jueves, 3 de septiembre de 2009

De narraciones y enfados


En esta tarde de la festividad civil del día de la Constitución; mientras el chapapote anega las playas y futuro de toda Galicia, y ya arrienda maleficios en la costa asturiana, en la cántabra y en algunas playas de nuestro litoral vizcaíno, acumulando negros presagios; un par de días después, o tres, en que unos compatriotas míos nos han recordado a todos su manía por reclamar atención poniendo patas arriba un aparcamiento en Santander mediante el único lenguaje que conocen, me encuentro inmerso en una especie de melancolía vital a la que tal vez contribuyen la tarde lluviosa y hostil que hace afuera, la pipa caliente que reposa en mis labios y el calorcillo que me proporciona el calefactor que trabaja a mis espaldas. ¡Perra vida!

Gracias al cielo he cumplido con lo prescrito para toda persona en este mundo, y antes de cumplir la cincuentena (todavía me queda un buen trecho): he tenido un hijo con la ayuda inestimable y nunca bien reconocida de Cata (mi compañera de fatigas), he escrito un libro (en realidad varios) y he plantado un árbol que sigue en pie (el otro sucumbió ante el cortacésped de mi cuñado en un descuido). Además de estos y otros logros me halaga la vanidad el contar con un montón de buenos amigos y disfrutar de ellos. Espero que comprendáis entonces que puedo decir que podría irme tranquilo al otro barrio pero que no tengo ninguna prisa. Como creo que todavía me queda bastante cuerda y por mi talante sé perfectamente que venderé caro mi pellejo, la cosa se me plantea todavía lejana y el trayecto harto complicado y divertido, y lo digo más como constatación autocrítica que como aviso a navegantes, y también lo digo con el ánimo de limar un poco la aspereza que rodea mis comentarios y presencia en las listas.

No suelo enfadarme habitualmente, aunque reconozco que mis explosiones de vehemencia y verborrea más o menos agresiva pueden originar más de un equívoco a este respecto. Los que me frecuentan saben lo tranquilo que resulto, lo que no impide que, a veces, lo directo y claro de mis argumentos suenen a escopetazos. No muerdo, puedo jurarlo y creo que ya he dicho repetidas veces que me gusta discutir más que a un tonto una tiza, tal vez, sólo tal vez, porque en mi ambiente familiar la discusión era una disciplina a la que mis hermanos y yo nos aplicábamos con ahínco, y todavía hoy nos depara gratos momentos.

¿Adónde voy? Pues por ser sincero debo deciros que no tengo ni idea salvo que tengo intención de eliminar cierta punzada que siento al verme inmerso en una situación difícil de solucionar salvo que medie esta extensa parrafada a la que ya he dado inicio, y que tuvo su origen ayer, cuando alguien me tildó de escritor y al que contesté que no me siento escritor, para nada. Nada importante, como veis. El caso es que hoy, mi buen amigo y colega Juan Carlos Herreros me ha enmendado la plana con una argumentación objetiva a la que no puedo llevar la contraria, pero con la que no estoy en nada de acuerdo, y de esta situación creada ha surgido el aprovechamiento torticero de esta tarima prestada amablemente por The Freak Times para explicarme yo y aclarar este extraño contencioso que me tiene más desconcertado a mí que a vosotros. Espero sinceramente que sepáis perdonármelo y que de mis palabras saquéis, al menos, algo de provecho.

Antes bien, y dado el espíritu melancólico que me envuelve, me gustaría dejar constancia del profundo respeto que siento por Juan Carlos, porque un par de encontronazos listeros habidos con él pueden haber llevado a pensar todo lo contrario, y no hay tal, os lo aseguro. Juan Carlos me parece una persona íntegra y cabal, como profesional otro tanto. Admito admirar su empeño y forma de ver el mundo editorial y sus riesgos, y aunque difiero en su manera de abordarlos, no es menos cierto que esto no quita lo otro y quiero que conste públicamente para que haya, al menos, un recibo.

Soy plenamente consciente de que ser alguien en las listas (por mérito o sin él) conlleva una lectura radical de tus argumentos, sobre lo que sea. En el caso del manejo del concepto escritor ha surgido la polémica, pero he aquí que Juan Carlos tiene razón, un escritor es alguien que escribe, y no se puede decir lo contrario salvo explicando la perspectiva de quien niega tal atribución (mi caso).

Desde el enfoque planteado por Juan Carlos soy escritor, no puedo negarlo, otra cosa es que me sienta escritor y aquí es donde doy comienzo a mi particular película. El ser humano goza de una serie de capacidades innatas que desarrolla a lo largo de su vida con mayor o menor fortuna. Una de ellas es la expresión. No basta con querer decir algo, hay que aprender a decirlo, con los gestos, con la palabra… Por suerte para mí soy un individuo lo suficientemente inquieto como para tener muchas cosas que contar y muchas ganas de aprender a hacerlo lo más correctamente posible. Si bien mi capacidad oratoria se descubrió sola, mi capacidad expresiva a través de otros canales necesitó de un arduo aprendizaje.

Antes de continuar tengo que deciros que la capacidad para dibujar la tenemos todos de forma innata, desde que somos pequeños podemos hacerlo, en serio. Por desgracia nuestro programa educativo y cultural potencia la lateralidad cerebral izquierda, mejor dotada para la expresión lingüística, dejando de lado el manantial que yace en el lado derecho de nuestro cerebro, preparado para la denominada expresión gráfica o artística. Así las cosas, todos dejamos de saber dibujar (de expresarnos a través de la grafía artística o imaginativa) alrededor de los tres años, como dejamos de saber nadar a los seis meses o dejaríamos de saber hablar si ocurriera una circunstancia que nos impidiera hacerlo alrededor de los dos años. Esto que digo es fisiología, no es ninguna ida de olla, y viene a cuento porque siendo dibujante, sintiéndome dibujante, tampoco veo en ello algo excesivamente distintivo. He tenido suerte, mi lateralidad cerebral derecha se preservó convenientemente y pudo desarrollarse en un ambiente propicio (mi padre también es dibujante), y creo que merece la pena admitirlo.

Volviendo al hilo de lo que decía. Nuestra cultura prima la capacidad lingüística (lectura, escritura, habla) por encima de otras capacidades esenciales y de aquí que se nos haga necesario retomar aquello que ya sabíamos y olvidamos, para desarrollarlo o potenciarlo. Volvemos a aprender a nadar y podemos volver a aprender a dibujar. No me voy a extender porque podría llenar varios folios y no es plan, pero quiero concretar que con nuestra capacidad para expresarnos en forma escrita ocurre que si no se educa convenientemente, por mucha educación lingüística que recibamos, acaba colapsándose o se enquista en estado larvario a la espera de un redescubrimiento que a veces no llega. Este es mi caso.

Siempre he sido una máquina imaginativa con ganas de hacer partícipes a los que me rodeaban de mis ideas, pero el caso es que mi educación literaria dejó mucho que desear. Me estrellé una y mil veces con la gramática, la ortografía y los rudimentos de la lengua porque no supe atender a lo que me ofrecían, o no me lo supieron enseñar que para el caso da lo mismo. Odiaba los libros porque me obligaban a leer y no me enseñaron a disfrutarlos, hasta que comencé a encontrar en la lectura una aliada. Richard Bach, lo admito, primero fue Juan Salvador Gaviota y después El Principito de Saint Exúpery, y calzaba yo 18 años. Después vino la poesía de la mano de Whitman, Hernández, Lorca, Storni…, textos pequeños y fáciles, hasta que descubrí a Nietzsche (me tragué casi todos sus libros), Freud (otro tanto), etc… Exploraba, leía casi todo lo que caía en mis manos: literatura moderna, clásica, filosofía, narrativa, poesía… y comencé a redescubrir, en base a lo que absorbía, aquello que debí aprender y no hice.

Mis primeros pinitos en la materia los ejecuté con 21 años, cuando se me hizo necesario poner por escrito los guiones de cómic que ideaba para un amigo, después lo intenté con algunos relatos cortos que todavía andarán por casa. Tenía yo 26 años cuando acepté el encargo de mi primer artículo para la revista Mensajero y 28 cuando me metí de lleno en una biografía sobre Elcano para ilustrarla después (cosa que nunca he hecho).

A lo que voy, que yo he aprendido a escribir de oído, como otros aprenden a tocar la guitarra o el piano. Me falta la comprensión de la técnica (el solfeo) y la suplo con la apropiación indebida de fórmulas que he visto en otros, y así he aprendido a modular mis escritos, a confeccionarlos, a crearme un estilo propio. Y esto me lleva a decir que no es falsa modestia admitir que soy un intruso, que no es falsa humildad admitir mis carencias y que no considero un error decir lo que siento como verdad.

En este mundo lleno de categorías que nos encajonan o describen, creo necesario hacer un esfuerzo por reclamar el espacio propio y más adecuado para esa nuestra descripción íntima, y en modo alguno escritor me define. Soy un narrador, un contador, siempre lo he sido, y el caudal de ideas que surgen de mi interior se ha abierto paso a través de diferentes disciplinas: la gráfica como dibujante, la oratoria y gesticulante como contador, y la literatura como narrador.

No hay trampa ni cartón. El respeto hacia quien van dirigidas mis ideas me ha llevado a aprender los rudimentos necesarios para hacer que éstas le lleguen con la mayor claridad posible. Si bien en el aspecto gráfico, mi técnica y recursos se funden con la idea original y a veces llegan a parecer uno, en el caso de la escritura soy consciente de que me falta mucho terreno por recorrer, y eso me lleva a eludir la categoría de escritor y a emboscarme en la de narrador, porque es eso lo que me siento.

Cuando escribo me puede la idea y si acierto en encontrar la plasticidad o el tono, o el tempo, es por pura chiripa o porque el oficio que llevo a mis espaldas me saca las castañas del fuego. Conozco a escritores y sé cómo trabajan, como se organizan y cómo abordan los resultados previsibles, y sé que no soy como ellos.

Y no, no me enfado, en serio, ni cuando me llaman escritor ni cuando me niegan ser narrador porque soy ilustrador… Si yo os contara.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº77, en la sección El Chupacabras, con fecha 16 de diciembre de 2002.