miércoles, 10 de junio de 2009

Autores de segunda


En esto de la cosa pública —escribir para este boletín informático parece ser más público de lo que cabría pensar—, hay que hilar muy fino en las consideraciones que haces, que luego las aclaraciones posteriores quedan un poco sobre falso. Y es cierto que hice una sobre los traductores como autores de segunda, más con la intención de menoscabar el orgullo de los que acostumbran a subirse a la chepa de cualquier cosa que se mueve, sin parar en los resultados, que con ánimo peyorativo. Nada más lejos que minusvalorar el trabajo de unos tipos que me merecen el mayor de los respetos, porque uno (yo), recurre a las traducciones como todo bicho viviente para enterarse de lo que se cuece por el mundo. Por si fuera poco, yo también, en lo profesional, soy considerado autor de segunda por los que creen entender de estas cosas, al menos en mi faceta de ilustrador y diseñador.

¿Disculpa?, no. ¿Aclaración?, pues puede, porque ya va siendo hora de romper una lanza por el público reconocimiento de nuestro trabajo, y esta vez me refiero a los ilustradores, diseñadores y por supuesto a los traductores; que nuestra contribución a la confección de libros, además de mal entendida, está mal pagada y rara vez se valora como se merece, y en lo de luchar por nuestros derechos somos compañeros de armas.

Como en botica, en esto de la edición hay de todo: traductores, ilustradores y diseñadores que habría que mandar a galeras o enterrar en lo más profundo de una mina, y otros que contribuyen a dignificar el original, incluso a mejorarlo con su intervención. Pero lo cierto es que en un caso o en el otro, no hay tradición de remarcar esta contribución salvo en la página de créditos, y eso que en España se traduce mucho (24,8% de la producción total, según cifras oficiales).

Por no irme por los cerros de Úbeda, os puedo contar que a mí, personalmente, me llevan los demonios en cuanto un jilipuertas se autodenomina ilustrador infantil por poner a sus monigotes ojos grandotes y gestos idiotas, o ilustrador juvenil porque utiliza estilo manga en sus realizaciones. Ese jilipollas está cavando su tumba y encima me está impidiendo vivir como merezco. ¡Señor, Señor, que esto es muy serio!, que yo me leo previamente los libros que ilustro, tratando de coger el sentido que pretende transmitir el autor, enfatizando la gráfica donde la literatura va en plan suave, aligerando contenidos del dibujo en otros lugares para que el lector no se pierda ni una coma de la riqueza que se ha conseguido en el texto, etcétera.

Cuando diseño, igual, que no es lo mismo diseñar la maqueta de un libro para un crío de seis años que para uno de once. Con la portada, tres cuartos. Así que luego dicen de mí que parezco un camaleón y que rara vez me repito… Pero es que cada autor literario y su libro son un mundo diferentes, ¡coñe!, y si me tomo mi trabajo en serio es para servir de algo al que me ve, no para repetirme más que los ajos por remarcar mi estilo, que creo que no se trata de eso.

Doy por supuesto que los buenos traductores hacen lo propio, y que conste que también hago uso de mi sentido solidario al entender que si yo no dibujo o diseño como lo hacía antes, lógico ha de ser que cada uno, en lo suyo, empiece con la intención de mejorar, cosa que a veces se logra y otras no tanto —que yo tampoco hago plenos al quince siempre—, o que de vez en cuando te encuentres con uno de esos que parece que nació enseñado y ante el cual sólo cabe quitarse el sombrero.

¿Autores de segunda?, ¡y una mierda!, y perdonadme la expresión, pero es que llevo una buena parte de mi vida intentando que me reconozcan y me paguen por lo que vale mi trabajo, porque una cosa es lo que dice la Ley de la Propiedad Intelectual, y otra muy distinta su aplicación diaria, y en esto, como en todo, todavía nos queda mucho por mejorar y recorrer. Cosas de la tradición cultural en que vivimos, diríamos. La L.P.I. por sí sola no nos aclara gran cosa si no comprendemos que sobre la utilización de ideas, textos o imágenes (el diseño de un libro también es imagen), hay una escala de valores que prima sobre la legalidad y la sujeta a consideraciones subjetivas. Uno de ellos es la diferente valoración que se da a una factura y a un contrato, por ejemplo —la de veces que hay que explicarle a un editor que una factura no le hace poseedor de lo que has vendido, salvo en su vertiente física y en uso limitado, porque la idea sigue siendo tuya—. Otra es la auténtica función como autores de los que intervienen en la confección de un libro, y es aquí donde realmente duele.

La relación entre lo reproducible y lo transformable me parece más que evidente, y me consta que cualquiera con un mínimo de capacidad intelectual entendería a un autor que levantara la voz porque se ha cambiado el texto original compuesto por él, por ejemplo. Por mucho Derecho de Transformación que haya transmitido al editor, la versión ofrecida por éste no deja de ser una canallada moral y una falta de respeto absoluta para con el trabajo del autor y para con el público al que va destinado, aunque pueda ser perfectamente legal, y así lo entendemos todos. Así que el que más o el que menos ya se puede imaginar de qué van los puntos suspensivos en la entrevista a John Tynes (RPG Magazine, nº2), sin mayores explicaciones.

Sin embargo, que a un traductor le amplíen o reduzcan el texto por necesidades de la maqueta, o que al ilustrador le recorten una imagen, o se la pongan en blanco y negro cuando la hizo a color, o al revés: que coloreen una que hizo en blanco y negro, o que la cambien de sitio; o que al diseñador le revienten el diseño y la organización que con tanto mimo ha preparado, sólo porque hacía falta o era indispensable… parece que es cosa bien diferente, como que no importa; y encima, si ha vendido los derechos de Explotación (reproducción, distribución, comunicación pública y transformación) no hay manera de meter mano por mucho Artículo 14 que exista (Artículo 14. Contenido y características del derecho moral. 4: Exigir el respeto a la integridad de la obra e impedir cualquier deformación, modificación, alteración o atentado contra ella que suponga perjuicio a sus legítimos intereses o menoscabo a su reputación.), y es que a veces parece que hecha la ley, hecha la trampa, como dice el refrán.

El Derecho de Transformación está previsto para facultar al editor a extender el beneficio de su inversión y trabajo aprovechando traducciones o adaptaciones posteriores, pero es el caso de que en manos de un desaprensivo le permite hacer lo que le venga en gana; ésa es la cruda realidad, y si lo has cedido de buena fe y en consonancia con el espíritu de la ley y no con la letra, sólo te queda quejarte, y eso si te escuchan, porque ya digo que los autores de segunda tenemos poco voto y menos voz en este aspecto.

Hombre, todos damos por sentado que hay un mínimo de honradez en las personas como para andar tranquilos por la vida, pero a veces resulta que no hay tanta, y es que hay editores y editores, y no me entendáis mal, que no hablo de mala baba, que también abunda, sino de supina ignorancia.

Un traductor, por ejemplo, es un transformador, un versionador (su intervención deriva en una obra diferente, según el Art. 21 de la L.P.I.). La ley establece que el autor del trabajo debe ser reconocido como tal (Artículos. 1, 14 y 212), pero es el caso que si el editor no comprende la diferencia que existe entre Reproducción y Transformación, puede muy bien no entender que el autor del trabajo traducido es el traductor y no el autor original (derecho que reclaman a voces los traductores literarios), y por tanto incumplirá el Artículo 64 si no lo reconoce como se merece; pero lo que es peor, su ignorancia puede vaciar de contenido el derecho moral inexcusable al que tiene derecho el autor sobre su trabajo por el sólo hecho de haberlo realizado; reconocido y bien reconocido en la ley, por mucho Derecho de Transformación que se haya cedido.

Con los ilustradores y diseñadores ocurre lo mismo, podría contar y no parar, así que meto el freno. Nuestra contribución es fundamental, sobre todo en los libros ilustrados, pero como no se toma en consideración suficiente nuestro trabajo, pasa lo que pasa: se nos paga poco, no se nos reconoce como autores, y somos susceptibles de que se nos orinen encima con absoluta impunidad.

Y es que también hay botica para los editores, y en seguida se nota si el tipo es respetuoso y lo trata de hacer bien (mima el trabajo, trata de mejorarlo y siempre con el consentimiento del autor de la obra), o por contra es un hijo de su madre que es capaz de aprovechar lo que de buena fe le has dado para sacar un provecho fraudulento, porque primero le joderá el trabajo al autor legítimo —espero que haya quedado claro—, pero quiero que conste que también estará haciendo la cusqui al consumidor, y mofándose a su cara, al venderle por obra buena una soberana piltrafa, aunque sea un perfecto ignorante o esté magníficamente anclado en la legalidad.

¿Legal digo?, sí, es legal si se ha cedido el demonio derecho de Transformación —lo he dicho y lo repito si hace falta—, pero de lo que no debe quedar duda es de que una actitud negligente o despachada del editorcete de turno resulta profundamente inmoral, y si bien produce una fuerte merma en la calidad de lo que ofrece, no es menos cierto que produce un grave daño, a veces irreparable, en el mercado al que va dirigido, porque el consumidor cree que está disfrutando de lo que los autores han hecho, y que paga por ello, y eso no es cierto.

En el caso que comenté en la lista (el de mi reciente pleito por plagio), me salvó la campana y lo puntilloso de mi carácter —para que veáis cómo es la cosa de sutil—. Os cuento: un sencillo para delimitaba en las facturas emitidas el derecho de Reproducción y cerraba el paso al de Transformación. De no haber existido esa preposición: ¡a joderse, ajo y agua! Lo dicho, que me salvé por los pelos y porque mi abogado es un lince.

El caso es que la utilización indebida de mi trabajo, su transformación (a veces aberrante, como el seccionado de cabezas de unos de mis dibujos que habían sido implantadas en monigotes hechos por otros), la utilización indebida de mi nombre, el traslado de unos dibujos hechos hace años a libros nuevos, etc., ha originado que la indemnización sea abultada y se me restituya a porcentaje en un reguero de productos, después de dos años de lucha y toda vez que el editor de marras le vio los dientes al lobo y echó cuentas ante una demanda que no hizo falta ser presentada ante el juez.

Qué queréis que os diga. Estoy contento, no lo voy a negar, pero lo que más me dolió de todo ello fue el silencio connivente de alguno de mis colegas (por llamarles algo) que tragan de todo con tal de cobrar una porquería y fueron incapaces de mover un solo dedo… y el tener que explicarle a un tipo que factura algunos miles de millones al año (de los de antes, de pesetas) lo que ya tendría que saber, que yo también soy autor, tal vez de segunda, pero autor, y que como tal merezco un respeto porque ayudo en buena medida a que se venda su producto.

¿Un ignorante?, desde luego, pero lo que estáis pensando, también. Eso sí, con el debido respeto.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº71, en la sección El Chupacabras, con fecha 21 de octubre de 2002.