jueves, 18 de junio de 2009

Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho


En esto de hablar semanalmente, o diariamente, en las listas, sobre temas que nos envuelven, tocan o rozan, ocurre que a veces se da por entendido que te estás refiriendo exclusivamente a algo sin que hayas tenido intención de hacerlo. La situación se da cada cierto tiempo: un colistero le dice a otro que si quería decir tal o cual cosa lo podía haber dicho y haberse dejado de circunloquios —a mí me ha pasado ya algunas veces—. Luego vienen la explicaciones más o menos convincentes del otro (mías), las exculpaciones o la reafirmación de lo dicho, y toda la sustancia suele perderse en el batiburillo de la conversación.

Y es que en el asunto de las alusiones nos parecemos mucho a las familias en las que hay varios hermanos o hermanas. Nos conocemos todos, nuestras andanzas, virtudes, ruindades y recuerdos se apelotonan a la espera de que en algún comentario se intuya que te estás refiriendo a aquella rencilla que surgió cuando llevabas pantalones cortos y peleabas a brazo partido por la posesión de los patines tras el reparto del botín de Reyes. El caso, decía más arriba, es que este tipo de situaciones son demasiado habituales en las listas como para no prestarles un mínimo de atención, y esta semana he caído en la cuenta de su posible raíz, por fin. Así las cosas he tratado de formular una base sobre la que poder aclarar la situación y he encontrado que pasa, también, algo muy similar a lo que ocurre cuando alguien habla de temas morales, que sin querer, todo el mundo entrevé referencias directas a la Derecha Política o a la Iglesia, y es que estos dos ámbitos (social y religioso) han buscado con ahínco el aglutinar a su alrededor la esencia de lo moral, muchas veces apropiándosela en exclusiva.

Cuando nos referimos a la moral y sus consecuencias (o responsabilidades) tocamos sin querer la fibra de quienes precisamente la enarbolan como garantía de su forma de ser. Luego viene que al que fuera Primer Ministro británico le han encontrado un parche cutre y mal cosido a su matrimonio, en un asuntillo que se trajo con una ministra titular de su gabinete; o que las inmoralidades resultan ser moneda común en todo el orbe, a manos de sacerdotes, políticos, maestros o policías; el sexo, el afán de poder o de dinero… siempre tocan para manchar a los mismos, a los que precisamente se pasan la vida pontificando a los demás que esas cosas que tanto les gustan a ellos son malas e inmorales para el resto de los mortales.

Mala cosa es izar una bandera que no se puede defender, pero peor me parece eso de que se sientan aludidos constantemente, o que alguno crea que les aludes, porque implica que además de pretender que traguemos con el doble rasero que se aplican, quieran, además, preservar su integridad intachable como si los demás fuéramos unos imbéciles.

Desde un púlpito o un estrado es muy sencillo hablar de lo divino y lo humano porque nadie te replica —no creo que haya mucha contestación a este respecto—. Manosear los contenidos, tergiversarlos, mentir a secas, es tremendamente fácil cuando no hay oposición, y es que a los que hablan de moral se les cae el tinglado en cuanto hay un mínimo de contraste o claridad, porque la claridad no conviene en absoluto a los que tratan de apropiarse de la Verdad (con mayúsculas) para comerciar con ella mientras se aleccionan y adoctrinan las actitudes serviles que les permitirán seguir manteniendo su integridad. Y me viene a la cabeza una frase de Noam Chomsky: «Nos hemos habituado tanto a vivir instalados en esa constante falacia que estamos perdiendo la capacidad de analizar lo que sucede desde los hechos y desde los datos de la realidad». Bueno es Chomsky para estas cosas.

En mi humilde opinión, en nuestro mundillo ocurre lo mismo, y lo digo sin resquemor ni segunda intención alguna. Se ha pontificado demasiado, se ha aleccionado en exceso, y que hay quien enarbola la palabra Rol como si fuera exclusivamente suya. Pasado el periodo de dominio intelectual, acabado el sarpullido de la conciencia clara y el pensamiento único —cuando los garantes de la fe utilizaban sin descanso términos como sentir general, opinión general o cualquier cosa con contenido generalista—, la realidad comienza a abrirse paso y a campar por sus respetos. Tímidamente, al principio, surgen las primeras disensiones, se tachan de herejías y asunto concluido. Pero hete aquí que surgen las segundas y terceras, aumentando la presión y desfaciendo entuertos, y los aficionados comienzan a ver atónitos cómo el velo del templo sagrado tiene más grietas y rotos que el cuartel general de Arafat. Se rebate entonces con descalificaciones públicas o privadas por ver si se menoscaba la integridad de los denunciantes y pierden peso.

Llegados aquí, desde mi punto de vista y en lo que me toca, lo sencillo sería dejar las cosas como están, no remover el terreno, callar y tirar para adelante porque no ganamos nada por este camino —me lo han recomendado muchas veces, no os creáis—… Pero es el caso que sin querer se vuelve a pontificar sobre lo que es rol o no lo es, lo que conviene al rol o no le conviene, etcétera. Y si te opones a las máximas estandarizadas te sueltan aquello de: ya estás con lo de siempre, tío, cambia de rollo o para que se te entienda necesitarías que el que te lee tenga conciencia de causa.

No señor. Si el que dice algo aporta datos por los que se siente aludido alguien, el problema es de ese alguien. Ni más ni menos. Cualquiera puede coger un manual de los que editan las compañías e irse a una imprenta a que le hagan un presupuesto de impresión. Lo mismo si quiere saber cuánto costaría la fotomecánica. ¿Quieres saber cuanto cuesta la maquetación de un libro? Pues te coges las páginas amarillas y llamas a cualquier empresa que se dedique a ello. ¿Precios de las traducciones, de las ilustraciones, etc.? Hay empresas y profesionales a porrillo que te dirán cuánto se cobra por folio o por tipo, por ilustración o por lo que sea.

Vamos, que en esto del tema de las alusiones creo que hay más tela que cortar en el terreno de los aludidos que en el de los que parecen aludir, porque es el caso que es muy fácil encontrar los datos necesarios y suficientes para saber lo que es cierto y lo que no lo es. Así y todo, si el que se da por aludido se ofende, me temo que habrá que valorar en qué medida la ofensa está sustentada en la propia verdad expuesta, o por contra, en la mentira desmantelada, y si éste es el caso, habrá que valorar también cuál es el interés del aludido en vivir rodeado de falsedades.

He pasado la tarde de ayer revisando las listas en fecha de un año atrás. Cualquiera de los argumentos planteados en aquel entonces, ahora tendrían en contra algunas opiniones bien sustentadas (sinceramente espero que fueran muchas, y no penséis que hablo sólo de mis contribuciones), que manejan datos defendibles y contrastables. Opiniones sobre tiradas gigantescas, calidad de papel, el color de los libros y su incidencia en la caída de algunas empresas, etc… —sólo en cuanto a edición, no voy a mencionar las barbaridades e incoherencias que he leído sobre distribución, porcentajes o carestías varias—, serían contestadas con mayor seriedad, y algunos flames se habrían quedado en simples chispas.

Se han soltado las lenguas en nuestras listas, creo que es evidente, y es que a veces suele ser muy productivo hacer bien la pregunta. Hace dos o tres semanas contesté públicamente a una persona que preguntaba por el asunto de los precios de un libro y si resulta más barato hacerlo en blanco y negro que a color. Por privado, cada cierto tiempo, alguien me pregunta por cómo se edita y qué hace falta hacer para comenzar. En la lista de uno de nuestros juegos he hablado un par de veces de lo mismo. Si esto ocurre es porque la gente quiere seguir sabiendo, y si esto molesta, sólo puedo decir que es problema del que se siente molesto porque se desvela lo que él no quería contar, y él sabrá por qué tiene ese interés, que en valorarlo no me voy a meter. Ya lo dije, pero creo que conviene repetirlo: el precio lo pone el editor y lo avala con la calidad que ofrece su producto. No hay más. Si convence al aficionado éste comprará de buen grado. Si no le convence, es lógico pensar que puede no comprar, o comprar pero agarrando un serio rebote.

Ahora bien, si la cuestión de las formas pasa porque hay que aceptar el trágala de que las cosas no pueden ser de otra forma por cuestiones de costos, diré públicamente o por privado que no es así. Si hay quien dice que las empresas de otra época se fueron al carajo por factores como los costes, seguiré diciendo que nones. Si alguien me dice que ahora mismo hay sobrecarga editorial (demasiada oferta para poca demanda), le pediré que analicemos juntos quién sobrecarga el mercado y por qué, porque a lo peor no estamos de acuerdo y hay quien vuelve a sentirse aludido.

¿Esto no es rol, y no interesa?, entonces ¿qué es rol, y qué interesa? Los que acostumbran a sentirse aludidos siempre, comienzan a rasgarse las vestiduras al grito de ¡anatema! en cuanto alguien contradice la tesis que ellos han impuesto, pero es que opinar es libre siempre que haya una buena base desde donde hacerlo, y además, dice el dicho popular que para gustos son los colores, y sospecho que será por algo. En las listas hay economistas y estudiantes de Económicas, abogados y estudiantes de Derecho, filólogos y estudiantes de Filología, universitarios, estudiantes de Secundaria o Bachillerato, amantes de los cómics, de la música, traductores, dibujantes, libreros, editores… ¿De qué quieren que hablemos los que se sienten aludidos siempre?

Es cierto que hablar de orcos y magos no lleva ningún peligro, pero es que somos personas intelectualmente sanas, con intereses variopintos y muchas veces con ganas de conocer más y mejor lo que nos traemos entre manos. Impuesta la perspectiva de que editar es muy caro, no nos debe extrañar que haya quien no se atreva a ponerse a ello. Impuesta la perspectiva de que estamos muy bien, tampoco nos debe extrañar que haya quien no quiera cambiar un ápice su forma de entender su profesionalidad. Impuesta la perspectiva de que este mundo es muy complejo (el de la edición, distribución y venta de Juegos de Rol), menos ha de extrañar, entonces, que al primero que se tercie se le tape la boca con un reguero de incongruencias que no se soportan; y así las cosas, las listas devienen en lugares muy tranquilos (como capillas durante un rosario), donde se habla de lo que hay que hablar, o sea, de nada que lesione a los que se sienten aludidos a las primeras de cambio, a los garantes de la llama, a los sumos sacerdotes del Oficio, a los que se creen que el Rol es sólo suyo.

No os sorprendáis, que no somos tan diferentes al resto del mundo, ya hablaré otro día de nuestra manía de mirarnos el ombligo.

Lo dicho, me temo que en esto, como en otras cosas: ¡Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho!

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº72, en la sección El Chupacabras, con fecha 28 de octubre de 2002.