domingo, 24 de mayo de 2009

Schumacher y el D&D


A los 13 años ya seguía con deleite las andanzas de Jackie Stewart en su Tyrrel azul por los circuitos del mundo. Luego, con la adolescencia bien asentada, vinieron mis desvelos por Niki Lauda y su Ferrari, y más tarde, ya en mi época universitaria (¡Dios, qué años!) el hipo me lo quitaba un tal Gilles Villeneuve (¡qué arrancadas en la parrilla de salida!). Tras la muerte de este último en accidente (Bélgica) todo cambió, abandoné durante un tiempo el seguimiento de El Circo cuando Prost iba bien encarrilado a por sus primeros títulos, y lo retomé más tarde la temporada anterior a que Senna se matara en Monza, creo recordar… No, no es una historia de necrológicas, pero lo parece, ¿a que sí?

Me perdí las épocas de Hill, Moss, Clark, y por supuesto Fangio, pero las he ido revisando poco a poco, en la medida de mis posibilidades… A lo que voy, que la Fórmula 1 es para mí como el rol para muchos de vosotros: una pasión con épocas de afición constante que son seguidas por periodos de tanteo, de estar informado solamente, en las que no eres capaz de desligarte del todo pero tampoco de implicarte como en otro tiempo, o como siguen haciendo tus compañeros. El resultado de estos mis amores automovilísticos, cultivados durante cerca de treinta años, es una ingente cantidad de revistas, libros y fotografías, algunos modelos a escala, etc. Os lo podéis imaginar.

Me considero un aficionado ramplón, los conozco mejores, pero sé de qué va la cosa; lo que conozco me permite manejarme en las tediosas tardes familiares, cuando algún cuñado listillo se me sube a las barbas y no me apetece consentírselo, pero donde realmente adquiere valor es cuando le cuento a mi chaval las hazañas de aquellos tiempos que viví intensamente: los coches-ala, los motores turbo, Fittipaldi ganando una carrera con un neumático pinchado, Tyrrel tragándose su P34 porque a Goodyear no se le puso en los cataplines hacer neumáticos pequeños para aquel magnífico seis ruedas, Chapman jodiendo a la FIA con su coche de doble casco independiente, Piquet perdiendo el sentido en algunos pasos de curva, Mansell escapándose de un hospital con las cervicales machacadas… Acabo virtualmente embadurnado de grasa y oliendo a gasolina por los cuatro costados y por supuesto con una sonrisa idiota que me cruza la cara. Qué le vamos a hacer, los aficionados solemos ser así.

A colación de esto, me parece que entre vosotros, el que más o el que menos juega a varios Juegos de Rol y compra bastantes más con la esperanza de jugarlos alguna vez, como hacía yo con el material de F1. Es una situación habitual y muy corriente entre los aficionados a cualquier cosa —las aficiones son siempre una mezcla de impulsos por seguir algo (motivo), la necesidad de consumir compulsivamente lo que se produce al respecto, y una suerte de anhelo por experimentar en alguna medida lo que se consume—.

Con el tiempo (las aficiones ocupan mucho espacio y tiempo, y absorben la integridad de cualquier presupuesto), el aficionado acaba por consolarse comprando de vez en cuando, mirando, leyendo, cuando no aguardando momentos mejores que no suelen llegar. Le debe pasar a todo el mundo así que no nos preocupemos demasiado. De hecho, esta misma semana, en una de las listas generales, se ha suscitado una cuestión paralela a lo que digo: los juegos injugados.

Definir cuántos juegos puede tener en propiedad un aficionado medio, o un club, se me hace harto complicado. Yendo a la baja me da la sensación de que nunca dejaremos de encontrar alguno de los varios pesos pesados en una buena biblioteca rolera (Dungeon & Dragons, El Señor de los Anillos, Vampiro, Gurps, Star Wars, La llamada de Cthulhu…). Son libros imprescindibles, y salvo sustituciones (que seguro que las hay), al menos tres de estos grandes siempre están presentes. Vamos, que difícilmente se les puede disputar el sitio que ocupan. No sé lo que opináis, pero admito tirones de orejas aunque el resultado me parece que va a ser bastante parecido al descrito, aunque cambien los títulos. Hay una serie de juegos que son los JUEGOS, así, con mayúsculas y ante los que no cabe decir nada. El resto de esa biblioteca hipotética se nutre con los segundones de siempre, títulos que se reparten entre la oferta variada existente (se sustituyen muy de tarde en tarde por nuevas ofertas que ocupan su lugar) y de los que os ahorro la enumeración. Por último estarán los juegos raros, también denominados minoritarios, los que ayudan a completar y llenar la librería de la habitación de casa o del club, e ir un poco de entendidos, porque en las aficiones hace falta también un factor de diferenciación que nos separe del común de los mortales.

Podéis llenar vuestras estanterías como os plazca, no tengo intención de meterme con vuestros gustos o preferencias en eso de llenar espacios (físicos o lúdicos), a lo que voy es a que por término medio un aficionado poco pudiente puede llegar a tener 5 juegos de diferentes temáticas, bien repartidos entre los ya descritos y con una cobertura de material que puede incluir algunos complementos. Sin embargo un buen aficionado que se precie nunca tendrá menos de 10 juegos bien cubiertos por sus respectivos apoyos y ayudas (toda una pasta convertida en papel). Hay excepciones y todos las conocemos, desde el aficionado rácano que tiene una vil fotocopia y poco más, hasta el gourmet que tiene todo lo que sale… De todo hay en la viña del señor.

El caso es que a la hora de experimentar los juegos, como hábito, la mayoría de vosotros se decanta por dos o tres opciones de todas las posibles (el tiempo disponible marca siempre el límite de utilización), y lógicamente, éstas se ejecutan sobre los juegos principales en vuestros corazones y estanterías; el resto de experiencias se reducen a una simple lectura (a veces profunda, pero lectura al fin) o a un visionado rápido (abordaré este asuntillo en otro momento). En mi caso, esta experimentación se redujo a la conducción de un Lotus 79 por las pistas del scalextric y a la preparación del Ligier JS17 de mi mujer, que dicho sea de paso siempre me ganaba.

En Fórmula 1, esta temporada que estamos a punto de concluir ha sido un paseo triunfal de la mecánica Ferrari y de su piloto Schumacher, y salvo para los aficionados a la marca italiana o al piloto alemán, para el resto ha sido un absoluto aburrimiento del que sólo se podría escapar apostando por el segundo o tercer puesto en cada carrera, pero como también estaban ahí Barrichello (Ferrari) y Montoya y R. Schumacher (Williams-BMW), la cosa ha pasado por apostar al cuarto o quinto puesto…, y la verdad, hay que admitir que este año la F1 ha resultado un bonito turre en color rojo, incluso para un ferrarista como yo.

En el mundo del motor, nadie en su sano juicio compara a Minardi con Ferrari, y todo el mundo comprende que McLaren pueda estar pasando por épocas bajas, o que Toyota y Jaguar estén preparando una mecánica capaz de presentar batalla en un futuro cercano… Vamos, que en la propia competición se establecen niveles diferentes desde donde se analizan las diferentes circunstancias y retos que aborda cada escudería, aunque todos los equipos compiten en lo mismo y alguna vez se puede llegar incluso a dar una sorpresa.

Abandonemos los circuitos. ¿Quién compite con los pesos pesados de los Juegos de Rol?, ¿es posible competir siquiera? Me temo que no, y sospecho que estaréis conmigo en esta afirmación. Entonces ¿por qué siempre que sale algo nuevo que no sea D&D, Cthulhu, etc…, se compara con los grandes y no se hace con los de la franja segundona, o los raros? Esta cuestión me intriga, y bastante, y quería comentárosla por si surge alguna razón que se me ha escapado.

Desde que conozco esto del rol, me han enervado (en su acepción) las comparaciones desequilibradas. Cada vez que leo que este o aquel producto «no aporta nada», o que «comparándolo con tal o cual (poned vosotros el nombre del producto puntero para obtener el resultado)»… se me ponen los pelos como escarpias y me deprimo. No es para menos. Como editor o creador, cuando haces un juego tienes unas expectativas y normalmente no son las de disputarle el sitio a los grandes, sino buscar y encontrar tu propio hueco, aportando algo tan solo a quien quiera compartir otro algo contigo; no sé, tal vez una misma visión del mundo, o una forma parecida de entender las reglas… Tampoco se te pasa por la cabeza lo de quitarle el puesto al líder del mercado, porque sabes lo chiquito que eres. Entonces ¿qué pasa que no te libras de la comparación odiosa?

Creo sencillamente que no hay derecho a que ocurra lo que ocurre. Los aficionados a la F1 ya sabemos quién es Ferrari y aunque haya épocas en que hacían coches que parecían armarios (el 127C de 1981, por ejemplo), como decía un piloto argentino ya retirado: ver un morro rojo en el retrovisor siempre asustaba. En esto del rol, el D&D es el D&D, y vale que no se puede competir de tú a tú ni con él ni con cualquiera de los JdRs enumerados como grandes, pero que encima te lo froten por los morros a las primeras de cambio debería estar tipificado en el código penal.

En serio, que duele.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº66, con fecha 16 de septiembre de 2002.