miércoles, 3 de junio de 2009

El plagio


«Han encontrado un zulo en la sede de Ludotecnia». La verdad es que no me extrañaría que lo encontraran dado el lastimoso estado de revista en el que permanece nuestra editorial, pero a que la cosa del zulo lleva su aquél. Pues bien, gracias al uso y al abuso de esta palabreja del euskara por parte del periodismo, cualquiera que no sepa lo que realmente significa entendería que en nuestra sede se guardan desde armas a cachivaches varios, de los peligrosos. Pues bien, «zulo» es una palabra que determina un agujero excavado en el suelo, una oquedad donde los labriegos guardaban tradicionalmente la pitanza de las inclemencias del tiempo, o donde los pastores dejaban a buen recaudo algunos aperos sencillos con los que ayudarse cuando hacía falta.

Juego a rol, y qué si eso es peligroso… Mirar el diccionario no nos va a servir de nada, lo que imprime carácter a la palabra con la que denominamos nuestra afición es su sentido extendido. Está mancillado (de momento), y eso es lo que cuenta.

Lo prometido es deuda. Plagio es una de esas palabras que con el tiempo adquieren un significado que no le es propio, pero que ya no hay quien se lo quite. Basta echar un vistazo a un diccionario para darse cuenta de que no es sino vulgar copia de algo haciéndolo pasar por propio. Los sinónimos más comunes: fusilamiento, calco, copia, refrito... no hacen sino afianzar el contenido peyorativo que tiene en su origen, es decir, que el plagio es una copia vil, y el que hace plagio es un cutre que trata de dar gato por liebre.

Hasta donde he podido llegar (si me echáis una mano en este aspecto sería de agradecer), la acusación de plagiar algo creado por otro significaba menoscabar el orgullo del plagiador, vamos, que al supuesto plagiador se le dejaba a la altura del barro por mezquino en cuanto alguien se lo achacaba y demostraba. No había, por tanto, un interés en meterle entre rejas, sino en dejarle con el culo al aire, si me permitís la expresión. Como quiera que el periodismo moderno es capaz de barbaridades lingüísticas de todo tipo sin que se le arruguen las solapas, la palabra en cuestión ha venido a significar delito de copia —sin que la ley avale este término—, y sinónimo de delito contra la propiedad intelectual, porque queda más bonito decir que se celebra un juicio, o hay demanda, por plagio, que decir que lo que hay es un juicio por transformación indebida, o que la demanda en cuestión es por denominación incorrecta. Estamos, por tanto, ante una palabra que degradaba antes, y que acusa en la actualidad.

Por enfocar un poco el asunto, hay que decir que plagiar no es malo en sí; es una cutrez y queda la mar de mal visto —que en esto de la creatividad como el ascenso es muy rápido, en cuanto te pillan el descenso resulta vertiginoso; así y todo, hay quien aguanta el trompazo y hasta es modelo de portada—. Como en el caso que expuse la semana pasada al respecto de las fotocopias: la explotación del plagio es lo que es ilegal; es decir, que hace falta sacar un provecho económico para que la copia sea delito, lo que origina, por ejemplo, que le podamos recitar poemas compuestos por Miguel Hernández, García Lorca, Quevedo, etc., como si fueran de nuestro cuño, a esa persona que tanto estimamos y por la que somos capaces de decir que son nuestros, sin que nos pase nada (en lo legal, se entiende).

El uso privado de la copia barata está más extendido de lo que cabría imaginar, incluso conozco compañeros que a falta de imaginación se han currado unas magníficas reproducciones que habían visto en tal o cual libro. Bien es verdad que lo han hecho a mano, y eso es atenuante, pero no deja de ser una cosa que como poco puede producir bastante lástima.

En el aspecto público de la cosa es donde cabe hilar muy fino y diferenciar lo que supone copiar, de basarse en, homenajear a, rendir tributo a, extraer de, etc. Basta mirar un poco lo que tenemos cerca y a mano para entrever que hay mucho trabajo que se basa en otro trabajo, o que lo homenajea, o que ha extraído elementos para concretarse, y los ejemplos llenarían este html y otros más.

Cualquier disciplina científica o cultural, parte de la base de la apropiación por parte del educando de modelos básicos realizados por otros, hasta su absoluta asimilación. De esta asimilación deviene el uso posterior que se habrá de dar a lo aprendido, lo que no quita que partamos de. Así las cosas, si nos pusiéramos picajosos, todos seríamos unos plagiadores, en mayor o menor medida (estructuras semánticas, formas de concebir los espacios, formulaciones matemáticas, formas de realizar, etc.). Vamos, que no nos salvamos, porque la base de nuestra cultura está en el uso de lo que hicieron otros.

Ser creativo es complicado. Partir de una base reconocible y ser capaces de aportar algo que cambie el modelo establecido convirtiéndose en algo nuevo, la verdad es que está al alcance de muy pocos. A causa del reconocimiento debido a tamañas proezas, tendemos a ensalzar estas actitudes y a dignificarlas, y es aquí donde nace el respeto que tenemos ante lo que consideramos creativo, es decir, lo nuevo.


Lo que aprendí en la facultad de Bellas Artes me va a servir, por fin, para algo. Velázquez fue un genio no porque pintara caballos de maravilla, o porque sus escenas de palacio parezcan fotografías. No, se le considera genio porque fue un precursor de movimientos pictóricos mucho más posteriores (los planteamientos básicos del impresionismo y el cinetismo, por ejemplo, ya aparecen en algunos de sus cuadros). Su juego de espacios en Las Meninas, debería corresponder a un hombre que como poco debería haber vivido dos siglos después. Ahí está su grandeza y su magia, su creatividad y su genialidad. Si tomamos a Goya como ejemplo volvemos a lo mismo, es precursor del realismo y del expresionismo. Ambos ejemplos nutren y sirven de ejemplo a los movimientos que les suceden, pero ahí queda su trabajo. En sentido contrario tenemos, por tanto, homenajes serios a aquel trabajo. Picasso homenajea a Velázquez en algunos de sus cuadros; Bacon hace lo propio en algunos de los suyos, y otros tantos más que os ahorro el describir, hacen lo mismo. La historia del arte pictórico o escultórico está lleno de este tipo de circunstancias, de hecho, el Neoclasicismo existe como periodo gracias a que retoma elementos ya creados por griegos y romanos, claro que estos no entendían de derechos de autor.

Sobre literatura no ando tan puesto, así que me remito a un amable mensaje aparecido en la lista esta misma semana, y en la que se exponían de una forma muy esclarecedora las condicionantes atenuantes de lo que suponemos como plagio en la obra literaria.

Y es que lo de la autoría como garantía o certificado de creatividad, viene de muy reciente. La industrialización originó que cualquier cosa fuera susceptible de ser aprovechada económicamente —las ideas también—, y así las cosas hubo una creciente necesidad por acotar este afán de lucro desmesurado, surgiendo los primeros contratos de reconocimiento, en los que se hacía partícipe al autor literario del beneficio obtenido con su obra. Con los ilustradores ocurrió otro tanto, pero la legislación les tuvo en cuenta muchísimo más tarde. Antes llegaron las cosas de las marcas y las patentes, y mucho más tarde las del diseño. Aunque no os lo creáis, a los traductores se les ha reconocido su trabajo hace bien poquito. Sorprende cuando pides permiso para que te dejen utilizar un fragmento de una obra que no tiene derechos caídos (no existe responsable legal de ellos), y te dicen que ni saben ni recuerdan quién hizo la traducción. Y es que en España no se estilaba lo de poner traducción de, ilustraciones de o diseño de, hasta que se hizo normativo después de la dictadura, creo. Había quién traducía, cobraba por ello y punto. También había quien ilustraba y ni se molestaban en ponerle la firma.

Los EE.UU. nos han llevado un montón de años de ventaja en esto de preservar la integridad de la obra. Pero después de la era Reagan, cuando ya se había desmantelado la legislación antimonopolio y magnificado el sentido de los copyright de las grandes marcas para favorecer su incursión globalizadora, las actuaciones de estas han ido generando una jurisprudencia posterior que ha ido, poco a poco, permeando los diferentes substratos en los que se localizan los diferentes autores (por aquello de la iniciativa privada que tanto les gusta), con lo que ahora, la justicia americana tiene muchos y variopintos casos de defensa de los derechos de autor frente a plagios (supuestos o reales). De aquí viene nuestra sensibilización española al respecto, me temo.

Ya lo dije, pero cabe recordarlo. En 1996, y de la mano de Doña Carmen Alborch, en España se implanta la legislación sobre Propiedad Intelectual que disfrutamos. Según los que entienden, de las más avanzadas del mundo y muy restrictiva frente a los abusos, a decir verdad, dicen que demasiado.

El artículo de esta semana pretende ser un lugar de paso desde donde comenzar a entender este mundo complejo en el que es fácil confundir los conceptos a manejar. Sólo es eso. Básicamente podemos concluir por hoy que para que haya plagio (tal y como conocemos esta palabra a día de hoy) deben existir graves infracciones sobre la Transformación, Traslado y Denominación de una obra anterior, que tendrán como destino un uso especulativo sobre el resultado final. Evidentemente, nuestro mundo de ediciones de Juegos de Rol, como parte integrante del de la edición general, es una de las zonas sensibles a esto de trabajar con la creatividad con el debido respeto y en el marco legal.

Sin interés económico no hay infracción. Y para que exista deben concurrir una serie de circunstancias que pretendo ir desgranando en el artículo siguiente y aún el que puede seguirle, porque la verdad es que dispongo de abundante material de referencia. Pero como ya dije, refiriéndome a él en el artículo de la semana pasada, hay mucho de ignorancia en ello, y bastante menos de mala fe de lo que podría pensarse.

Desde la confianza en que todos hacemos lo posible para actuar legalmente, producimos y consumís, y es necesario recalcarlo antes de comenzar a profundizar en los múltiples aspectos que ofrece un supuesto plagio cuando lo analizas, o en aquellos otros que nos permitirán entrever una infracción en algo que aparentemente no lo es.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº70, en la sección El Chupacabras, con fecha 14 de octubre de 2002.