domingo, 24 de mayo de 2009

Cultura de rol


Desde un privilegiado espacio lleno de experiencias sin importancia, días grises y un cumpleaños que se avecina para marcarme al rojo vivo la frente; mientras trato de eliminar los últimos residuos de la química que me ha ayudado a quitarme de encima el cólico que me impidió acercarme a las CLN; en los preludios de un régimen alimenticio que se me está haciendo muy cuesta arriba y sin mi dosis diaria de cafeína; cuando el mundo celebra el Día Mundial de los Pueblos Indígenas... Cualquiera que no estuviera avisado diría que la reflexión que estoy realizando en privado es fruto de un mono con tendencia depresiva, de todas formas tenía ganas de compartirla.

Hoy me ha dado por mirar hacia atrás y descubro que las cosas de nuestro mundillo parecen haber cambiado poco en todos estos años que han pasado desde que los Juegos de Rol se introdujeron en España —es una simple apreciación desde la trinchera, no temáis—. Como quiera que todavía el sector que se ocupa de informar a la afición no se atreve a acercarse a los proyectos que se llevan a cabo en el interior de nuestro país —en un sustantivo y manifiesto interés por mantener la independencia informativa debida—, o sigue abusando de una miopía que ya ha generado tradición pero que sigue siendo una losa de desequilibrio comparativo contra la que nos es imposible luchar en igualdad de condiciones a los que tratamos de seguir haciendo rol en castellano, creo que es necesario replantear el escenario, comentando previamente que a mi modo de ver la amnesia y el estereotipo han doblegado por fin el recuerdo de una cultura del rol que hubo en este país, hasta casi hacerla desaparecer —existe una forma residual que se mantiene a duras penas todavía hoy—. Tuvo su inicio en 1990 (tal vez un poco antes, no tengo datos precisos), y a lo largo de algo más de una década ha sido cultivada con ahínco por un pequeño grupo de aficionados que decidieron, y siguen decididos al parecer, a complicarse la vida para enfrentarse a tirios y troyanos haciendo el paria creando y consumiendo rol en castellano (esa modalidad que sigue luchando a brazo partido con los productos que confeccionan compañías de fuera y que también se traducen aquí), y con las formas y maneras que se han ido imponiendo en el mercado con la connivencia de una prensa especializada que jamás se ha atrevido a analizar en profundidad los factores que han originado que el rol español no despegue después de tanto esfuerzo, o que ha sido incapaz de establecer unos baremos mínimos de valoración que hagan que todos hablemos de lo mismo cuando opinamos sobre temas que teóricamente conocemos o dominamos, o mejor dicho: que deberíamos conocer y dominar.

Cuando recientemente una nueva propuesta informativa clama en su editorial por una cultura del rol, y cuando se pretende contribuir a sacarla de su supuesto gueto, echo en falta (no en su páginas, hablo en general) un pequeño resumen de actos y actitudes a lo largo de todos estos años que ayudaría a clarificar si realmente carecemos de cultura rolera o si lo que pasa es que la que hay no satisface las expectativas, y si es así ¿por qué? Al igual, echo de menos un análisis mínimamente serio sobre el cambio de actitud de los diferentes integrantes del negocio de la edición de JdRs (editoriales, canales de distribución, minoristas y aficionados), pues sin esta valoración global me parece que difícilmente se pueden extraer conclusiones que ayuden a esclarecer si hay o ha habido cultura de rol en nuestro país, mucho menos definir actitudes de respuesta. Alguien tendrá que animarse a hacerlo algún día, me temo, yo sólo lanzo el guante.

Qué ha ocurrido con aquella forma de entender las tiendas que apoyaron vivamente los titubeantes pasos de las primeras editoriales que se lanzaron a crear rol en castellano, y que con el transcurso del tiempo han hecho dejación de sus funciones de oferta y escaparate, en aras de un comercio seguro (cartas, figuras, traducciones de juegos punteros, etc...), que ha dejado al aficionado en manos exclusivamente de las tendencias marcadas por los viejos y los nuevos gurús (revistas generales, distribuidoras, internet...), y que ha llevado a las editoriales españolas a reducir drásticamente su presencia en las estanterías hasta el punto de que parecen la chistera inexcusable del mago de la función de fin de curso: bonita en el espectáculo pero prescindible porque siempre hay recambio.

Qué ha ocurrido para que las empresas de distribución que aglutinaron a su alrededor a las editoriales que hacían rol en castellano, como garantía de su independencia y apuesta segura por el crecimiento de una afición ávida de alternativas a la que decían servir, se hayan convertido en censores previos de la calidad o utilidad de las creaciones españolas, marcando el paso de las tendencias mientras hacen caso omiso de su labor de útiles y necesarios intermediarios entre las editoriales y el público, relegando al rol creado en castellano a mero comparsa de la marcha victoriosa de los superventas que arrasan el mercado, lanzando a sus editoriales a un camino de empobrecimiento logístico y económico que a la larga reduce las posibilidades de nuevos proyectos y las aleja todavía más del minorista y el consumidor.

Qué ha ocurrido para que las revistas especializadas hayan abandonado el espíritu voraz con el que nacieron, cuando trataban de informar de todo, incluso de lo que se hacía aquí, y que poco a poco han ido dejando a la afición literalmente vendida ante la incursión de material foráneo repartido en secciones de noticias, reseñas y críticas, desplazando lentamente la oferta que se hacía desde dentro, asfixiada por la falta de espacio y medios, al lugar más oscuro del armario.

Qué ha ocurrido con aquellas editoriales que decidieron ganarse la vida con esto de crear rol y que han ido desapareciendo paulatinamente, o han claudicado en sus pretensiones profesionales y malviven al rebufo de otros trabajos, o sobreviven como pueden mientras el mercado ha crecido en oferta y dimensiones pero paradójicamente les ha dejado sin sitio.

Qué ha ocurrido con aquella afición despierta que parecía no dejarse engañar, que surgió en plena adolescencia y devoraba cualquier propuesta, para que haya decidido pasar de todo, o irse a otras cosas, o que ha dado pie a pequeños grupos de presión que imponen criterios maduros que delimitan la frontera entre lo que es rol y lo que no lo es, impidiendo el despertar de nuevos aficionados a propuestas tan sencillas como aquellas que les trajeron al rol pero que ahora no cumplen con las expectativas de sus cultivados y delicados paladares.

¿Qué ha ocurrido? Nada. Lo triste es que parece que no haber ocurrido nada. Puede haber quien se sienta tentado a entrever un mensaje victimista a lo largo de estas líneas. No lo pretendo. Si pongo el dedo en mis propias llagas es porque a estas alturas tengo más miedo a publicar que el que tenía hace unos años y eso, desde la reflexión, me lleva a barruntar que ha pasado algo de lo que no tengo plena conciencia, pero que noto y siento hasta el punto de tentarme la ropa en cada nueva iniciativa que abordo.

Sigue habiendo interés, sigue habiendo ganas pero ahora hay un miedo que no había y de eso puedo dar fe. La actualidad nos muestra como realidad una tendencia a la traducción masiva de los mismos productos que importan las distribuidoras anexas a las editoriales que traducen, agravando la situación de las editoriales que nos buscamos la vida en el país desde la devastadora constancia económica que hace más viable, y menos arriesgado, vender traducciones de grandes éxitos y distribuirlos, que apostar por fomentar alternativas realmente originales, siquiera apoyando desde sus estructuras la creación de núcleos de desarrollo de proyectos en castellano. Hay excepciones, lo admito, y he apoyado públicamente su existencia y sus esfuerzos, pero sigo echando en falta aquel espíritu de aventura que tuvo su clímax alrededor del año 94, cuando también había pequeñas editoriales que traducían en modo free lance y que lamentablemente han desaparecido por entero del panorama editorial patrio. No voy a preguntar por ellas, me temo que la inercia general las aparcó como ha ido aparcando a las que creaban rol en castellano, sólo que para ellas no ha habido recambio.

Miro a las empresas que se animan a intentarlo, charlo con algunas, y debo ser sincero: lo tienen muy crudo. La batalla ya era desigual, por medios, por capacidad y por oportunidades, pero en estos momentos en que parece que se trata de rescatar o potenciar nuestra mermada cultura del rol, no puedo por menos que hablar de mis propios temores, por si sirven de algo. No estoy pidiendo una cuota de pantalla ni una labor de tutelaje, ni la creación de una reserva protegida; ni siquiera pretendo que las distribuidoras, tiendas o editoriales abandonen su lógico y respetable ánimo de lucro seguro. Tampoco estoy en contra de las traducciones, son útiles, necesarias y beneficiosas para un crecimiento sostenido en el que creo fervientemente que hay sitio para todos. Pero si queremos hablar de cultura del rol será necesario lograr el enfoque correcto, desde la perspectiva histórica (ya la tenemos) y desde la de futuro, y para alcanzar esta última hay que hacer una pregunta muy en serio ¿será posible disponer de una cultura de rol sin una industria que cuente con valores de creación propios? Me temo que no.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº61, con fecha 12 de agosto de 2002.