domingo, 24 de mayo de 2009

Muriendo en el intento


Manda huevos que después de tanto trabajo, de haberte dejado las pestañas y las uñas de los dedos y sus yemas tecleando o dibujando, o maquetando; de haber dejado el descanso para mejor momento; cuando por fin tienes las narices y el valor de compartir lo que has hecho en tantas horas robadas al currelo, al sueño, a la familia, a la novia, al novio o incluso a los amigos; gastando lo que no tienes, hipotecando una parte de tu tiempo y de tu vida… que venga un hijo de su madre y con toda la naturalidad del mundo mande tu esfuerzo a la mierda o a paseo. No hay derecho.

Reconozco que ni siquiera me sorprende —en su momento lo hizo—, pero sigue ocurriendo, y creo que merece siquiera un pequeño apunte por ver si se nos revuelven las tripas o el alma: aficionado pregunta a una tienda por un producto y recibe por contestación del supuesto especialista, que no ha salido o que no se sabe nada de él. A renglón seguido, el mismo aficionado, tal vez azuzado por la sensación de que el especialista no se entera —porque ha visto el material que pide, o ha leído sobre él, o sabe de alguien que lo conoce—, lanza una pregunta al aire en las listas roleras, o por privado a las propias editoriales, y recibe con alegre amargura la constatación de que el producto en cuestión no sólo existe y está disponible, sino que además lleva tiempo en la calle, ¡toma ya!

Puedes pedir responsabilidades al maestro armero, porque ese tío, además de mearse en el trabajo de unos colegas (o el nuestro, que lo mismo da) y de reírse a la cara de los aficionados que le creen y compran otras cosas diferentes a las que buscaban —los 25 eurillos pican en el bolsillo y es necesario darles un mejor destino—, es un desgraciado como la copa de un pino, un canalla, porque se está encargando, él solito, de dar la puntilla a ese rol del que se anuncia especialista.

¡Ah, ya! es que el especialista sólo tiene el material de una distribuidora de las cuatro o cinco que hay, claro, claro… Le sudaría mucho el escroto si cogiera el teléfono para saber qué traen las otras, y pedir precisamente el libro que solicita el pardillín que tiene enfrente, eso si le tuviera en cuenta y un mínimo respeto. Pero bueno, para qué se va a currar la clientela, y darle servicio, si al fin y al cabo esto del rol está muy muerto y es sólo cosa de cuatro gatos que además están pirados. ¿Para qué demonios se va a tomar la molestia de hacerle el favor de cumplir con su trabajo?

Dice el refranero que no se deben pedir peras a un olmo; no las voy a pedir. Definir lo que supone la etiqueta de tienda especializada se me escapa del interés y líneas disponibles para este artículo. Baste decir que en nuestro mundillo, acostumbramos a denominar como especializada a la tienda que tiene sección estable de rol y que más o menos se mantiene al día en cuanto a referencias y novedades, y esto supone todo un riesgo para los que acostumbramos a dejarnos asesorar —que, la verdad, somos muchos y no espabilamos ni a la de tres—. Tu te presentas en un ferretería y preguntas si hay tirafondos del 12, y a poco que se lo curre el dependiente, tienes encima del mostrador media docena de variantes: cromados, de latón, de acero galvanizado… y eso que el tipo no se siente especialista ni nada. Y si por un casual no tiene, te dice dónde puedes encontrarlos, aunque sea en una ferretería de la competencia, por ver si con el buen trato que te dispensa, la próxima vez que necesites algo vuelves donde él.

Vale, todos sabemos que la etiqueta les viene grande a muchos, y que en el panorama patrio hay muy pocas tiendas que merezcan ser tildadas de especializadas, así que admitamos previamente que la cosa de la especialización minorista deja mucho que desear en nuestro país, por no decir a la brava que es la repanocha y está en mantillas. Especialistas hay pocos, otros a los que le gusta que se lo llamen… demasiados. Porque también es cierto que tenemos el tipo de librero que no distingue entre tener una librería y tener una guardería. El mismo que no trae producto de una compañía porque le cae mal, o no se divirtió lo suficiente cuando jugaba a sus juegos. Claro, temeroso de acarrear disgustos a su clientela, corta por lo sano y arregla el asunto de raíz. A éste al menos se le ve llegar y cuando le llamas te dice a la cara que no te compra, y al aficionado que se busque la vida en otro sitio porque su afinado paladar no le permite ofrecer cierto material. ¡Oye, que la tienda más próxima está a doscientos kilómetros!… ¡Ajo y agua, chaval!

Salvo en el caso de las grandes capitales, y cuatro o cinco lugares más, el aficionado viene a disponer sólo de una tienda que tenga rol en su zona, y se las ve y desea para acceder a una buena parte del material editado (habitualmente español, ¿lo vamos a negar?) para poder valorarlo o comprarlo. Salvo honradas excepciones, que se pueden contar con los dedos de la mano, es en este punto donde comienza a vislumbrarse uno de los más graves problemas de nuestro sector, porque si el producto no llega a su destinatario final… apaga y vámonos.

En las librerías normales que hacen gala de cierta especialización (narrativa, viajes, poesía, etc…) puedes preguntar por cualquier libro, que si no lo tienen te lo buscan, y si no está agotado te lo traen, y eso que trabajan con ciento y la madre de distribuidoras —que las distribuidoras están a la que salta y no creas que pierden el tiempo a la hora de ganarse un cliente—. ¡Joder!, si a nuestros especialistas nadie les está pidiendo que llenen la tienda con todo lo que sale, sólo que hagan lo que teóricamente deberían saber hacer: vender. ¿No lo tiene, pues por favor me lo pida, oiga!, ¿cuanto hay que esperar? ¿dejo una señal? Mira que es complicado trabajar con una sola distribuidora y, además, saber lo que tienen la otras por si le hace falta, que el que vende es él.

¿Pero qué les pasa a estos patanes, no se enteran, o no quieren hacerlo? No estamos hablando de libros que si te gustan: bien, y si no: no pasa nada. Hablamos de juegos que necesitan ser jugados, experimentados, disfrutados. Que crecen según las sensaciones que van creando en el aficionado, a los que hay que alimentar según lo que necesiten, por encima de modas, estilos o apetencias.

Anda que no tiene narices. ¿De qué se creerán que viven las tiendas que son realmente especializadas?, sí, esas mismas que procuran tener lo indispensable y que si no lo tienen te lo buscan, independientemente de si trabajan con una o con cinco distribuidoras, de si son pequeñas o grandes, de si llevan cómics o venden cintas para el pelo. Las mismas que cuidan los escaparates y saben de lo que hablan porque se preocupan de saberlo. La industria, en 1992-1995, funcionaba para no más de 70 tiendas especializadas en todo el Estado (número arriba, número abajo), prácticamente las mismas que hay ahora (hay quien afirma tajantemente que hay menos, la crisis del 96 pasó buena factura). Podemos dar por bueno que lo que ha ocurrido ha sido una redistribución de elementos, y una sustitución de las desapariciones ocurridas, y que como el volumen de aficionados crece (parece que han llegado, y siguen llegando), éste se ve bien cubierto por los puntos de venta existentes. Pero a todas luces hay librerías que sobran, porque las que han sabido cuidar el rol siguen estando ahí, ofreciendo un lugar seguro para el aficionado, donde se puede ver, se puede comparar, y sobre todo, uno se puede informar con garantías. Y sobran precisamente las que se meten a llevar un material que ni entienden ni les preocupa lo más mínimo entender.

Desde el 97 ha habido un empobrecimiento de la calidad del mundo minorista, y lo siento muchachos, porque los mayores perjudicados sois vosotros. Antes, meter el producto era relativamente sencillo, y no creáis que la peña se estiraba comprándote potrocientos volúmenes del mismo libro, no, compraban poco y reponían cuando les hacía falta. De vez en cuando recibías una llamada de alguien que desconocías pero que te pedía un ejemplar, o dos, y hasta luego, que no le volvías a oír hasta que no le hiciera falta. Pero el aficionado estaba enterado porque veía tu producto, y si no lo veía, pero preguntaba, recibía contestaciones coherentes y lógicas de parte de un librero que se preciaba de serlo y que no tenía miedo al teléfono. Después, meter el producto se volvió una empresa titánica si no imposible. Te encontrabas de todo, hasta tipos que trataban de enseñarte a editar pero que no compraban tu producto en base a una sartenada de jilipolleces sin posibilidad de contraste.

Cada vez que leo a uno de mis colegas diciendo aquello de que este libro, o aquel otro, está disponible desde hace tiempo y que sólo es necesario ponerse en contacto con la distribuidora, o mandar un correo electrónico a la editorial, o hacer una llamadita para que te lo sirvan, me crujen hasta las entretelas porque yo mismo he contestado demasiadas veces lo mismo. Recuerdo que en 1997 hubo tiendas que llegaron a vender 100 ejemplares del G2 en menos de 48 horas (no miento), mientras en otros lugares la gente tardó más de un año en enterarse de que existía. ¿Y qué haces? ¿Te calzas la recortada? ¿Te tiras al monte? ¿Lo mandas todo a paseo?…

Hay muchas formas de masacrar un juego, y ésta es la peor de todas. Sólo quería decirlo.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº63, con fecha 26 de agosto de 2002.