jueves, 13 de agosto de 2009

Yo toreo, los demás trabajan


Dentro de la literatura o los juegos —universos anexos a los que acostumbramos a acercarnos por formato y contenido—, soy de los que creen fervientemente que los Juegos de Rol suponen un punto y aparte a ellos, un género totalmente nuevo y ante el cual admito mi incapacidad de definición. En la literatura existe una función de comunicación que termina en cuanto se acaba y cierra el libro; en los juegos existe una propuesta lúdica articulada alrededor de un contexto y una normas (sencillas o complejas) que no admiten modificaciones sustanciales… En un Juego de Rol, el aficionado consuma la propuesta comunicativa, la enaltece o la empobrece, la transforma, trabaja con ella, la modifica…; en el aspecto jugable, lo mismo: el aficionado lo altera, lo completa, lo sustituye, convirtiendo el conjunto en otra cosa que ni es literatura ni es juego, y que, sin embargo, también es ambas cosas a la vez.

No me voy a poner a disertar sobre lo que son los Juegos de Rol: ni dispongo del espacio ni creo que sirviera de nada hacer el esfuerzo, porque estoy seguro de que me quedarían cosas por analizar o decir, y que aún haciéndolo quedaría mucha tela que cortar sobre un universo, relativamente nuevo, que todavía no ha encontrado una definición capaz de aglutinar a su alrededor todas y cada una de las opiniones que suscita.

A mi modo de ver, un JdR (básico o complemento) es una propuesta inicial en la que el autor aporta su visión y deja al aficionado una buena parte de su desarrollo posterior. Así las cosas, no es de extrañar que el aficionado se sienta juez y parte del Juego de Rol que utiliza, pues en esencia también pone su parte de autoría en el invento, y es aquí donde suele surgir un cierto conflicto y una cierta incomprensión a dos bandas en cuanto confluyen autores o editores, y aficionados, y como las listas son los lugares donde hay mayor trasiego de unos y otros, me apetecía tocar el asunto.

Vaya por delante que no creo en el rol de autor, o artístico (sobre el rol comprometido espero hablar otro día), porque siempre existe una previsible contribución del aficionado y ésta modifica la obra, lo que impide que la obra sea enteramente del autor, cosa que, cuando te pones a la faena, conviene tener bien presente. Tampoco creo en la autoridad del aficionado como usuario, porque su contribución puede atender a supuestos que no tienen por qué haber sido contemplados por el autor, y eso invalida una buena parte de los argumentos que se suelen utilizar, por no hablar de la disparidad que se suele observar en cuanto a horas de trabajo y experimentación sobre un mismo planteamiento de juego.

Todos conocemos las interminables discusiones sobre si un sistema de juego es adecuado o no lo es, o si el trasfondo podría haber llegado a un punto, o a otro, que si tal o cual historia es en exceso lineal, etc… la lista de ejemplos sería interminable pues interminable es la capacidad de aportar opiniones diferentes sobre un mismo tema y creo que lo sabemos todos, así que os ahorro unas cuantas líneas. No nos debe sorprender, por tanto, que ante tanto chorreo de visiones u opiniones, de vez en cuando surja alguna sentencia por parte de los autores o editores tratando de aplacar la verborrea del aficionado de turno, o alguna seria queja por parte de otro aficionado que se siente incomprendido, defraudado o ninguneado por la editorial o el autor responsable de su juego. ¿Debe un autor hacer caso a todo lo que dice la afición? ¿debe la afición tragar con todo lo que dice un autor...?

Me temo que sería demagógico atreverme a decir algo al respecto. Yo mismo me he visto envuelto en más de un dime y direte sobre este asunto y debo reconocer que si me he animado a escribir sobre ello es por evitar algún quebradero de cabeza venidero. Sobre gustos no hay nada escrito y desde luego no voy a ser yo quien lo escriba. Lo que sí puedo intentar es un acercamiento desde otra perspectiva por ver si nos sirve a todos para enfocar mejor nuestras quejas y defensas.

He utilizado para encabezar este artículo una frase, atribuida a Belmonte, con la que se desmarcaba de sus compañeros. «Yo toreo, los demás trabajan», sustantivaba su forma de entender y llevar a cabo el arte de Cúchares. Belmonte hacía arte, toreaba (el toreo es arte, dicen), el resto trabajaba faenando con los toros, bregando, pero no toreaban.

Tradicionalmente, en cuanto alguien despunta en algún campo en el que la habilidad manual o intelectual es parte y fundamento, se le define como artista. Para mí, eso que algunos ven como arte no es sino una forma de valorar la personalidad que se abre paso a través del currelo diario, mientras se admite el nivel de oficio conseguido. Y es que lo de adquirir oficio sí que tiene su tela. No puedo afirmar que Belmonte fuera o no un artista, lo que sí creo es que fue un hombre que imprimió su propio carácter al toreo, que al parecer tenía algo más que oficio, y que si hago caso a los que entienden, aquella forma de torear debió resultar única.

A lo que iba, que esto de ser autor, sin querer o queriendo, imprime un cierto respeto ante el personal y, por qué no decirlo, también mucha responsabilidad. Ser profesional —profesionalidad puede ser un término más apropiado para valorar este aspecto, aunque a veces se usa también sin ton ni son—, presupone una actitud responsable frente a la elaboración de una idea y su consecución, atendiendo normalmente a un valor tan prosaico como la rentabilidad. Yo mismo, cuando dibujo para otras editoriales, tengo que dar por zanjado el asunto aún a sabiendas de que podría conseguir más con más trabajo. Supone una putada, lo admito, pero ajustarme a un formato, a un precio, a un planteamiento editorial previo, son los elementos que me hacen profesional en lo que hago. Meter el freno en la creatividad a mi disposición me permite alcanzar la rentabilidad necesaria para que el editor y yo podamos cumplir nuestros respectivos cometidos sin que el lector se vea resentido por la calidad ofrecida. Dicho lo cual, parece sencillo admitir que para ser realmente profesional hay que dejar lo artístico de lado y, desde luego, saber dónde y cuándo hay que poner freno a la inercia creativa.

Empero, un aficionado no está sujeto a estas necesidades de rentabilidad. Compra un JdR y tratará por todos los medios de sacarle astillas. Ni el tiempo (horas analizando), ni la capacidad de experimentación (horas de playtesting perverso), ni el dinero (en documentación, en material comparativo, etc.), ni las necesidades editoriales que agobian al autor, supondrán freno alguno para alcanzar lo que quiere. Así las cosas, creo que el asunto queda muy descompensado.

De base, no creo que sea mejor un carpintero profesional que vive de ello (por poner un ejemplo), que un economista que hace sus pinitos con la madera y los clavos, o tirafondos, los fines de semana, a no ser que uno de los dos haga armarios como para enterrarlos con ellos en una tumba y sin previo aviso, que también los hay. La etiqueta de profesional, pienso, no otorga ni quita nada, porque lo que es indudable es que la calidad final es la que califica el trabajo, y hay que admitir que desde esa perspectiva hay trabajos realizados por aficionados que merecerían el apelativo de profesionales, y trabajos realizados por profesionales que merecen, como poco, mirar para otro lado, porque dudo mucho que un aficionado fuera capaz de llegar a ciertos niveles de acabado. También se me viene a la cabeza la mención de profesional que se da a la puta, pero no es cuestión de arañar más, tranquilos.

Pediría un poco de comprensión y paciencia sobre este aspecto de descompensación que existe entre profesionales y aficionados, porque su ausencia origina críticas abusivas o defensas férreas que nunca llevarán a ningún lado.

Bien es cierto que el autor o la editorial tienen la primera palabra, posiblemente la palabra más válida, pero no es menos cierto que el aficionado tiene la última, y no me refiero a su actitud de compra. Razonando ambas posturas, desde una correcta situación de unos y otros frente al debate, los juegos serán los que saldrán ganando, y creo que en el fondo se trata de eso.

Me viene a la cabeza algo que leí hace un tiempo. Un colistero argumentaba frente a una editorial que él era el cliente y que el trato correcto al cliente era uno de los supuestos básicos de la actividad empresarial del otro. Es cierto, no lo voy a negar, pero tendremos que admitir que las empresas, incluso editoriales, no acostumbran a poner al ingeniero de desarrollo de una lavadora o detergente frente a las quejas de la maruja de turno. No es que no pudiera ser posible, es que no llevaría a ningún sitio salvo a saturar al ingeniero e impedirle realizar correctamente su trabajo, porque cada maruja o marujo son un mundo y cada mundo un problema diferente.

Fuera de bromas. Del trato al cliente se suelen encargar departamentos asépticos que sirven de intermediaros entre los creadores y los usuarios, pero estamos hablando de listas de correo, de cercanía, de trato... y sería una pena que desaprovecháramos la posibilidad que nos ofrecen las listas roleras de compartir ideas y opiniones desde una óptica constructiva. Autores, editores y aficionados haciendo juegos.

Belmonte toreaba, yo trabajo.
 
Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº75, en la sección El Chupacabras, con fecha 17 de noviembre de 2002.