de piratería y manteo, haciéndola su directa responsable.

Sigamos viendo. ¿No había cierta preocupación en las listas, y también en la comunidad rolera, ante el precio que están alcanzando algunos productos de rol frente a la calidad que ofrecen?, ¿no es cierto que uno de nuestros más afamados editores patrios ha argumentado en reiteradas ocasiones que no es posible hacerlo más barato, y ha sido secundado, en público, por algunos editores más?, ¿no han sido varios los aficionados que han comentado que el rol no es caro, poniendo como ejemplo otras actividades enfocadas al ocio, como son los CDs de música o los videojuegos?, ¿no se han escuchado comentarios que alentaban a la división del precio de un videojuego entre las horas de entretenimiento que nos reporta para valorar si son caros o no?

Pues tengo que recordaros que acaban de meterle un palo a Nintendo por su política desleal y abusiva para con la competencia y compradores —la condena europea a esta actividad de oligopolio, que ha permitido a Nintendo vender en España un 67% más caro que en Inglaterra, ha sentado un grave precedente que pone sobre aviso a otras multinacionales de los videojuegos—. O que a primeros de octubre pasado, las discográficas Bertelsmann, EMI, Warner, Sony y Universal y las macrotiendas Transworld Entertainment, Tower Records y Musicland Stores, después de quejarse durante mucho tiempo del daño que causa Internet en sus cuentas de resultados y de la imposibilidad de bajar los precios por imperativos de producción, recibieron un serio varapalo por parte de la Fiscalía General del Estado de EE.UU., que las ha condenado a abonar 63,7 millones de dólares como multa por haber incrementado artificialmente el precio de los discos, violando las leyes antimonopolio (bonito tema para otro artículo). Para rematar el asunto, también se les ha condenado a donar otros 75,7 millones de dólares en CDs a escuelas y centros de caridad sin lesionar los derechos de los autores (vamos, que éstos tienen que estar de fiesta). Y creo que hemos desaprovechado otra bonita oportunidad de lanzar o replantear el debate, porque ha pasado totalmente desapercibida en un ambiente, el nuestro, muy susceptible a sufrir este tipo de políticas porque el 95% de nuestro producto es importado o traducido.

¿No se había denunciado tímidamente en las listas, que algunas tiendas sólo trabajaban con determinada distribuidora, o que en otras era imposible conseguir determinado producto porque mentían sobre su existencia?, ¿no es cierto que un editor admitió la posibilidad de que si le caes mal al tendero de turno puedes muy bien quedarte sin su producto?

Pues en lo de Nintendo hay una mención expresa a las presiones a que ha sometido a tiendas para que sólo compren su producto, impidiendo la entrada a otro tipo de oferta, lo que a su vez ha favorecido la implantación de una política de precios que atendía fundamentalmente al logro de un beneficio desmesurado que se amparaba en la fórmula de cartel (intereses asociados para una misma actividad), y que lesionaba gravemente el derecho del consumidor a comprar en justiprecio, y a los demás productores a vender en igualdad de oportunidades de mercado.

¿No nos interesaba la precaria aportación de las empresas que producen en castellano total?, ¿no nos preocupaba la posibilidad de que nos quedemos sin producción nacional?

Pues los cineastas españoles están de uñas sobre la brutal colonización del cine americano, amparada y propiciada por el abuso de las distribuidoras que han modelado el "gusto" del público a su antojo, preferencias y necesidades de negocio, y admiten el peligro real que corre la creación nacional por hallarse en inferioridad de condiciones ante una competencia abusiva que origina que el nuevo cine trate de clonar los esquemas holliwoodienses si quiere sobrevivir...

¿No nos preocupaba el futuro de nuestra afición?

Ante las denuncias de Alaska y otros artistas, las condenas a las discográficas o a Nintendo, la actitud inquisitorial de ANEDI que admite posteriormente la necesidad de bajar los precios, ¿no nos cabe opinar nada?, ¿no podríamos establecer ningún tipo de paralelismo con lo que ocurre en nuestro patio? Ante los comentarios de Armendariz y otros cineastas ¿no cabría establecer algún tipo de comparación con lo que ocurre en nuestro mundillo?

Si el valor del IPC no afecta a los CDs como afecta a los libros, y el precio final de los primeros atiende a otras consideraciones que no tienen nada que ver con la asequibilidad, y sí con la obtención de un beneficio desmesurado que sólo beneficia a distribuidores y comerciantes, poniendo en peligro el propio mercado de compactos y la existencia y trabajo de los autores. Si al parecer las grandes industrias del ocio tienden a los oligopolios que favorecen el asentamiento de una política de precios y logros económicos que ponen en peligro la existencia de la creatividad necesaria, y del propio mercado futuro con la promoción de canales ilegales que lesionan irreparablemente a los autores y a la propia oferta de calidad en la que se debería basar…

Si Manolo García denuncia abiertamente la tendencia exclusiva a clonar viejos valores que se aprecia en la maquinaria de ganar pasta en la que se ha convertido Operación Triunfo (personalmente creo que siempre fue así, como también apuntan otros), y clama por una mayor apertura de miras que beneficie la integración de auténticos nuevos valores, ¿no sería interesante pararse un momento a mirar si no está ocurriendo lo mismo con la cascada de productos D20 que nos llegan del otro lado del Atlántico?

¿No nos interesa para nada todo esto?, ¿no podemos entrever alguna posibilidad de interés por traducir básicos locomotoras en tiradas minúsculas, que saturan el mercado artificialmente y eliminan competencia, pero que cumplen con la función por la que se adquirieron las licencias: arrastrar tras de sí el auténtico negocio que supone el material importado? ¿Se ha comentado algo en las listas que me he perdido?

La censura es también silencio, y silencio es lo que ha habido y hay sobre algunos asuntos que deberían propiciar el debate interno en las listas, o que deberían favorecer el intercambio de opiniones entre aficionados, si realmente estamos involucrados en mejorar nuestras expectativas como consumidores o productores, siempre desde mi humilde opinión. Ya desde mis primeras intervenciones en Esencia durante el año pasado, me sorprendió la capacidad que tenía el personal para mostrarme su apoyo por privado y callar en público dejando que mis detractores se auparan precisamente en un silencio que no debería ser tal. También me sorprendía la capacidad de algunos colisteros para marcar el territorio de lo debatible en tono ligth, y todavía hoy me sigue sorprendiendo la capacidad que tienen las listas para absorber algunas informaciones como si no pasara nada.

Al parecer no pasa nunca nada porque nadie dice nada. Bajo esta lógica aplastante, creo que lo que sí pasa es que no nos interesa ahondar en los problemas que nos aquejan, no hay voluntad de hacerlo, mucho menos de mirar hacia el futuro. Es mentira que trabajemos por mejorar el mercado y es mentira que salvo cuatro chavales que se dejan la piel haciendo jornadas locales de fin de semana, alguien esté haciendo algo por ampliar las expectativas de nuestro mercado, o mejorarlo. Y es mentira que las listas sean auténticos lugares de debate donde compartir ideas u opiniones para tratar de sacar algo de provecho.

Seguiré haciendo como que estoy desconcertado.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº74, en la sección El Chupacabras, con fecha 11 de noviembre de 2002.

jueves, 30 de julio de 2009

Deterring Democracy


Una de las cosas buenas que tiene ser ilustrador y escritor infantil (trabajo en el que invierto gran cantidad de horas) es que de vez en cuando te mandan a un colegio a que charles con los críos y les cuentes batallitas sobre la obra y milagros de los denominados autores. Lo pasas bomba, los niños y niñas son un caudal inagotable de ideas y para ser sincero debo decir que disfruto más entre chavales que conversando con adultos.

Bien es cierto que este estatus que me he ganado a pulso tiene otras ventajas, como son que de vez en cuando te hacen una entrevista con foto o te invitan a unas Jornadas Nacionales, con buena remuneración (no me extraña que algunos colegas pasen más tiempo dando vueltas por el territorio patrio que escribiendo o dibujando). Nada especial, no os creáis, lo bueno de esta circunstancia es que la familia, tu familia, que siempre ha visto con precauciones esta faceta bohemia tan tuya, se siente orgullosa y deja de darte la vara, al fin y al cabo tienen a alguien importante en casa, y eso da mucha tranquilidad cuando quieres hacer rol, por ejemplo.

Fuera de bromas, asistí como suplente (Antton Irusta no pudo hacerlo —Antón Irutza en el folleto para los que tengan acceso a él—) a las Jornadas de Literatura Infantil y Juvenil de Albarracín, celebradas el año pasado (24 a 27 de mayo), con la intención de integrarme en la mesa redonda El arte de Ilustrar (cosa que hice junto a José Luis Cano, Ana González Lartitegui e Isidro Ferrer), y de hablar sobre Los Juegos de Rol como Literatura Juvenil (cosa que no hice por problemas de tiempo y densidad de charlas y mesas redondas); el caso es que pasé muy buenos ratos escuchando a los participantes y paseando por ese lugar maravilloso de Teruel (un vivo de medieval entre sus calles quitaría el hipo a cualquiera).

Entre las charlas que se nos ofrecieron hubo una que me llamó poderosamente la atención y de la que procuré no perderme una coma. Se titulaba La literatura infantil española en Estados Unidos: en ella, Maribel Cruzado (McGraw Hill), nos contó los avatares y circunstancias de la edición en los EE.UU., con pormenores y enorme cantidad de datos, y cómo no, también habló de la censura que rodea la edición de libros y que al parecer afecta a todas las editoriales, desde las más pequeñas a las más grandes (McGraw Hill es un gigante, con algún medio de comunicación entre sus manos).

Como quiera que me acababa de leer Los guardianes de la libertad (Noam Chomsky y Edward S. Herman; Ed. Crítica, Barcelona, 2000), andaba yo un poco sensible al respecto de las fórmulas que tiene la sociedad en general (la de los U.S.A. en particular) para imponer sus criterios, y muy preocupado con la censura de todo material editado.

Antes de que esto sucediera, yo pensaba que lo de la censura se ceñía sólo a aspectos gráficos (desnudos y esas cosas), de hecho, en 1997, una editorial inglesa nos propuso el retoque o eliminación de alguna teta y algún cigarrillo en uno de nuestros libros si queríamos que lo tradujeran. Pero bueno, a lo que iba, que siempre me acabo yendo por las ramas, que después de lo leído por mí y lo dicho por Maribel, la cosa de la censura parece que nos toca mucho más hondo de lo que parecía, y de eso quería escribir esta semana.

A nadie se le escapa que el aspecto gráfico de los Juegos de Rol que vienen del otro lado del charco (en Europa lo llevamos mejor) gozan de una limpieza de contenidos que para sí quisiera la Biblia. No, no me refiero a que no aparezca sangre o pistolas o esas cosas que a los americanos les parecen tan ligths y que ponen en entredicho su interés en que no aparezcan ni el tabaco, ni los pechos, ni los culos desnudos (no hablemos de las zonas que tienen pelo y que no están en la cabeza), no, me refiero a la sutileza para que un paño tape un pedazo de posaderas, o que una cinta tape precisamente los pezones de la hechicera, dejando al descubierto una masa volumétrica sólo posible a base de silicona.

Ya me sorprendía, en mis años mozos, la forma que tenían las chicas de las películas de taparse con la sábana (con lo que cuesta hacer de nuevo la cama) cuando se levantaban a coger el cigarrillo después de lo que se suponía había sido una noche caliente —antes, el fumar no estaba mal visto, que las multinacionales tenían mucho cuidado en eso de ejemplificar que un buen polvo no lo era si no se culminaba con el encendido de un buen cigarro—, o cómo el chicarrón de turno hacía maravillas y contorsiones para sólo dejarnos ver su trasero (el trasero de un actor no producía los mismos efectos que el de una actriz) después de levantarse precipitadamente para coger el teléfono (de espaldas, por supuesto).

Qué tiempos. Con el paso de los años nos hemos ido acostumbrando a ver de todo, y es que el otro día me ocurrió una cosa bastante graciosa. Acabábamos de ver La comunidad del Anillo por tercera vez, cuando pusimos Atando cabos, y el caso es que Cate Blanchett interpretaba a un putón verbenero (con todos mis respetos) en la segunda, cuando todavía no nos habíamos quitado de la cabeza a la nívea Galadriel de la primera. Mi cuñada me mira porque está presente mi hijo, mientras la Blanchett se lo monta con Kevin Spacey a lo heavy, y a mí no se me ocurrió otra cosa que decir: ¡Jopelas con Galadriel!, por aquello de quitar hierro al asunto. Josu, mi chaval, lo entendió a la primera.

Para que os hagáis una idea yo tenía la misma edad que Carlitos (de la serie Cuéntame lo que pasó) cuando comenzaron a verse los dos rombos en las películas que ofrecía la única cadena de televisión, y que avisaban que los contenidos a visionar podían herir la sensibilidad del espectador, y vaya que herían. Cuando pude ver Mogambo no me cabía en la cabeza que dos hermanos se hubieran ido tan lejos, y a hacer un safari nada menos, para llevarse a matar. Tiempo después me enteré de que el censor de turno había tomado la sabia decisión de eliminar el follón de un matrimonio mal avenido y en proceso de divorcio, convirtiendo a los intérpretes en hermanos, y a su aparente explosiva convivencia en un manifiesto incesto como la copa de un pino, claro está que esto sólo era posible en aquella España.

Volviendo al asunto principal. La censura ha existido y parece que existe y persiste todavía, y en EE.UU. la cosa raya la paranoia. No hace falta que echemos demasiado la vista atrás para observar las directrices que se han establecido para la industria del cine y los medios de comunicación tras el atentado del 11 de septiembre de 2001, por no hablar de los cortes y sustituciones en películas ya realizadas (Spiderman), y desde luego que no voy a mencionar la caza de brujas o el temor reverencial que sienten por todo lo que huele a comunismo, el comics code que parece pervivir todavía, etc. Los americanos son muy suyos para estas cosas de lo políticamente correcto y lo que puede o no puede herir la sensibilidad, ya os he dicho que a través del cine y la televisión ya conocía su capacidad simuladora, pero es que al parecer en los libros ocurre también.

Maribel nos habló de los infinitos grupos de presión (comunidad árabe, negra, hispana, judía, de lesbianas, de homosexuales, antiabortistas, cristianos católicos, adventistas, presbiterianos, mormones, tabacaleras, compañías de refrescos, petroleras, y un largo etcétera que os ahorro) que hacen que un producto pedagógico o literario pase las de Caín hasta que puede ser sacado a la calle con buenas expectativas de venta —para muestra un botón: a un enano de los fantásticos se le puede denominar enano sin problemas, pero cuando hay que referirse a un enano de los de siempre, lo hacen con el término disminuido vertical, no es coña, el descojono fue general—, y yo me preguntaba si en esto del rol no estará ocurriendo lo mismo.

Cuando pude hablar en privado con ella le pregunté abiertamente si sus datos podían ser aplicados a industrias más pequeñas como la nuestra. Si bien no me aclaró gran cosa sobre el asunto que yo trataba de desvelar, sí que fue tajante en lo respectivo a que todo lo que vende en EE.UU. sufre un tipo u otro de censura, la que sea, en aras de ganar o afianzar su mercado. Los americanos pueden ser mojigatos o hipócritas, pero no acostumbran a jugar con el dinero, y si algo puede tener problemas para introducirse y vender, lo cambian.

Lo peor de la censura es cuando cala muy hondo y se hace autocensura, momento en que se convierte en algo demasiado peligroso para la autoestima pero la mar de cómodo para el sistema. Claro está que al final es una cuestión de economía, el autor valora lo que quiere decir y lo que quiere ganar por decirlo y hasta el más tonto se da cuenta de que lo que prima son siempre las alubias. Dicho lo cual no cabe duda de que el sistema funciona a la perfección con un mínimo costo. He tomado prestado el título original de una obra magnífica de Noam Chomsky, para encabezar este artículo (Miedo a la democracia; Ed. Crítica, Barcelona, 1992 y 2001), porque EE.UU. es un país extraño: proclama a los cuatro vientos su fe en la democracia y el libre comercio, los Derechos Humanos y la Libertad con mayúsculas, pero apoya abiertamente a las dictaduras más brutales, ha montado guerras para desestabilizar gobiernos, lastra con tasas las importaciones mientras beneficia con exenciones sus exportaciones, sus multinacionales producen pobreza y desigualdad allá por donde pasan...

No voy a hablar de política, tranquilos. Quiero decir que si la C.I.A. utiliza el Reader Digest para sondear o lanzar bulos, como afirma Herman; si Maribel y Chomsky tienen razón en sus apreciaciones..., me temo que algo nos toca porque nuestro mercado se nutre fundamentalmente de material americano, ante el que se compara todo.

Por si acaso, a mi hijo Josu le digo que cuando vea por enésima vez el Tarzán de la Disney, tenga bien en cuenta que no aparecen negros africanos en ninguna de sus escenas, y que a pesar de que lo más oscuro que aparece en la película son los gorilas no creo que haya habido mala intención, sino un cuidado por no herir que ha acabado habriendo una brecha mayor, y que de todas formas Africa es profundamente negra y de sus habitantes, que son personas como nosotros, que no hay mucha diferencia entre sus lanzas y los misiles que usamos los llamados pueblos civilizados para dirimir nuestras disputas. También está leyendo El Señor de los Anillos, a ratos, y también le he prevenido de que La Comunidad está integrada por varones blancos dado que las mujeres de la historia son importantes pero tienden a estarse bastante quietas (de raza blanca todas ellas); que los malos son cetrinos, oscuros o negros, al igual que los Nazgull, y que cuando son dirigidos por alguien, ese alguien es un blanco traidor (Saruman) o la oscuridad más absoluta (Saurón). Como Gandalf se convierte en el Blanco después de ser el Gris, y como los mejores de los mejores son los elfos que son los más blancos de todos, lo de la supremacía blanca queda bastante claro, pero que de ello sólo debe entresacar que Tolkien era un sudafricano hijo de su tiempo, sin menoscabo de la grandeza y calidad de su literatura.

Cuando sea algo mayor y quiera jugar a rol (ya le tira el asunto), procuraré enseñarle a ver por dónde camina, y a desvelar las semillas de fascismo, misoginia, desigualdad y xenofobia que a buen seguro encontraremos entre líneas. Todo sea por luchar contra los estereotipos y la censura.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº73, en la sección El Chupacabras, con fecha 4 de noviembre de 2002.