martes, 26 de mayo de 2009

De pertos y ex-pertos


Ha sido una pena no haberlo encontrado, porque aquella pequeña historia dibujada en blanco y negro en la que trato de basar la entrada de esta semana, merecía un monumento, en serio. En clave irónica desgranaba algunas situaciones cotidianas que rodeaban las vidas de papel de los monigotes que pululaban entre sus viñetas, y lo extraño (tal vez no) es que lamentablemente nos envuelven, a nosotros, todavía hoy —tal vez seamos simples monigotes, quién sabe—.

Estamos más que acostumbrados, pero viví la época del cambio de denominaciones. Antes, un decorador era un decorador, ahora todos sabemos que es un arquitecto de interiores o un ingeniero de espacios; cuando parecía que quedaba claro que un cocinero era precisamente un cocinero, surgió lo de restaurador, y los auténticos restauradores se han visto obligados a amplificar la denominación de su profesión para evitar equívocos (restaurador de obras de arte, de muebles, etc.); un modisto era eso, un modisto, y posiblemente a Balenciaga le hubiera dado un tantarantán de haber sabido que diseñaba, o que algunos, al referirse a él, lo llaman arquitecto de alta costura. Hoy, cualquiera con un cursillo de aplicaciones gráficas por ordenador es considerado un diseñador¡si Munari levantara la cabeza!—. Tengo un colega diseñador (de los que organizan espacios gráficos) que en su tarjeta de visita se denomina arquitecto gráfico —¡oh, Dios!, todavía me da vueltas la cabeza de sólo recordarlo—, y es que la denominación de arquitecto implica un no sé qué que lo hace muy apetecible. Lo curioso es que a Hitler, cuando lo botaron de la Academia de las Artes por pintor y artista insuficiente, le recomendaron que hiciera Arquitectura… Claro que corrían otros tiempos.

A lo que iba. Hoy en día el que más o el que menos se pone a dar una charla y ya se puede considerar ponente como si hubiera intervenido en un congreso… Lo que me lleva a pensar que esto del juego de la grandilocuencias es el cuento de nunca acabar, y encima parece no tener más límite que la imaginación. La fabulación a la que me refería más arriba describía y criticaba esta actitud usurpadora de saberes o titulitis, y es que los ex-pertos —una suerte de casta diferenciada, con conciencia de clase, que en base al prefijo ex- se separaban de los pobres y vulgares pertos (el común de los mortales), trascendiéndolos, dejándolos atrás, como a vulgares parias—, eran los auténticos protagonistas del cómic.

La cosa parece venir de lejos, y no me refiero a la historieta, que como poco es de la segunda mitad de la década de los ochenta, sino a lo de la titulitis, porque si mal no recuerdo el propio Quevedo ya dijo aquello de: «Ni al necio le sienta bien el artificio, ni al príncipe la mentira.»

Bueno, siendo sincero tengo que admitir previamente que me considero un perto, porque serlo tiene sus ventajas y es mucho más cómodo: te permite pasar por la vida con mucha mayor tranquilidad, sin la necesidad apremiante de acaparar títulos académicos, conocimientos o ventajas que sustantivan la existencia de los ex-pertos, y que les sirven, siempre, para echárselas encima a quien se pone por delante, a las primeras de cambio, por aquello de marcar las distancias.

Bien es cierto que ante ciertos asuntos se hace necesario que un experto (de los auténticos —que haberlos, haylos—, de los que saben por disponer de una experiencia sobrada que les avala) te saque de dudas o te aclare tal o cual cosa, y es en este momento cuando hay que andarse con mucho cuidado para que no te den gato por liebre. Como buena parte del caudal informativo al que tenemos acceso está aquí, en las listas de aficionados en Internet, es precisamente en este lugar donde percibo una notable abundancia de individuos que encajan a la perfección con el término ex-perto —según valoración propia y muestreo subjetivo—, y me parecía que podía hacer falta un pequeño ejercicio de crítica encaminada a separar el grano de la paja, porque me asusta cuando alguno de estos tipejos surge y te lanza su título académico a la cabeza intentando callarte la boca sin mejores argumentos.

Mi licenciatura en Bellas Artes por la especialidad de Grabado da para bastante poco en esto del rol, salvo para opinar de cuatro cosas, y claro, así las cosas, en esto de hacer cajitas para que quepan cosas etiquetadas, los ex-pertos llevan ventaja. Ellos pueden hablar porque son, y los demás no, así que a callar. Por ejemplo, un típico ex-perto filólogo (filología inglesa, sin ir más lejos), se cree que puede hablar de una traducción con aparente conciencia de causa (mucho decir en algunos casos), y con ello tapa la boca a quien se tercie; pero no se queda ahí la cosa, no, ¡qué va!, tira de la manta y habla de cualquier otra cosa con igual categoría y dogmatismo, y el asunto es que haciendo caso a su propio esquema de valores deberíamos solicitarle el título en Ciencias Exactas si pretende imponer su opinión sobre un reglamento, o una licenciatura en Bellas Artes por la especialidad de Diseño Gráfico, si pretende imponer su criterio sobre el diseño de un libro, o por la especialidad de Pintura o Ilustración (no sé siquiera si existe) si lo que intenta es opinar seriamente sobre los dibujos que decoran un libro…

No hay tu tía, por este camino no llegamos a ningún sitio. Esto de los dogmatismos y pontificaciones ex-pertas más parece una cuestión de fe: o la tienes o no la tienes, pero en ambos casos la sustancia de lo creíble permanece inalterable. Lo que sí que es cierto es que todos conocemos a muchos graduados que llevan bajo el sobaco su título como podrían llevar un chusco de pan —tal es el caso que a veces parece que los regalan—, y me temo que una licenciatura sólo sirve de algo si la desarrollas convenientemente y eso ocurre siempre con mucho tiempo por delante. Nada, que no hay arreglo.

Otra de las fórmulas a las que recurren los ex-pertos para afianzar su posición en las listas, es a autoproclamarse autores aunque sean simples traductores, y es que se da el caso abundante de que hoy cualquiera se siente autor de algo porque ofrece rango de ex-perto a todos los efectos, y ésa es una guinda que no se puede dejar pasar.

Autor, autor, lo que se dice autor, sólo lo son los que crean el texto, la idea, el diseño o los dibujos (en el caso de material impreso). La traducción forma parte del manipulado de las ideas de los auténticos autores, aunque nuestra Ley de Propiedad Intelectual preserve los derechos ineludibles de los traductores como realizadores y propietarios de su trabajo de traducción. Tenemos por tanto dos niveles de autoría, la propia e inherente a la creación de una idea que sirve de soporte a algo, y la que implica una manipulación concreta de la anterior y que es susceptible de ser apropiada por otro (aquí entra a saco la L.P.I.), porque nadie en su sano juicio llamaría autor al maquetador de un libro traducido que se ciñe al original (ni siquiera nuestra L.P.I. lo contempla), o al maquinista de la imprenta que también pone su aquél. Aquí y en Tombuctú, un traductor es un autor de segunda clase (con todos mis respetos y sin ánimo de ofensa), de hecho en la obra traducida cobran los dos, el autor y el traductor.

Creo que hay, por tanto, un problema de actitudes mal asumidas y peor enfocadas, porque para ser sincero tengo que admitir que se me queda la boca abierta ante una buena exposición descriptiva bien asentada, o una crítica razonada que destila experiencia, que también aparecen en nuestras listas, pero lo más cachondo del caso es que sus propietarios parecen pertos con ideas claras que no tratan de imponer nada. Sí, creo que en el fondo es una cuestión de estilo.

Volviendo a los pertos y a los expertos con que comenzaba. Una conversación entre pertos adquiere una forma dinámica, juguetona, en donde cada frase toma una importancia tal vez no buscada pero que funciona y divierte. Puede haber diferentes niveles de opinión, de sabiduría, de experiencia, pero el caso es que se resuelven enigmas indescifrables con absoluta normalidad y a poco que se apriete el pedal, dos pertos son per-fec-tamente capaces de arreglar los problemas del mundo en un pispás. No os cuento si hay más, porque cuando se juntan varios —los pertos ganan por goleada en este aspecto, saben convivir— no hay problemas salvo que alguno enfatice una actitud de pseudoex-perto (carece de titulación apropiada o no va de autor, y por lo tanto no puede ser considerado como tal ni por asomo) que siempre suele mal vista y reprimida en cuanto despunta, porque los pertos pueden ser pertos pero no idiotas.

Sin embargo, cuando hay un ex-perto de estirpe cerca, la conversación se vuelve dialéctica, si no un monólogo imparable. Ver enfrentados a dos ex-pertos —rara vez se ven más de dos juntos— es todo un espectáculo de luces, fuegos y artificios visuales: inflan los pechos, levantan las colas y despliegan el plumaje oratorio en un intento intimidatorio ante quien consideran agresor, ¡hasta ahí podía llegar la cosa! —el ex-perto es un tipo con un arraigado sentido de la propiedad y del territorio, y tolera mal la incursión de otro como él en su zona de dominio, o la presencia de pertos díscolos y ruines que no entienden de distancias—.

Si las primeras señales no surten efecto, el ex-perto que se sabe en posesión de la verdad —suelen serlo todos— comienza las agresiones verbales hasta que el más débil se retira o sucumbe ante el chorreo de palabras o la elevación de tono. Lo cierto es que nunca encontraremos un ex-perto que admita la derrota, les pasa como a los políticos, que siempre encuentran la forma de justificar su victoria. Lo llevan escrito en el casco de kevlar, y supongo que también lo llevan grabado a fuego en el alma: nacido para vencer.

El ex-perto de raza, que tiene título o se las da de autor (o tiene título y se considera autor, con lo que su importancia táctica es mucho mayor y resulta todavía más dogmático), se hace notar siempre, y aquí está el quid de la cuestión, la diferencia esencial: el perto gusta de pasar desapercibido, y el ex-perto vive para ser visto. Así las cosas, los ex-pertos suelen resultar tipos tremendamente peligrosos; no es que te vayan a matar ni nada por el estilo, no, es simplemente que no saben estar solos, y como tampoco les gusta la convivencia con otros de su clase (ya lo hemos mencionado), suelen buscar a pertos indefensos (solitarios o agrupados) a quienes dan la vara sin compasión para hacerse notar o dejarse ver.

Cuando eres un perto, lo mejor que puedes hacer ante la presencia de un ex-perto es callarte o emprender la huida, siempre, no vaya a ser que tu autoestima se lesione todavía más después del primer encontronazo. No es cobardía, es simple sentido de la supervivencia. Porque al ex-perto le suelen rodear pertos descastados que encierran secretas intenciones de llegar a ser ex-pertos algún día, que valoran las dotes y el estatus de su líder, lo halagan, lo envidian y se agrupan a su alrededor como una horda de orcos dispuestos a cualquier cosa con tal de rebañar unas migajas de gloria o superar un par de peldaños en su inminente emergencia, y estos son los que se ceban con tus despojos si no te has cuidado la espalda.

¡Ay, Dios! Vértelas con un ex-perto y sus huestes adeptas es peor que enfrentarte al mismísimo Saurón (el Cielo le tenga en su gloria).

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº68, inaugurando la sección El Chupacabras, con fecha 30 de septiembre de 2002.