jueves, 28 de mayo de 2009

Los Angeles Confidential


Hace muy poco hemos retomado con renovada virulencia el tan traído y llevado asunto de las fotocopias y su incidencia en el mercado de Juegos de Rol. Adjetivos como ilegal, inmoral, ladrones, o términos como robo, han surgido para amenizar el cotarro, y me apetecía tocarlo hoy.

Mi primera gran sorpresa aparece al constatar que hasta hace bien poco este pormenor no tenía la importancia que al parecer se le atribuye ahora, y ocurre que hasta 1996 disponíamos de una legislación que permitía hacer cualquier cosa con una obra, las fotocopiadoras otro tanto, y encima era tremendamente barato (situación inversa a lo ocurrido con los CDs)… y entonces no había, ni se hablaba, de lesión alguna para la producción de Juegos de Rol. A partir de esa fecha contamos con una Ley de la Propiedad Intelectual (1/1996 de 12 de abril) de las más avanzadas del mundo, muy protectora del autor, que ha originado la casi total imposibilidad de hacer copias en los locales dedicados a ello, con un encarecimiento considerable del material resultante. Pero ahora sí, ahora parece que la cosa lleva mucho peligro.

La ley (disponible en Internet), en su Título III (Duración, límites y salvaguardia de otras disposiciones legales), Capítulo 1º (Duración), Artículo 31 (Reproducción sin autorización) dice: «1. Las obras ya divulgadas podrán reproducirse sin autorización del autor y sin perjuicio en lo pertinente, de lo dispuesto en el artículo 34 de esta Ley, en los siguientes casos (el segundo es el que nos interesa): 2.º Para uso privado del copista, sin perjuicio de lo dispuesto en los artículos 25 y 99.a) de esta Ley, y siempre que la copia no sea objeto de utilización colectiva ni lucrativa.»

Y en el Artículo 40 bis (Disposición común a todas las del presente capítulo) dice: «Los artículos del presente capítulo no podrán interpretarse de manera tal que permitan su aplicación de forma que causen un perjuicio injustificado a los intereses legítimos del autor o que vayan en detrimento de la explotación normal de las obras a que se refieran.»

Es decir, que hacer fotocopias para uso particular no es ilícito. Otro cantar es cuando se hace una fotocopia o reproducción que se pone a disposición de una colectividad (clubes, redes de aficionados, Internet, etc.), o por la que se saca un rendimiento lucrativo del tipo que sea (publicidad, dinero, etc.), sin contar con el correspondiente permiso escrito, en cuyo caso existiría un delito. Porque explotación es la palabra clave, y no lo digo yo (no llego a tanto), sino que me lo ha explicado quien sí sabe de ello, mi abogado —que en esto de la defensa de los derechos de uno hay que contar con auténticos especialistas—.

La cosa parece que va de penalizar el abuso. Esto quiere decir que la L.P.I. contempla la posibilidad de que alguien fotocopie o reproduzca para su uso personal, siempre y cuando quede demostrado que no se trata de obtener ventaja de ningún tipo con ello. Ni el propietario del libro ni el copista (si son personas diferentes o si son la misma, porque la L.P.I no hace distinción entre ambos) pueden utilizar la copia colectiva o lucrativamente, porque la Ley trata de amparar los derechos del autor frente a una corriente que genere beneficio colectivo (redes) o lucrativo (alquiler o venta) que quede fuera de su esfera de influencia (derecho moral y derecho legal sobre la obra).

Para evitar los abusos, precisamente, en la mayoría (por no decir totalidad) de fotocopisterías se avisa de que si haces una fotocopia de un libro, la haces bajo tu estricta responsabilidad (serías el copista), porque ellos no deben hacerlo (si lo hicieran sacarían beneficio económico por ello). C.E.D.R.O. (Centro Español de Derechos Reprográficos), la entidad española que vela por el cumplimiento de estas cosas, nos aclara este aspecto en su web (www.cedro.org) al publicitar varias sentencias firmes de las que tomo sólo un ejemplo:

«En la sentencia se rechaza que esta práctica se pueda enmarcar en el ámbito de la copia privada, que permite reproducir sin autorización del autor las obras ya divulgadas para uso privado del copista y siempre que la reproducción no sea objeto de utilización colectiva ni lucrativa», y añade que: [...] es evidente que aún en el caso de que la obtención de copias de una obra impresa por encargo del cliente se hiciera contando con que fueran para su uso particular, la norma citada (por la copia privada) ampararía la actuación de dicho cliente, pero no la llevada a cabo por el acusado en el desarrollo de una actividad empresarial —como no puede ser de otro modo— por la obtención de un beneficio económico [...}»

Como quiera que todavía no hay nadie que te ofrece por la calle las últimas novedades de JdRs en formato fotocopiado dispuestas sobre una manta o alfombra; o que en el interior de una tienda ningún librero te pone sobre el mostrador el libro editado por tal o cual editorial, y una copia mucho más barata (con los cartuchos de tinta ocurre), creo que no podemos hablar de industria paralela o ilegal de reproducción de libros de rol, mucho menos de competencia firme.

Bien es cierto que existen lugares (Internet) donde ocurre que se ponen a disposición del público obras, o partes de obras, en versión PDF, al parecer no consentidas (si las copias no cuentan con el correspondiente consentimiento, serían ilegales), porque de serlo tampoco habría nada malo en ello. Lo que sí me parece que es necesario hacer es concienciar al aficionado de que una actitud permisiva o relajada es contraproducente para todos, pero desde luego que no podemos decir nunca que el consumidor de este tipo de productos esté cometiendo un delito; puede estar contribuyendo al asentamiento de una forma delictiva de hacer, pero no es un delincuente.

Así las cosas, deberíamos admitir que algunos comentarios vertidos con motivo de la discusión se sacaron de sus límites razonables, en particular aquellos que trataban de machacar al fotocopiador (extensivo al consumidor de PDFs) por el hecho de serlo, dado que la ley y su aplicación judicial parecen ser bastante claras al respecto.

Sobre el supuesto robo me gustaría decir que si la Ley no contempla la actividad particular como tal, no hay más que hablar salvo en el aspecto moral del asunto, y ahora viene la madre del cordero, porque en lo referente a lo inmoral del tema, la cosa adquiere ribetes complicados de analizar. Todos sabemos que un banco puede embargar el piso de un parado que no puede pagar la hipoteca, haciendo uso de la legalidad, pero no nos parece muy moral que digamos. Es decir, que lo legal y lo inmoral no tienen por qué significar lo mismo. En cuanto al valor de inmoralidad como colaboradores que se trataba de atribuir a los fotocopiadores, habría que hilar muy fino, porque puestos así se nos haría necesario atender a todas las formas en que un consumidor puede colaborar en un acto ilegal y convertirse por tanto en un colaborador y un inmoral sin ser consciente de ello.

Por ejemplo, en un saldo de libros que no dispone de la pertinente aprobación editorial (ilegal por tanto) el material puede llegar a manos del consumidor que lo compra sin que éste tenga conocimiento. Su actitud beneficia al delincuente (sea librero o distribuidor) y perjudica al editor, pero tacharle de inmoral o colaborador me parece un poco excesivo.

Un libro puede haber sido confeccionado sin contar con los correspondientes contratos y saltándose a la torera los derechos de los autores que intervienen. Comprarlo no nos convierte en delincuentes, ni en colaboradores de delincuentes (el editor sí lo sería), y desde luego que tampoco en ladrones o en inmorales.

Un libro puede contar con los correspondientes contratos, pero que se incumplen en determinados aspectos por desconocimiento o por mala fe del editor. Sinceramente no creo que comprarlo nos convierta en nada extraordinario como consumidores. Y es que en esto de los contratos no es lo mismo disponer de todos los Derechos de Explotación (Reproducción, Transformación y Traslado), que sólo disponer del de Reproducción.

En el caso de las traducciones, la obra final suele contemplarse desde la óptica de la Reproducción, pero no es así. La traducción del texto es una Transformación (origina una obra diferente), pero si la cesión de los derechos sobre las imágenes no contemplan la Transformación, cualquier paso a blanco y negro de una imagen a color sería ilegal, así como cualquier eliminación frente al original. Si una imagen compuesta para un libro aparece en otro, estaríamos ante el ejercicio de un Traslado, y si no cuenta con el pertinente consentimiento del autor, sería ilegal. Otro tanto con una imagen interior que pasa a ser portada sin consentimiento. Lo relativo a Tranformaciones y Traslados aparece contemplado en nuestra L.P.I. (Artículos 17 y 21), y por lo tanto quedan protegidos por ella.

Un libro que en su traducción aparece con diferente formato (en dos o tres volúmenes, o con diferente tamaño, o que cambia la maquetación interior, partes del texto, imágenes, etc...), debe contar con todos los Derechos de Explotación si quiere salir a la calle de forma legal; pero saber esto no está al alcance del consumidor (parece mentira, pero hay muchos editores que también lo desconocen, y no me refiero al mundo del rol sino al de la edición general), y por lo tanto su compra no le convierte en nada, porque lo cierto es que damos por sentado, siempre, que todo el mundo cumple lo exigido por la Ley, o trata de cumplirlo, y en esa confianza consumimos.

Hablaba más arriba de concienciar, y eso es lo más positivo de este asunto, porque poco a poco nos vamos concienciando de lo que llevamos entre manos, y eso es siempre bueno. Tenemos que ser conscientes de lo que consumimos, y sus repercusiones legales y morales, y si no lo tenemos claro lo mejor que podemos hacer es dejar de comprar o fotocopiar si queremos ir por la vida de morales. Pero no me parece conveniente que anatemicemos al primero que pasa cuando encima está haciendo algo legal.

Hoy por hoy no creo que las fotocopias que realizan algunos aficionados lesionen los intereses del mercado. Soy tremendamente sincero en este aspecto. Por un lado entiendo que cuando el material no está disponible (por agotamiento de producto, por problemas de distribución o por insuficiente producción frente a la demanda) el aficionado tire de fotocopiar el manual del compañero para jugar o leer. También conozco a alguno que se gasta lo que no tiene en fotocopiar por el sólo hecho de hacerlo, pero creo que son muy pocos con respecto al consumidor responsable que prefiere comprar el original y dejarse de zarandajas.

Si hacemos extensivo lo que ocurre en otros ámbitos, estoy con los que opinan que la fotocopia favorece ahora el asentamiento de la actividad y que en cierto modo puede ayudar a lanzarla al ampliar el mercado objetivo, aunque prefiero ser precavido y proclamar abiertamente que hay que tener mucho cuidado con ello, que las fotocopias también las carga el diablo.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº69, en la sección El Chupacabras, con fecha 7 de octubre de 2002.

martes, 26 de mayo de 2009

De pertos y ex-pertos


Ha sido una pena no haberlo encontrado, porque aquella pequeña historia dibujada en blanco y negro en la que trato de basar la entrada de esta semana, merecía un monumento, en serio. En clave irónica desgranaba algunas situaciones cotidianas que rodeaban las vidas de papel de los monigotes que pululaban entre sus viñetas, y lo extraño (tal vez no) es que lamentablemente nos envuelven, a nosotros, todavía hoy —tal vez seamos simples monigotes, quién sabe—.

Estamos más que acostumbrados, pero viví la época del cambio de denominaciones. Antes, un decorador era un decorador, ahora todos sabemos que es un arquitecto de interiores o un ingeniero de espacios; cuando parecía que quedaba claro que un cocinero era precisamente un cocinero, surgió lo de restaurador, y los auténticos restauradores se han visto obligados a amplificar la denominación de su profesión para evitar equívocos (restaurador de obras de arte, de muebles, etc.); un modisto era eso, un modisto, y posiblemente a Balenciaga le hubiera dado un tantarantán de haber sabido que diseñaba, o que algunos, al referirse a él, lo llaman arquitecto de alta costura. Hoy, cualquiera con un cursillo de aplicaciones gráficas por ordenador es considerado un diseñador¡si Munari levantara la cabeza!—. Tengo un colega diseñador (de los que organizan espacios gráficos) que en su tarjeta de visita se denomina arquitecto gráfico —¡oh, Dios!, todavía me da vueltas la cabeza de sólo recordarlo—, y es que la denominación de arquitecto implica un no sé qué que lo hace muy apetecible. Lo curioso es que a Hitler, cuando lo botaron de la Academia de las Artes por pintor y artista insuficiente, le recomendaron que hiciera Arquitectura… Claro que corrían otros tiempos.

A lo que iba. Hoy en día el que más o el que menos se pone a dar una charla y ya se puede considerar ponente como si hubiera intervenido en un congreso… Lo que me lleva a pensar que esto del juego de la grandilocuencias es el cuento de nunca acabar, y encima parece no tener más límite que la imaginación. La fabulación a la que me refería más arriba describía y criticaba esta actitud usurpadora de saberes o titulitis, y es que los ex-pertos —una suerte de casta diferenciada, con conciencia de clase, que en base al prefijo ex- se separaban de los pobres y vulgares pertos (el común de los mortales), trascendiéndolos, dejándolos atrás, como a vulgares parias—, eran los auténticos protagonistas del cómic.

La cosa parece venir de lejos, y no me refiero a la historieta, que como poco es de la segunda mitad de la década de los ochenta, sino a lo de la titulitis, porque si mal no recuerdo el propio Quevedo ya dijo aquello de: «Ni al necio le sienta bien el artificio, ni al príncipe la mentira.»

Bueno, siendo sincero tengo que admitir previamente que me considero un perto, porque serlo tiene sus ventajas y es mucho más cómodo: te permite pasar por la vida con mucha mayor tranquilidad, sin la necesidad apremiante de acaparar títulos académicos, conocimientos o ventajas que sustantivan la existencia de los ex-pertos, y que les sirven, siempre, para echárselas encima a quien se pone por delante, a las primeras de cambio, por aquello de marcar las distancias.

Bien es cierto que ante ciertos asuntos se hace necesario que un experto (de los auténticos —que haberlos, haylos—, de los que saben por disponer de una experiencia sobrada que les avala) te saque de dudas o te aclare tal o cual cosa, y es en este momento cuando hay que andarse con mucho cuidado para que no te den gato por liebre. Como buena parte del caudal informativo al que tenemos acceso está aquí, en las listas de aficionados en Internet, es precisamente en este lugar donde percibo una notable abundancia de individuos que encajan a la perfección con el término ex-perto —según valoración propia y muestreo subjetivo—, y me parecía que podía hacer falta un pequeño ejercicio de crítica encaminada a separar el grano de la paja, porque me asusta cuando alguno de estos tipejos surge y te lanza su título académico a la cabeza intentando callarte la boca sin mejores argumentos.

Mi licenciatura en Bellas Artes por la especialidad de Grabado da para bastante poco en esto del rol, salvo para opinar de cuatro cosas, y claro, así las cosas, en esto de hacer cajitas para que quepan cosas etiquetadas, los ex-pertos llevan ventaja. Ellos pueden hablar porque son, y los demás no, así que a callar. Por ejemplo, un típico ex-perto filólogo (filología inglesa, sin ir más lejos), se cree que puede hablar de una traducción con aparente conciencia de causa (mucho decir en algunos casos), y con ello tapa la boca a quien se tercie; pero no se queda ahí la cosa, no, ¡qué va!, tira de la manta y habla de cualquier otra cosa con igual categoría y dogmatismo, y el asunto es que haciendo caso a su propio esquema de valores deberíamos solicitarle el título en Ciencias Exactas si pretende imponer su opinión sobre un reglamento, o una licenciatura en Bellas Artes por la especialidad de Diseño Gráfico, si pretende imponer su criterio sobre el diseño de un libro, o por la especialidad de Pintura o Ilustración (no sé siquiera si existe) si lo que intenta es opinar seriamente sobre los dibujos que decoran un libro…

No hay tu tía, por este camino no llegamos a ningún sitio. Esto de los dogmatismos y pontificaciones ex-pertas más parece una cuestión de fe: o la tienes o no la tienes, pero en ambos casos la sustancia de lo creíble permanece inalterable. Lo que sí que es cierto es que todos conocemos a muchos graduados que llevan bajo el sobaco su título como podrían llevar un chusco de pan —tal es el caso que a veces parece que los regalan—, y me temo que una licenciatura sólo sirve de algo si la desarrollas convenientemente y eso ocurre siempre con mucho tiempo por delante. Nada, que no hay arreglo.

Otra de las fórmulas a las que recurren los ex-pertos para afianzar su posición en las listas, es a autoproclamarse autores aunque sean simples traductores, y es que se da el caso abundante de que hoy cualquiera se siente autor de algo porque ofrece rango de ex-perto a todos los efectos, y ésa es una guinda que no se puede dejar pasar.

Autor, autor, lo que se dice autor, sólo lo son los que crean el texto, la idea, el diseño o los dibujos (en el caso de material impreso). La traducción forma parte del manipulado de las ideas de los auténticos autores, aunque nuestra Ley de Propiedad Intelectual preserve los derechos ineludibles de los traductores como realizadores y propietarios de su trabajo de traducción. Tenemos por tanto dos niveles de autoría, la propia e inherente a la creación de una idea que sirve de soporte a algo, y la que implica una manipulación concreta de la anterior y que es susceptible de ser apropiada por otro (aquí entra a saco la L.P.I.), porque nadie en su sano juicio llamaría autor al maquetador de un libro traducido que se ciñe al original (ni siquiera nuestra L.P.I. lo contempla), o al maquinista de la imprenta que también pone su aquél. Aquí y en Tombuctú, un traductor es un autor de segunda clase (con todos mis respetos y sin ánimo de ofensa), de hecho en la obra traducida cobran los dos, el autor y el traductor.

Creo que hay, por tanto, un problema de actitudes mal asumidas y peor enfocadas, porque para ser sincero tengo que admitir que se me queda la boca abierta ante una buena exposición descriptiva bien asentada, o una crítica razonada que destila experiencia, que también aparecen en nuestras listas, pero lo más cachondo del caso es que sus propietarios parecen pertos con ideas claras que no tratan de imponer nada. Sí, creo que en el fondo es una cuestión de estilo.

Volviendo a los pertos y a los expertos con que comenzaba. Una conversación entre pertos adquiere una forma dinámica, juguetona, en donde cada frase toma una importancia tal vez no buscada pero que funciona y divierte. Puede haber diferentes niveles de opinión, de sabiduría, de experiencia, pero el caso es que se resuelven enigmas indescifrables con absoluta normalidad y a poco que se apriete el pedal, dos pertos son per-fec-tamente capaces de arreglar los problemas del mundo en un pispás. No os cuento si hay más, porque cuando se juntan varios —los pertos ganan por goleada en este aspecto, saben convivir— no hay problemas salvo que alguno enfatice una actitud de pseudoex-perto (carece de titulación apropiada o no va de autor, y por lo tanto no puede ser considerado como tal ni por asomo) que siempre suele mal vista y reprimida en cuanto despunta, porque los pertos pueden ser pertos pero no idiotas.

Sin embargo, cuando hay un ex-perto de estirpe cerca, la conversación se vuelve dialéctica, si no un monólogo imparable. Ver enfrentados a dos ex-pertos —rara vez se ven más de dos juntos— es todo un espectáculo de luces, fuegos y artificios visuales: inflan los pechos, levantan las colas y despliegan el plumaje oratorio en un intento intimidatorio ante quien consideran agresor, ¡hasta ahí podía llegar la cosa! —el ex-perto es un tipo con un arraigado sentido de la propiedad y del territorio, y tolera mal la incursión de otro como él en su zona de dominio, o la presencia de pertos díscolos y ruines que no entienden de distancias—.

Si las primeras señales no surten efecto, el ex-perto que se sabe en posesión de la verdad —suelen serlo todos— comienza las agresiones verbales hasta que el más débil se retira o sucumbe ante el chorreo de palabras o la elevación de tono. Lo cierto es que nunca encontraremos un ex-perto que admita la derrota, les pasa como a los políticos, que siempre encuentran la forma de justificar su victoria. Lo llevan escrito en el casco de kevlar, y supongo que también lo llevan grabado a fuego en el alma: nacido para vencer.

El ex-perto de raza, que tiene título o se las da de autor (o tiene título y se considera autor, con lo que su importancia táctica es mucho mayor y resulta todavía más dogmático), se hace notar siempre, y aquí está el quid de la cuestión, la diferencia esencial: el perto gusta de pasar desapercibido, y el ex-perto vive para ser visto. Así las cosas, los ex-pertos suelen resultar tipos tremendamente peligrosos; no es que te vayan a matar ni nada por el estilo, no, es simplemente que no saben estar solos, y como tampoco les gusta la convivencia con otros de su clase (ya lo hemos mencionado), suelen buscar a pertos indefensos (solitarios o agrupados) a quienes dan la vara sin compasión para hacerse notar o dejarse ver.

Cuando eres un perto, lo mejor que puedes hacer ante la presencia de un ex-perto es callarte o emprender la huida, siempre, no vaya a ser que tu autoestima se lesione todavía más después del primer encontronazo. No es cobardía, es simple sentido de la supervivencia. Porque al ex-perto le suelen rodear pertos descastados que encierran secretas intenciones de llegar a ser ex-pertos algún día, que valoran las dotes y el estatus de su líder, lo halagan, lo envidian y se agrupan a su alrededor como una horda de orcos dispuestos a cualquier cosa con tal de rebañar unas migajas de gloria o superar un par de peldaños en su inminente emergencia, y estos son los que se ceban con tus despojos si no te has cuidado la espalda.

¡Ay, Dios! Vértelas con un ex-perto y sus huestes adeptas es peor que enfrentarte al mismísimo Saurón (el Cielo le tenga en su gloria).

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº68, inaugurando la sección El Chupacabras, con fecha 30 de septiembre de 2002.

A por la medalla de bronce


Creo que era Sigmund Freud quien decía que hay dos formas de sentir calor en una cama, una es permanecer bien abrigado en ella con la ayuda de suficientes mantas o una estufa, la otra es sacar la pierna por debajo de la única manta a nuestra disposición en una habitación sin estufa, para sentir el frío exterior, volviéndola a meter dentro para notar momentáneamente calor mientras decidimos repetir la operación. La primera supone una situación plena de bienestar, la segunda, una de bienestar puntual. Freud hablaba de emociones y ya las distinguía como satisfechas e insatisfechas. Las emociones satisfechas ofrecen estabilidad emocional, las insatisfechas sólo producen quebraderos de cabeza, nunca mejor dicho. Buscar la satisfacción plena exige tener clara la necesidad que la origina, en el caso descrito sería tener conciencia de que hace un frío de mil demonios y optar por encender la estufa y coger las mantas para evitarlo, o conformarse sin estufa y con una sola manta y prepararse para aguantar como se pueda.

De tanto en tanto sigo leyendo que se vende de una forma razonable, que las expectativas son muy buenas y que el producto rolero no es que sea caro sino que los hay más caros… Bueno, no voy a llevar la contraria a nadie, sólo quiero aportar mi pequeño granito de arena a esto de alcanzar una perspectiva que permita ver las cosas mejor, no sé, al final lo mismo cambio de engranaje y me pongo a dar saltos de alegría.

Ante el consumo de material rolero he advertido en todo este tiempo dos actitudes bien claras: la pasiva, que se ocupa de disfrutar de lo que se le ofrece y no pretende otra cosa; y la comprometida, que a la postre trata de analizar lo que sucede y saca conclusiones y todo eso, mientras consume tratando de crearse una opinión formada. Nada que decir al respecto. Mi experiencia y la de algunos colegas y amigos a los que he pedido opinión, me dice que la actitud comprometida siempre surge después de la actitud pasiva o puramente consumista, y que rara vez ocurre lo contrario. Primero se compra y luego se comienza a valorar, a comparar, a indagar y a intentar aportar algo desde una opinión fundamentada. Los pasivos que fueron comprometidos siguen comprometidos pero desde el otro lado: pasando, pero con opinión formada. Todos mis respetos.

Dicho lo cual, podemos dar un margen de tres años para que un inicialmente pasivo se convierta en un comprometido con opinión propia, o decida ser pasivo el resto de sus días (si queréis le damos dos años, pero creo sinceramente que en dos años no da tiempo material para cotejar todo lo que hay, así que si me lo permitís prefiero el margen de tres años, que aunque exiguo me parece válido y oportuno).

Cada uno de nosotros somos un mundo aparte, y extrapolar márgenes de edades para adquirir compromisos serios u opiniones formadas como consumidores, es harto arriesgado, pero lo voy a hacer. Digamos por tanto que un aficionado a los Juegos de Rol puede adquirir un rango de compromiso y opinión formada alrededor de los 17-20 años (espero un buen margen de confianza por vuestra parte), momento en que la experiencia adquirida puede ser madurada convenientemente y dispone de los mecanismos suficientes como para que su opinión sea realmente válida.

A quien tiene ahora esa edad, lo que yo puedo contar no le va a servir ni para pipas, la verdad es que puede serle totalmente indescifrable; lo asumo plenamente, no hay problema, en serio. Llegaron a esto de Rol cuando la denominada época dorada había tocado a su fin, y si bien han podido experimentar los productos que se produjeron en aquel entonces, los han visto desde una perspectiva diametralmente diferente a los que los consumieron cuando salieron.

Para los que se mueven ahora alrededor de los 25 (año más, año menos), la cosa puede empezar a sonarles, y desde mi esquema podemos admitir que sólo tiene valor para el periodo posterior al 96-97 (momento de la gran crisis en la que jamás creí), es decir que vivieron los estertores de la época dorada y asistieron en primera persona al alumbramiento de lo que ahora se denomina época plateada, con su gran repunte de 1999.

Los que tienen alrededor de 30 años, o más, pueden entenderme, aunque puedan estar en contra de lo que digo o tener diferentes perspectivas sobre lo mismo. Han experimentado todos los periodos, todos vimos el despegue inicial del rol español durante el periodo 92-94, su caída en el 95-97, y el movimiento que siguió después.

¿Y qué importancia tiene esto de las edades? Creo que la tiene, como espero que podáis ver.

Después de la crisis, desaparecieron bastantes tiendas que han sido sustituidas por nuevas, y según los que saben de esto, la edad de los nuevos libreros ronda más los 25 que los 30 (los dependientes parece que rondan más los 20 que los 25). Es decir, que una buena parte de nuestro tejido minorista se compone por gente que sólo ha catado la segunda época descrita aquí, y sólo maneja referencias de la anterior.

En las listas de correo que nos agrupan tenemos un esquema de edades parecido (la mayoría se crearon después de 1998), y desde luego los más habladores se cierran en banda alrededor de los 25, lo que me lleva de nuevo a concretar que sólo tienen una experiencia de la historia del rol en España circunscrita al periodo posterior al 95-96, y que hablan de la anterior sólo por referencias.

Dicho esto, tengo que afirmar que para el grueso de la afición, el bebedero de donde sacar información sobre lo que se mueve o no se mueve, sobre las formas y maneras, sobre lo bueno o lo malo, es mayoritariamente un grupo de barbudos con opinión formada que recién acaban de estrenar barba, cuando no son simples barbilampiños. Y lo digo con el más absoluto de los respetos.

Entre 1996 y 1998 ocurrieron pocas cosas en la edición de juegos españoles. Bueno, ocurrieron pocas cosas buenas, porque habían desaparecido ya muchas editoriales, y parecía que no había capacidad de sustitución. Entre 1997 y 1998 la cosa fue todavía peor…

No me extraña entonces, que los que han vivido esta historia con los ojos abiertos desde el 96, y que se han forjado como aficionados comprometidos a partir de ahí, perciban la cosa del rol español como un auténtico despegue a partir de 1999 (yo también lo haría), y que por tanto estén plenamente convencidos de que vivimos ahora una época plateada (si yo estuviera en este caso también pensaría igual, tengo que admitirlo).

Lo mismo que he comentado vale para los que acaban de llegar: ven que tenemos una industria nacional que más o menos aguanta (a pesar de ser reciente) y que se defiende bien porque nadie va a vender como el D&D, y creen que esto está bien porque no hay referentes con qué comparar.

Para evitar precisamente estas apreciaciones temporales que pueden parecer demasiado subjetivas y radicales, dije hace bastante tiempo que convendría que se hiciera, desde los que pueden hacerlo, un repaso de actos y actitudes de todos los periodos pasados. Sería una buena forma de enmarcar la situación actual, de darle un contenido histórico, que como ya advertía está a nuestra disposición sin que nadie se haya molestado en repasarlo, y por esto mismo comentaba que seguimos apalancados en la amnesia más o menos colectiva.

La amnesia no es buena, pero no se puede luchar contra ella callando. Ahora bien, creo sinceramente que hay que correr algunos riesgos y tomarnos la molestia de empezar a romper la barrera que nos separa de unos hechos que ocurrieron y que son nuestros, y más cuando a la luz de esos hechos la actualidad puede parecer otra cosa. Os asombraríais de ver cómo algunas actitudes que surgieron antes de 1995 (previo a la crisis) y que se impusieron alrededor de aquel año, se repiten con nombres diferentes; cómo algunas políticas editoriales que se resquebrajaban en aquel entonces se resquebrajan ahora de igual modo; o cómo ya se tiraban balones fuera de la misma manera que se tiran ahora.

Ya dije que nada parece haber cambiado. Si mantenemos la amnesia, por miedo o por falta de ganas, los hechos actuales seguirán siendo un bonito caldo de cultivo de más amnesia, hasta que alguien decida romper la rutina o todos nos vayamos al carajo, porque no seremos capaces de reaccionar, como no se reaccionó en el momento adecuado.

Puestos a ser optimistas al uso, cerrando los ojos y tirando para adelante sin mirar dónde se pisa, puede que una vez repartidas las medallas de oro y plata, lo que estemos haciendo es competir por la medalla de bronce. El tiempo nos lo habrá de decir, desde luego, pero creo que no merece la pena correr ese riesgo. Sinceramente.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº67, con fecha 23 de septiembre de 2002.

domingo, 24 de mayo de 2009

Schumacher y el D&D


A los 13 años ya seguía con deleite las andanzas de Jackie Stewart en su Tyrrel azul por los circuitos del mundo. Luego, con la adolescencia bien asentada, vinieron mis desvelos por Niki Lauda y su Ferrari, y más tarde, ya en mi época universitaria (¡Dios, qué años!) el hipo me lo quitaba un tal Gilles Villeneuve (¡qué arrancadas en la parrilla de salida!). Tras la muerte de este último en accidente (Bélgica) todo cambió, abandoné durante un tiempo el seguimiento de El Circo cuando Prost iba bien encarrilado a por sus primeros títulos, y lo retomé más tarde la temporada anterior a que Senna se matara en Monza, creo recordar… No, no es una historia de necrológicas, pero lo parece, ¿a que sí?

Me perdí las épocas de Hill, Moss, Clark, y por supuesto Fangio, pero las he ido revisando poco a poco, en la medida de mis posibilidades… A lo que voy, que la Fórmula 1 es para mí como el rol para muchos de vosotros: una pasión con épocas de afición constante que son seguidas por periodos de tanteo, de estar informado solamente, en las que no eres capaz de desligarte del todo pero tampoco de implicarte como en otro tiempo, o como siguen haciendo tus compañeros. El resultado de estos mis amores automovilísticos, cultivados durante cerca de treinta años, es una ingente cantidad de revistas, libros y fotografías, algunos modelos a escala, etc. Os lo podéis imaginar.

Me considero un aficionado ramplón, los conozco mejores, pero sé de qué va la cosa; lo que conozco me permite manejarme en las tediosas tardes familiares, cuando algún cuñado listillo se me sube a las barbas y no me apetece consentírselo, pero donde realmente adquiere valor es cuando le cuento a mi chaval las hazañas de aquellos tiempos que viví intensamente: los coches-ala, los motores turbo, Fittipaldi ganando una carrera con un neumático pinchado, Tyrrel tragándose su P34 porque a Goodyear no se le puso en los cataplines hacer neumáticos pequeños para aquel magnífico seis ruedas, Chapman jodiendo a la FIA con su coche de doble casco independiente, Piquet perdiendo el sentido en algunos pasos de curva, Mansell escapándose de un hospital con las cervicales machacadas… Acabo virtualmente embadurnado de grasa y oliendo a gasolina por los cuatro costados y por supuesto con una sonrisa idiota que me cruza la cara. Qué le vamos a hacer, los aficionados solemos ser así.

A colación de esto, me parece que entre vosotros, el que más o el que menos juega a varios Juegos de Rol y compra bastantes más con la esperanza de jugarlos alguna vez, como hacía yo con el material de F1. Es una situación habitual y muy corriente entre los aficionados a cualquier cosa —las aficiones son siempre una mezcla de impulsos por seguir algo (motivo), la necesidad de consumir compulsivamente lo que se produce al respecto, y una suerte de anhelo por experimentar en alguna medida lo que se consume—.

Con el tiempo (las aficiones ocupan mucho espacio y tiempo, y absorben la integridad de cualquier presupuesto), el aficionado acaba por consolarse comprando de vez en cuando, mirando, leyendo, cuando no aguardando momentos mejores que no suelen llegar. Le debe pasar a todo el mundo así que no nos preocupemos demasiado. De hecho, esta misma semana, en una de las listas generales, se ha suscitado una cuestión paralela a lo que digo: los juegos injugados.

Definir cuántos juegos puede tener en propiedad un aficionado medio, o un club, se me hace harto complicado. Yendo a la baja me da la sensación de que nunca dejaremos de encontrar alguno de los varios pesos pesados en una buena biblioteca rolera (Dungeon & Dragons, El Señor de los Anillos, Vampiro, Gurps, Star Wars, La llamada de Cthulhu…). Son libros imprescindibles, y salvo sustituciones (que seguro que las hay), al menos tres de estos grandes siempre están presentes. Vamos, que difícilmente se les puede disputar el sitio que ocupan. No sé lo que opináis, pero admito tirones de orejas aunque el resultado me parece que va a ser bastante parecido al descrito, aunque cambien los títulos. Hay una serie de juegos que son los JUEGOS, así, con mayúsculas y ante los que no cabe decir nada. El resto de esa biblioteca hipotética se nutre con los segundones de siempre, títulos que se reparten entre la oferta variada existente (se sustituyen muy de tarde en tarde por nuevas ofertas que ocupan su lugar) y de los que os ahorro la enumeración. Por último estarán los juegos raros, también denominados minoritarios, los que ayudan a completar y llenar la librería de la habitación de casa o del club, e ir un poco de entendidos, porque en las aficiones hace falta también un factor de diferenciación que nos separe del común de los mortales.

Podéis llenar vuestras estanterías como os plazca, no tengo intención de meterme con vuestros gustos o preferencias en eso de llenar espacios (físicos o lúdicos), a lo que voy es a que por término medio un aficionado poco pudiente puede llegar a tener 5 juegos de diferentes temáticas, bien repartidos entre los ya descritos y con una cobertura de material que puede incluir algunos complementos. Sin embargo un buen aficionado que se precie nunca tendrá menos de 10 juegos bien cubiertos por sus respectivos apoyos y ayudas (toda una pasta convertida en papel). Hay excepciones y todos las conocemos, desde el aficionado rácano que tiene una vil fotocopia y poco más, hasta el gourmet que tiene todo lo que sale… De todo hay en la viña del señor.

El caso es que a la hora de experimentar los juegos, como hábito, la mayoría de vosotros se decanta por dos o tres opciones de todas las posibles (el tiempo disponible marca siempre el límite de utilización), y lógicamente, éstas se ejecutan sobre los juegos principales en vuestros corazones y estanterías; el resto de experiencias se reducen a una simple lectura (a veces profunda, pero lectura al fin) o a un visionado rápido (abordaré este asuntillo en otro momento). En mi caso, esta experimentación se redujo a la conducción de un Lotus 79 por las pistas del scalextric y a la preparación del Ligier JS17 de mi mujer, que dicho sea de paso siempre me ganaba.

En Fórmula 1, esta temporada que estamos a punto de concluir ha sido un paseo triunfal de la mecánica Ferrari y de su piloto Schumacher, y salvo para los aficionados a la marca italiana o al piloto alemán, para el resto ha sido un absoluto aburrimiento del que sólo se podría escapar apostando por el segundo o tercer puesto en cada carrera, pero como también estaban ahí Barrichello (Ferrari) y Montoya y R. Schumacher (Williams-BMW), la cosa ha pasado por apostar al cuarto o quinto puesto…, y la verdad, hay que admitir que este año la F1 ha resultado un bonito turre en color rojo, incluso para un ferrarista como yo.

En el mundo del motor, nadie en su sano juicio compara a Minardi con Ferrari, y todo el mundo comprende que McLaren pueda estar pasando por épocas bajas, o que Toyota y Jaguar estén preparando una mecánica capaz de presentar batalla en un futuro cercano… Vamos, que en la propia competición se establecen niveles diferentes desde donde se analizan las diferentes circunstancias y retos que aborda cada escudería, aunque todos los equipos compiten en lo mismo y alguna vez se puede llegar incluso a dar una sorpresa.

Abandonemos los circuitos. ¿Quién compite con los pesos pesados de los Juegos de Rol?, ¿es posible competir siquiera? Me temo que no, y sospecho que estaréis conmigo en esta afirmación. Entonces ¿por qué siempre que sale algo nuevo que no sea D&D, Cthulhu, etc…, se compara con los grandes y no se hace con los de la franja segundona, o los raros? Esta cuestión me intriga, y bastante, y quería comentárosla por si surge alguna razón que se me ha escapado.

Desde que conozco esto del rol, me han enervado (en su acepción) las comparaciones desequilibradas. Cada vez que leo que este o aquel producto «no aporta nada», o que «comparándolo con tal o cual (poned vosotros el nombre del producto puntero para obtener el resultado)»… se me ponen los pelos como escarpias y me deprimo. No es para menos. Como editor o creador, cuando haces un juego tienes unas expectativas y normalmente no son las de disputarle el sitio a los grandes, sino buscar y encontrar tu propio hueco, aportando algo tan solo a quien quiera compartir otro algo contigo; no sé, tal vez una misma visión del mundo, o una forma parecida de entender las reglas… Tampoco se te pasa por la cabeza lo de quitarle el puesto al líder del mercado, porque sabes lo chiquito que eres. Entonces ¿qué pasa que no te libras de la comparación odiosa?

Creo sencillamente que no hay derecho a que ocurra lo que ocurre. Los aficionados a la F1 ya sabemos quién es Ferrari y aunque haya épocas en que hacían coches que parecían armarios (el 127C de 1981, por ejemplo), como decía un piloto argentino ya retirado: ver un morro rojo en el retrovisor siempre asustaba. En esto del rol, el D&D es el D&D, y vale que no se puede competir de tú a tú ni con él ni con cualquiera de los JdRs enumerados como grandes, pero que encima te lo froten por los morros a las primeras de cambio debería estar tipificado en el código penal.

En serio, que duele.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº66, con fecha 16 de septiembre de 2002.

El precio de las cosas II


Lo dejamos en el punto en que parecía claro que disponemos de un mercado pequeño que obliga a la realización de tiradas muy cortas, y habíamos explicado someramente la repercusión que esto podía tener en el precio de los Juegos de Rol. Nos quedaba por ver si hay algo en la organización de los factores que intervienen en el tramo de la comercialización (distribución y menudeo) que pueda ayudar a abaratar el producto que el editor pone en manos del aficionado, porque las diferencias de precios existentes parecen indicar que algunas políticas de comercialización pueden ser mejores que otras para el bolsillo del consumidor.

Si visualizamos tridimensionalmente el esquema que compone el sistema de abastecimiento del mercado nacional (edición > distribución > tienda), atendiendo a su volumen de negocio, observamos una plataforma compuesta en su base por las tiendas y una zona superior en la que se encontrarían las editoriales; tendríamos pues una pirámide en cuya parte central se localizarían las distribuidoras. Establezcamos primero una breve tipología de comportamientos dentro de la pirámide:

El minorista se convierte en distribuidora. El minorista utiliza sus canales de proveedores (internacionales o nacionales) y sus contactos, para aglutinar a su alrededor un cauce de producto que se ofrece a los demás minoristas desde la experiencia adquirida en el propio menudeo. Dos de nuestras más importantes distribuidoras especializadas han surgido de proyectos minoristas (Distrimagen y Millennium).

La editorial se convierte en distribuidora. La editorial ve en la autodistribución una manera de preservar la integridad económica de su proyecto, ofertándolo directamente al minorista. En algunos casos se recogen otros productos editoriales para afianzar la posición conseguida y mejorar su rendimiento (Sombra es un buen ejemplo). A pesar de lo que puede parecer, no es lo mismo una editorial que se convierte en distribuidora, que una distribuidora que se convierte en editorial.

La distribuidora se convierte en editorial. El distribuidor decide editar producto para cubrir aquellas lagunas que percibe en la demanda minorista, para favorecer la venta de material importado, o simplemente por crear material que se verá favorecido en la comercialización a través del canal abierto como distribuidora. Nuestras más importantes distribuidoras especializadas dieron el salto (Distrimagen > La Factoría de Ideas; y Millennium > EDGE), y creo recordar que Joc Internacional, en su día, hizo lo mismo: primero distribuyó y luego produjo.

La distribuidora se convierte en minorista. Al rebufo de las nuevas tecnologías (Internet), la distribuidora accede directamente al aficionado salvando los problemas que puede tener aquel para acceder al producto. El famoso carrito de la compra de algunas páginas web no es sino una versión virtual del minorista.

Parece quedar claro es que lo que hace cada sector es aprovechar su propia experiencia de salida para crecer en uno u otro sentido, o para quedarse en el mismo lugar adoptando una política comercial de tipo tradicional. Retomemos la visualización de nuestra pirámide para tratar de ver cómo funcionan las dinámicas internas y si afectan realmente al precio final.

Antes, hay que recordar que la distribución canaliza el material editado desde la zona más alta de la pirámide hacia la más baja, asegurando la venta inicial, pero hay que decir que donde resulta realmente importante es en la reposición. Cuando una tienda agota el material, repone, pero no es lo mismo reponer un único ejemplar (acarrea gastos de envío que a veces pueden volatilizar el margen), que reponerlo dentro de un paquete mayor (junto a otros productos en reposición de otras compañías, o novedades), cuestión que hace asumible el costo de envío. Por lo tanto, una distribuidora que lleve un buen abanico de productos, asegura al editor un goteo de ventas estimable y que resulta totalmente imprescindible para su buen funcionamiento.

Bien. Cuando un elemento crece hacia arriba, solapando otras funciones en una dinámica ascendente, lo hace sobre un terreno ganado que sirve de soporte a la nueva actividad. Es decir, que una tienda sólo se puede convertir en distribuidora cuando controla un volumen importante de proveedores que aseguran el flujo de material y la oferta (editoriales nacionales o internacionales). Cuando una distribuidora controla un volumen importante de tiendas a las que nutre de material, es cuando se atreve a dar el salto a la edición tras conocer las carencias y apetitos de su base de clientes. A todas luces esta dinámica parece bastante segura.

Sin embargo, en una dinámica descendente, cuando una editorial aborda su propia distribución, como su capacidad de oferta es limitada (cuenta con su propio material o poco más), la reposición se convierte en un auténtico Talón de Aquiles que puede llegar a originar el colapso del proyecto. Razón por la cual este tipo de funcionamiento suele estar apoyado desde el exterior por un cauce de material que se comercializa a través de otras distribuidoras que aseguran, en parte, que la reposición no resulte lesiva. Esta dinámica es a todas luces menos segura que la anterior porque depende de una oferta de producto muy limitada en volumen y diversidad. Dicho lo cual podemos entender por qué rara vez (por no decir nunca), esta dinámica llega a la generación de proyectos minoristas que no sean alternativos (Internet).

Ésta es la razón por la que decía más arriba que no es lo mismo autodistribuirse cuando se es editorial que cuando se es editorial que ha surgido de una distribuidora. En ambos casos estaríamos hablando de autodistribución, es cierto, pero el espectro comercial en el que se asientan ambas dinámicas es radicalmente diferente.

¿Debe afectar al precio la dinámica utilizada? Lógicamente habrá que admitir que debería afectar que haya más seguridad en la venta, y que se pueda vender más, pero parece que no ocurre porque seguimos encontrando precios más baratos precisamente en la dinámica más arriesgada. La razón es obvia aunque no lo parezca: el editor que se autodistribuye trata de introducir su producto rascando beneficio para hacerlo más asequible y favorecer la venta final, dado que no tiene tanta seguridad como el otro, al igual que hace el editor nacional (no voy a extenderme ahora) que no se autodistribuye.

Como un producto traducido suele llevar tras de sí bastante material importado, se origina a su alrededor una sinergia beneficiosa (publicidad, información general y de todo tipo, reseñas, opiniones en todos los ámbitos, presencia en medios y estanterías, etc.), y por tanto, el material traducido dispone de un peso específico en el mercado mucho mayor que el del que no es traducción, haciendo que sea mucho más difícil la venta de este último. Cabe mencionar aquí que esta es una de las razones por la que las editoriales que han surgido de distribuidoras se dedican fundamentalmente a la traducción, y que por otro lado la disputa de licencias para traducir resulte tan interesante incluso para las editoriales que no se autodistribuyen o lo hacen parcialmente.

Con un PVP reducido, el editor que se autodistribuye y el nacional que no lo hace, tratan de paliar esta descompensación, compitiendo por precio, pero como quiera que el margen para una distribuidora o para un minorista deja menos dinero por un producto barato que por uno caro (diferencia en PVP), y como el trabajo comercial que requiere es desigual (se vende con mayor facilidad el traducido), podemos obtener, aquí y ahora, una buena razón para que haya un mejor tratamiento distributivo y minorista del material caro, originando que se imponga una dinámica de precios que afianza y perpetúa en cierta medida la carestía general del producto rolero.

Como dije la semana pasada, esto no es malo ni bueno. El mercado tiene sus leyes y todo el que se mete en él tiene que asumirlas. Hay excepciones, siempre las hay, lo admito. Pero desde luego, con un mercado limitado en extensión y tiradas iniciales como el nuestro, y con unas dinámicas económicas (políticas de precios si lo preferís) bien asentadas y asumidas por los sectores implicados y los consumidores, sólo nos queda admitir que el producto rolero va a seguir resultando caro durante bastante tiempo. La solución pasaría inevitablemente por un crecimiento de todos los sectores, desde los aficionados hasta las editoriales, porque en economía, la diversidad suele ser un seguro a largo plazo ya que estimula el mercado en base a la diferenciación de ofertas y la propia competencia.

Creo que nos queda, por tanto, un largo camino que recorrer hasta alcanzar el momento óptimo que todos anhelamos; mientras ocurre, lo mejor que podemos hacer es responsabilizarnos en nuestros cometidos particulares: nosotros como editores, distribuidores o minoristas, intentando conseguir beneficios que lleguen hasta vuestros bolsillos, y vosotros, como consumidores.

Que Dios reparta suerte.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº65, con fecha 9 de septiembre de 2002.

El precio de las cosas I


No imaginaba yo que anduvierais todos tan preocupados por el precio del material rolero que consumís tan ávidamente. Tampoco era consciente de que siendo ésta una cuestión de tanta importancia para vosotros, hubiera tan pocas explicaciones al respecto, hasta el punto de que parece materia reservada. Os diré que he revisado bastante material escrito y he pasado mi par de horitas buscando en el Google intentando localizar algo y no he hallado nada, salvo alguna breve mención al respecto.

Me han pedido que aclare en mayor profundidad lo que comenté hace un par de semanas, por ver si el precio de algunos productos corresponde realmente a su costo, o a políticas que algunos tildan de abusivas. Debo admitir que no puedo, es decir, que podría dar más datos y elaborar una serie de consideraciones que me permitirían delimitar si un producto es caro porque su producción lo es, o es caro porque sus editores lo han planteado así, pero serían bastante subjetivas porque carezco de demasiados datos (el volumen de las tiradas es uno de ellos, el tipo de impresión también), y no es plan. Como sólo puedo aportar mi experiencia, he previsto abordar este asunto con la mayor claridad que me sea posible alcanzar, y dado lo extenso que me ha salido, lo he dividido en dos partes, con la intención de contaros parte de lo que sé de la impresión en offset (la digital se me escapa), pero descargando en vosotros la función de valorar posteriormente sus consecuencias, si es que las veis.

Dicho lo cual, comenzaré por decir que el producto editado puede ser contemplado desde dos vertientes, una patente, en cuanto a producto puesto en la calle (en este caso el libro), y otra latente, en cuanto a importancia de ese producto para el mercado al que va destinado. Valorar la parte patente es relativamente sencillo porque la edición cumple unas normas económicas que es posible abordar y analizar, al menos en parte. En lo referente al valor latente, la cosa es más complicada, porque es el editor quien valora la importancia de su producto y le pone precio, y ante eso no hay nada que decir. Una mayor demanda siempre ampara un precio alto, pero a fin y a cuentas la última palabra siempre la tiene el consumidor.

La edición, como profesión, tiene sus normas económicas. Conocerlas está bastante bien, porque te permite sobrevivir y cumplir tu cometido. Como soy consciente de que hay más de un economista que lee mis descargas de información y adrenalina, ruego me sea dispensado un pequeño margen de confianza y si yerro se me corrija de manera benevolente. Bueno, al trapo.

Decía el otro día que con multiplicar el costo de producción por un baremo que se mueve entre el 3,25 y el 4, se obtiene el PVP. Quedó clara la razón de la existencia del 4, pero no tanto la del 3,25. Si multiplicáramos por un valor 3, tendríamos cubiertas las partes relativas a costo de producción, distribución y minoristas, pero nos habríamos chupado el beneficio editorial. Multiplicando por un 3,25 (se puede hacer por algo más), aseguramos al menos un 0,25% del costo para beneficio editorial. Algo es algo, que luego hay que abordar otros proyectos, por ejemplo, y aunque sea sólo para invitar a cafés el dinerillo viene bien.

Estos datos y cifras adquieren diferentes relevancias según sea la modalidad de incursión en el mercado y la forma de elaboración del material (sigo advirtiendo que lo que diré se basa en la tradicional, el offset). No es lo mismo multiplicar por 3,25 y canalizar el producto a través de una distribuidora, que hacerlo a través de tus propios canales de distribución. Evidentemente, tampoco resulta igual cuando multiplicas por 4, se gana mucho más cuando te autodistribuyes.

Cuando decides trabajar con distribuidora, se hace un descuento del 50% sobre PVP sin contar el IVA (4%). No es que los distribuidores sean una banda de atracadores, no, el distribuidor tiene también sus gastos y debe deducirlos de su margen, un 25% (realmente suele ser sólo de un 20%, porque cede un 30% al minorista). Descontando lo que les cuesta a los distribuidores y minoristas su propio trabajo, vemos en seguida que su margen se reduce sensiblemente.

Vale, ahora resulta que el que se forra es el editor, como le queda alrededor de un 25% de beneficio editorial que no soporta gasto alguno... Pues no, la cosa pasa porque hay que vender la edición completa para ver este dinero (a veces pasan años). Mientras esto ocurre, todo lo que se cobra por el producto cubre el costo editorial que es el que hay que acometer más rápidamente (máximo 90 días), dejando para más tarde el beneficio y las invitaciones a café. Es decir, que hay un valor de apuesta por el producto que requiere una inversión, y que sólo cuando ésta se ha cubierto se puede hablar realmente de beneficio.

Una edición inicial suele constar de unos 1500 ejemplares —nosotros solemos editar alrededor de 2500 ejemplares en total, pero a diferencia de como hacíamos antes, a partir del 97 lo hacemos en dos tramos: una inicial de 1500 y una reimpresión de 1000 (G2, 1997 y 99)—. Por lo poco que he podido recabar, salvo algunas excepciones, la cosa viene a ser similar para todos, pero os recuerdo que carezco de datos concretos.

A lo que iba. Para amortizar el costo de salida según el margen que le teníamos reservado (25%, o 1/4 del PVP, si lo preferís), sería necesario colocar todos los ejemplares, pero como esto no ocurre, al menos hay que vender la mitad, es decir: 750 ejemplares para tirar del beneficio editorial y cubrir con él el costo de producción (12,5%, o 1/8, del margen para costo, más el 12,5%, o 1/8, del beneficio editorial, dan como resultado el 25% correspondiente a la producción). Pero es que esto tampoco ocurre.

El impacto inicial de un producto, valorado en colocación a minoristas (venta) viene a ser de entre 300 y 500 ejemplares en los dos primeros meses (salvo honrosas excepciones que todos conocemos), lo que prolonga el espacio de tiempo de amortización del costo de producción. En el caso de tiradas menores (1000 ejemplares), esta venta inicial aseguraría la amortización de costos a un precio racional, y desde luego más con un precio abultado, porque podemos entrever aquí, y ahora, una razón previsible para que algunos productos tengan un precio tan alto: ante un impacto inicial bastante pobre, el editor decide editar de forma limitada e inflar el precio para amortizar y alcanzar beneficio de salida, evitando así los riesgos de una espera que a veces puede ser bastante larga.

Sinceramente, esto no es bueno ni malo, es sencillamente una forma de abordar la edición como otra cualquiera, y es lícita en tanto que es el comprador quien decide, en última instancia, si admite la regla del juego impuesta o la rompe, así que lo de llevarse las manos a la cabeza sobre este aspecto tocaría directamente el asunto del valor latente del que hablaba al principio.

Por otra parte, el otro día ponía el ejemplo de nuestro G2, pero hay que admitir que hay libros de rol en el mercado que por narices tienen que haber costado una pasta gansa. Un libro a todo color, en una tirada pequeña, es muy caro. Editarlo con tapa dura es mucho más caro que hacerlo en rústica, etcétera. Es decir, que hay productos que son caros porque la edición corta es cara siempre, y si encima tiene pretensiones de ofrecer calidad, la cosa se agrava bastante.

También es cierto que el editor tiene margen de movimiento como para buscarse la vida para ofrecer lo que quiere a un precio asequible. Os voy a contar un secreto: cuando hicimos el G2 queríamos ofrecer color pero sin pasarnos en el precio. Como la imputación del costo de fotomecánica es la que más duele, y para color se cuadruplica (planchas de cyan, magenta, amarillo y negro), ideamos una fórmula que pasaba por imprimir sobre blanco y no sobre grises para facilitar el montaje, porque las ilustraciones a color se aglutinaron en 3 planas únicamente (12 fotolitos) y se organizaron después en esa fase para ofrecer el resultado final.

Hay muchas fórmulas que alivian el costo de producción pero es necesario buscarlas. La diferencia entre un proveedor y otro puede suponer un ahorro importante por un trabajo similar. La utilización de un tipo de papel concreto es otra de ellas, a mismo tipo de papel, pero dependiendo de la marca que lo produzca, podemos encontrarnos con alegres sorpresas… Luego queda por ver si repercutes el ahorro obtenido en producción en el consumidor o lo pasas a la cuenta de beneficio. Cualquiera de las dos opciones son lícitas y vuelvo a repetir que es el aficionado quien tiene la última palabra.

Una cosa está clara: ofrecer precios asequibles pasa indudablemente por dos caminos editoriales: o reducir el beneficio, o reducir los costos. Lejos de estas dos dinámicas es prácticamente imposible ofrecer producto barato. Como quiera que nuestro mercado es pequeño y obliga a realizar tiradas cortas, hay que asumir —al menos durante una previsible larga temporada— que el producto rolero va a seguir siendo algo caro.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº64, con fecha 2 de septiembre de 2002.

Muriendo en el intento


Manda huevos que después de tanto trabajo, de haberte dejado las pestañas y las uñas de los dedos y sus yemas tecleando o dibujando, o maquetando; de haber dejado el descanso para mejor momento; cuando por fin tienes las narices y el valor de compartir lo que has hecho en tantas horas robadas al currelo, al sueño, a la familia, a la novia, al novio o incluso a los amigos; gastando lo que no tienes, hipotecando una parte de tu tiempo y de tu vida… que venga un hijo de su madre y con toda la naturalidad del mundo mande tu esfuerzo a la mierda o a paseo. No hay derecho.

Reconozco que ni siquiera me sorprende —en su momento lo hizo—, pero sigue ocurriendo, y creo que merece siquiera un pequeño apunte por ver si se nos revuelven las tripas o el alma: aficionado pregunta a una tienda por un producto y recibe por contestación del supuesto especialista, que no ha salido o que no se sabe nada de él. A renglón seguido, el mismo aficionado, tal vez azuzado por la sensación de que el especialista no se entera —porque ha visto el material que pide, o ha leído sobre él, o sabe de alguien que lo conoce—, lanza una pregunta al aire en las listas roleras, o por privado a las propias editoriales, y recibe con alegre amargura la constatación de que el producto en cuestión no sólo existe y está disponible, sino que además lleva tiempo en la calle, ¡toma ya!

Puedes pedir responsabilidades al maestro armero, porque ese tío, además de mearse en el trabajo de unos colegas (o el nuestro, que lo mismo da) y de reírse a la cara de los aficionados que le creen y compran otras cosas diferentes a las que buscaban —los 25 eurillos pican en el bolsillo y es necesario darles un mejor destino—, es un desgraciado como la copa de un pino, un canalla, porque se está encargando, él solito, de dar la puntilla a ese rol del que se anuncia especialista.

¡Ah, ya! es que el especialista sólo tiene el material de una distribuidora de las cuatro o cinco que hay, claro, claro… Le sudaría mucho el escroto si cogiera el teléfono para saber qué traen las otras, y pedir precisamente el libro que solicita el pardillín que tiene enfrente, eso si le tuviera en cuenta y un mínimo respeto. Pero bueno, para qué se va a currar la clientela, y darle servicio, si al fin y al cabo esto del rol está muy muerto y es sólo cosa de cuatro gatos que además están pirados. ¿Para qué demonios se va a tomar la molestia de hacerle el favor de cumplir con su trabajo?

Dice el refranero que no se deben pedir peras a un olmo; no las voy a pedir. Definir lo que supone la etiqueta de tienda especializada se me escapa del interés y líneas disponibles para este artículo. Baste decir que en nuestro mundillo, acostumbramos a denominar como especializada a la tienda que tiene sección estable de rol y que más o menos se mantiene al día en cuanto a referencias y novedades, y esto supone todo un riesgo para los que acostumbramos a dejarnos asesorar —que, la verdad, somos muchos y no espabilamos ni a la de tres—. Tu te presentas en un ferretería y preguntas si hay tirafondos del 12, y a poco que se lo curre el dependiente, tienes encima del mostrador media docena de variantes: cromados, de latón, de acero galvanizado… y eso que el tipo no se siente especialista ni nada. Y si por un casual no tiene, te dice dónde puedes encontrarlos, aunque sea en una ferretería de la competencia, por ver si con el buen trato que te dispensa, la próxima vez que necesites algo vuelves donde él.

Vale, todos sabemos que la etiqueta les viene grande a muchos, y que en el panorama patrio hay muy pocas tiendas que merezcan ser tildadas de especializadas, así que admitamos previamente que la cosa de la especialización minorista deja mucho que desear en nuestro país, por no decir a la brava que es la repanocha y está en mantillas. Especialistas hay pocos, otros a los que le gusta que se lo llamen… demasiados. Porque también es cierto que tenemos el tipo de librero que no distingue entre tener una librería y tener una guardería. El mismo que no trae producto de una compañía porque le cae mal, o no se divirtió lo suficiente cuando jugaba a sus juegos. Claro, temeroso de acarrear disgustos a su clientela, corta por lo sano y arregla el asunto de raíz. A éste al menos se le ve llegar y cuando le llamas te dice a la cara que no te compra, y al aficionado que se busque la vida en otro sitio porque su afinado paladar no le permite ofrecer cierto material. ¡Oye, que la tienda más próxima está a doscientos kilómetros!… ¡Ajo y agua, chaval!

Salvo en el caso de las grandes capitales, y cuatro o cinco lugares más, el aficionado viene a disponer sólo de una tienda que tenga rol en su zona, y se las ve y desea para acceder a una buena parte del material editado (habitualmente español, ¿lo vamos a negar?) para poder valorarlo o comprarlo. Salvo honradas excepciones, que se pueden contar con los dedos de la mano, es en este punto donde comienza a vislumbrarse uno de los más graves problemas de nuestro sector, porque si el producto no llega a su destinatario final… apaga y vámonos.

En las librerías normales que hacen gala de cierta especialización (narrativa, viajes, poesía, etc…) puedes preguntar por cualquier libro, que si no lo tienen te lo buscan, y si no está agotado te lo traen, y eso que trabajan con ciento y la madre de distribuidoras —que las distribuidoras están a la que salta y no creas que pierden el tiempo a la hora de ganarse un cliente—. ¡Joder!, si a nuestros especialistas nadie les está pidiendo que llenen la tienda con todo lo que sale, sólo que hagan lo que teóricamente deberían saber hacer: vender. ¿No lo tiene, pues por favor me lo pida, oiga!, ¿cuanto hay que esperar? ¿dejo una señal? Mira que es complicado trabajar con una sola distribuidora y, además, saber lo que tienen la otras por si le hace falta, que el que vende es él.

¿Pero qué les pasa a estos patanes, no se enteran, o no quieren hacerlo? No estamos hablando de libros que si te gustan: bien, y si no: no pasa nada. Hablamos de juegos que necesitan ser jugados, experimentados, disfrutados. Que crecen según las sensaciones que van creando en el aficionado, a los que hay que alimentar según lo que necesiten, por encima de modas, estilos o apetencias.

Anda que no tiene narices. ¿De qué se creerán que viven las tiendas que son realmente especializadas?, sí, esas mismas que procuran tener lo indispensable y que si no lo tienen te lo buscan, independientemente de si trabajan con una o con cinco distribuidoras, de si son pequeñas o grandes, de si llevan cómics o venden cintas para el pelo. Las mismas que cuidan los escaparates y saben de lo que hablan porque se preocupan de saberlo. La industria, en 1992-1995, funcionaba para no más de 70 tiendas especializadas en todo el Estado (número arriba, número abajo), prácticamente las mismas que hay ahora (hay quien afirma tajantemente que hay menos, la crisis del 96 pasó buena factura). Podemos dar por bueno que lo que ha ocurrido ha sido una redistribución de elementos, y una sustitución de las desapariciones ocurridas, y que como el volumen de aficionados crece (parece que han llegado, y siguen llegando), éste se ve bien cubierto por los puntos de venta existentes. Pero a todas luces hay librerías que sobran, porque las que han sabido cuidar el rol siguen estando ahí, ofreciendo un lugar seguro para el aficionado, donde se puede ver, se puede comparar, y sobre todo, uno se puede informar con garantías. Y sobran precisamente las que se meten a llevar un material que ni entienden ni les preocupa lo más mínimo entender.

Desde el 97 ha habido un empobrecimiento de la calidad del mundo minorista, y lo siento muchachos, porque los mayores perjudicados sois vosotros. Antes, meter el producto era relativamente sencillo, y no creáis que la peña se estiraba comprándote potrocientos volúmenes del mismo libro, no, compraban poco y reponían cuando les hacía falta. De vez en cuando recibías una llamada de alguien que desconocías pero que te pedía un ejemplar, o dos, y hasta luego, que no le volvías a oír hasta que no le hiciera falta. Pero el aficionado estaba enterado porque veía tu producto, y si no lo veía, pero preguntaba, recibía contestaciones coherentes y lógicas de parte de un librero que se preciaba de serlo y que no tenía miedo al teléfono. Después, meter el producto se volvió una empresa titánica si no imposible. Te encontrabas de todo, hasta tipos que trataban de enseñarte a editar pero que no compraban tu producto en base a una sartenada de jilipolleces sin posibilidad de contraste.

Cada vez que leo a uno de mis colegas diciendo aquello de que este libro, o aquel otro, está disponible desde hace tiempo y que sólo es necesario ponerse en contacto con la distribuidora, o mandar un correo electrónico a la editorial, o hacer una llamadita para que te lo sirvan, me crujen hasta las entretelas porque yo mismo he contestado demasiadas veces lo mismo. Recuerdo que en 1997 hubo tiendas que llegaron a vender 100 ejemplares del G2 en menos de 48 horas (no miento), mientras en otros lugares la gente tardó más de un año en enterarse de que existía. ¿Y qué haces? ¿Te calzas la recortada? ¿Te tiras al monte? ¿Lo mandas todo a paseo?…

Hay muchas formas de masacrar un juego, y ésta es la peor de todas. Sólo quería decirlo.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº63, con fecha 26 de agosto de 2002.

¡Más madera!


No me lo podía creer, pero es cierto. Lo juro por mi colección de Akira.

Estamos en fase de preparación de nuevo material. Son días de hacer cuentas, de preparar los presupuestos y de hacer previsiones y provisiones. También lo es de dar la tabarra a todo el mundo conocido para asesorarme y contrastar opiniones sobre precios y expectativas de venta. La economía, en principio, no suele tener que ver con la cultura, pero hace falta.

Decía que no me lo podía creer. La cosa pasaba por valorar los precios que nuestra imprenta habitual nos había pasado sobre las tres modalidades de libro que tenemos previsto editar. cuando me llevé las manos a la cabeza: 3.347 € para un libro similar en características y tirada inicial al G2, pero de menor tamaño. ¿Y a qué viene esto? Bueno, viene a que cuesta un 50% menos que aquél, y que la justificación no está en el tamaño, porque el G2 no le lleva tanto de diferencia. Llamo de nuevo a Iker (encargado de los presupuestos en RGM) y le pido por favor que me pase precio para tamaño idéntico. ¡Toma ya!, más o menos 5.038 € —sin ajustar el manufacturado de la tapa dura, pero es que hoy es viernes y tampoco se pueden pedir peras al olmo—, pero imagino que el precio definitivo no diferirá mucho, Iker y Jon son dos linces en esto de ofrecer estimaciones.

Como cifra comparativa nos vale. 5.038 € son 838.253 pesetas de las de antes. El G2 costó 1.105.769 (para 1500 ejemplares, también), vamos, que desde 1997 hasta aquí, la cosa de hacer Gedoses ha bajado casi un 25%.

Cosas como ésta ya nos han ocurrido antes, el Ragnarok primera edición (1992) y el Piratas!! (1994), constaban de la misma cantidad de páginas, parecido formato, etc. (el segundo llevaba un encarte de 8 páginas a todo color y portada a 5 tintas), y costaban casi lo mismo para tiradas de 2.400 y 2.500 ejemplares respectivamente, y eso que habían pasado dos años de desfase, pero no me imaginaba que la tendencia hubiera seguido una inercia tan marcadamente a la baja. Puestos a comparar, miro lo que costaba un fotolito DinA4 en b/n en 1992, y lo que cuesta ahora, y la cosa también ha bajado, y mucho. En 1992, el bendito fotolito nos costaba 1.275 pesetas, y ahora se puede encontrar por 400 (dejémoslo en 600, hecho el cambio). Otra buena reducción, desde luego.

Tengo que deciros que llevo entre imprentas y fotomecánicas desde los 17 años. Comencé a trabajar en el estudio publicitario y gráfico de mi padre antes de entrar en la facultad, y este domingo me calzo 43 años, así que sacad cuentas.

Desde los 26 me dedico profesionalmente al mundo de las llamadas artes gráficas. O sea que durante todo este tiempo he visto de todo, y por tanto puedo aseguraros que este sector ha sufrido una reestructuración y mejora que ha repercutido definitivamente en el precio: máquinas mejor dotadas, más rápidas, etc…

El precio del papel suele ser el que da mayores quebraderos de cabeza, pero parece que estamos en buen momento. De todas formas hay que admitir que nuestra labor es pequeña, vamos, que editamos o imprimimos poco (no hablo sólo de rol, que veo despuntar vuestra sonrisa), lo que origina que nuestros precios, aunque buenos, no sean los mismos que disfrutan editoriales o agencias que mueven más material, y que éstas cuentan con más ventajas, siquiera porque el proveedor quiere amarrarlas con descuentos o mejores ofertas económicas.

He recibido pocos correos en referencia al artículo que escribí la semana pasada. En general me han dicho que soy un pupas, que lo mejor que puedo hacer es dejar el régimen o tomar más café, porque lo veo negro y no lo parece. Me dicen que se nota que tal vez he cargado las tintas sobre las actitudes, pasando por alto los problemas existentes en el mundo de la edición, ante los que la actualidad no es que se muestre óptima, como en otros tiempos, pero sí que resulta halagüeña. Como comencé a trabajar para el rol español en 1991, mi visión del mundo del rol aborda sin querer estos últimos once años. Podría decir en mi descargo que ante la actual situación de cosas me muestro realista y no negativo, y la mejor razón que se me ocurre para apuntalar esta afirmación es que estamos a punto de sacar material. Pero bueno, si queréis verme negativo tampoco es que me importe mucho. Hoy trato de ser optimista.

Como no pretendo analizar, sino aportar elementos que ayuden a analizar la razón de la supuesta existencia de épocas tan claramente diferenciadas, se me ha ocurrido mirar hacia otro lado que no sean las actitudes, por ver si existe algo que avale el cambio que yo percibo y que ya apuntaba el otro día. Debo admitir mi incapacidad para encontrar más elementos —en cuanto al presumible desarrollo negativo del rol español en su presencia en tiendas—, que el posible aumento de los costos editoriales, la falta de fondos que den viabilidad a los proyectos, o la ausencia de creatividad —si veis alguna más, permanezco abierto y a la escucha—, porque lo cierto es que el aficionado sigue comprando y buscando rol español.

¿Incremento de precios en la producción?, ya os he comentado lo que hay. La vida es ahora más cara, sí, y siquiera en alquileres, agua o servicios básicos, la cosa ha subido, aunque su incidencia en la producción de un libro sea ciertamente pequeña o poco relevante. Según la web del INE, la vida ha subido un 28,3% desde enero del 94 (no hay datos comparativos anteriores); es decir que podemos admitir que los grandes bloques de costo en edición han bajado, más o menos, o se han mantenido, y que los pequeños han aumentado un 28,3% (transportes, infraestructuras, servicios, etc.) según datos oficiales.

¿Falta de posibilidades económicas que hacen imposible llevar adelante los proyectos?, no lo creo. Un crédito personal (a 5 años) en 1989, costaba un 17% de interés (qué tiempos aquellos), en 1995 costaba un 11,25%, y ahora puede salir por un 8% (siempre TAE).

¿Falta de creatividad, entonces?, menos. Para ser sincero pienso que hay más creatividad latente ahora, debido, entre otras cosas, a que la cultura acumulada por los aficionados a base de horas de juego y lectura, ha tenido que cumplir su labor fomentadora.

Vale, pero es que ahora se trata de publicar mejor y eso se tiene que notar en algún sitio. Cierto, se nota en que hay incrementos de precios justificados por la calidad del producto y el tiempo que lleva confeccionarlos, lo que puede originar que ahora los tiempos de desarrollo de material sean un poco más dilatados.

Bien, pero es que seguimos editando poco y dicen que es más caro. Mira, pues sí, este sí que es un grave problema, no hemos crecido lo suficiente como para editar producto realmente barato, creo que de haberlo hecho posiblemente no estaríamos como estamos, pero es que de todas formas nuestro material, siendo caro, se sigue vendiendo, con lo que el problema no parece tan grave, porque el destinatario final sigue aceptando el precio y compra.

Sobre esto decir que el precio de costo por unidad es más alto cuanto menor es la tirada, pero me gustaría decir que la edición tiene sus normas, como negocio, y que con multiplicar los costos de edición (todo lo que es imputable a la creación de un libro) por un valor que ronda entre el 3,25 y el 4, sale el PVP, y que de esta forma todos los grupos económicos que intervienen en su venta ven cubiertas sus necesidades: el costo editorial (25%), el beneficio editorial (25%), la distribución (25%) y el minorista (25%). Es cierto también que todos jugamos con este 25% (al alza o a la baja) para lograr abrir mercado, para ofrecer mejor precio o para conseguir mayor ganancia, pero de todas formas, lo cierto es que el beneficio de cada una de las partes queda bien cubierto por el PVP del libro, y que el costo suele amortizarse pronto.

Si la trastienda de la creación editorial muestra, tras un somero repaso, un aspecto tan prometedor, sigo sin entender, fuera del cambio de actitudes que denunciaba el otro día, que hoy por hoy, haya pocas editoriales que trabajen el rol en castellano como única modalidad, que las empresas que traducen se embarquen en pocos proyectos de este tipo y envergadura, y que sean menores (en cantidad) las nuevas ofertas que no sean revisiones o fanediciones. Porque entre 1992 y 1995, la oferta de juegos creados en castellano era: Fuerza Delta, Far West, Aquelarre, Oráculo, Analaya, SHI, Comandos, Universo, Fanhunter, Mutantes en la Sombra, Ragnarok y Piratas!! —no he incluido Almogavers porque fue creado y editado en catalán, pero también estuvo—, 12 títulos (13 si contamos el último), realizados por 7 empresas, algunas de las cuales llevaban 2 y 3 propuestas por cabeza.

Yo no lo entiendo, si las vías siguen en su sitio y la locomotora parece preparada, creo que hace falta un empujón, y que éste tiene que llegar por parte del cambio de actitud reclamada.

Con vuestro permiso. ¡Más madera!

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº62, con fecha 19 de agosto de 2002.

Cultura de rol


Desde un privilegiado espacio lleno de experiencias sin importancia, días grises y un cumpleaños que se avecina para marcarme al rojo vivo la frente; mientras trato de eliminar los últimos residuos de la química que me ha ayudado a quitarme de encima el cólico que me impidió acercarme a las CLN; en los preludios de un régimen alimenticio que se me está haciendo muy cuesta arriba y sin mi dosis diaria de cafeína; cuando el mundo celebra el Día Mundial de los Pueblos Indígenas... Cualquiera que no estuviera avisado diría que la reflexión que estoy realizando en privado es fruto de un mono con tendencia depresiva, de todas formas tenía ganas de compartirla.

Hoy me ha dado por mirar hacia atrás y descubro que las cosas de nuestro mundillo parecen haber cambiado poco en todos estos años que han pasado desde que los Juegos de Rol se introdujeron en España —es una simple apreciación desde la trinchera, no temáis—. Como quiera que todavía el sector que se ocupa de informar a la afición no se atreve a acercarse a los proyectos que se llevan a cabo en el interior de nuestro país —en un sustantivo y manifiesto interés por mantener la independencia informativa debida—, o sigue abusando de una miopía que ya ha generado tradición pero que sigue siendo una losa de desequilibrio comparativo contra la que nos es imposible luchar en igualdad de condiciones a los que tratamos de seguir haciendo rol en castellano, creo que es necesario replantear el escenario, comentando previamente que a mi modo de ver la amnesia y el estereotipo han doblegado por fin el recuerdo de una cultura del rol que hubo en este país, hasta casi hacerla desaparecer —existe una forma residual que se mantiene a duras penas todavía hoy—. Tuvo su inicio en 1990 (tal vez un poco antes, no tengo datos precisos), y a lo largo de algo más de una década ha sido cultivada con ahínco por un pequeño grupo de aficionados que decidieron, y siguen decididos al parecer, a complicarse la vida para enfrentarse a tirios y troyanos haciendo el paria creando y consumiendo rol en castellano (esa modalidad que sigue luchando a brazo partido con los productos que confeccionan compañías de fuera y que también se traducen aquí), y con las formas y maneras que se han ido imponiendo en el mercado con la connivencia de una prensa especializada que jamás se ha atrevido a analizar en profundidad los factores que han originado que el rol español no despegue después de tanto esfuerzo, o que ha sido incapaz de establecer unos baremos mínimos de valoración que hagan que todos hablemos de lo mismo cuando opinamos sobre temas que teóricamente conocemos o dominamos, o mejor dicho: que deberíamos conocer y dominar.

Cuando recientemente una nueva propuesta informativa clama en su editorial por una cultura del rol, y cuando se pretende contribuir a sacarla de su supuesto gueto, echo en falta (no en su páginas, hablo en general) un pequeño resumen de actos y actitudes a lo largo de todos estos años que ayudaría a clarificar si realmente carecemos de cultura rolera o si lo que pasa es que la que hay no satisface las expectativas, y si es así ¿por qué? Al igual, echo de menos un análisis mínimamente serio sobre el cambio de actitud de los diferentes integrantes del negocio de la edición de JdRs (editoriales, canales de distribución, minoristas y aficionados), pues sin esta valoración global me parece que difícilmente se pueden extraer conclusiones que ayuden a esclarecer si hay o ha habido cultura de rol en nuestro país, mucho menos definir actitudes de respuesta. Alguien tendrá que animarse a hacerlo algún día, me temo, yo sólo lanzo el guante.

Qué ha ocurrido con aquella forma de entender las tiendas que apoyaron vivamente los titubeantes pasos de las primeras editoriales que se lanzaron a crear rol en castellano, y que con el transcurso del tiempo han hecho dejación de sus funciones de oferta y escaparate, en aras de un comercio seguro (cartas, figuras, traducciones de juegos punteros, etc...), que ha dejado al aficionado en manos exclusivamente de las tendencias marcadas por los viejos y los nuevos gurús (revistas generales, distribuidoras, internet...), y que ha llevado a las editoriales españolas a reducir drásticamente su presencia en las estanterías hasta el punto de que parecen la chistera inexcusable del mago de la función de fin de curso: bonita en el espectáculo pero prescindible porque siempre hay recambio.

Qué ha ocurrido para que las empresas de distribución que aglutinaron a su alrededor a las editoriales que hacían rol en castellano, como garantía de su independencia y apuesta segura por el crecimiento de una afición ávida de alternativas a la que decían servir, se hayan convertido en censores previos de la calidad o utilidad de las creaciones españolas, marcando el paso de las tendencias mientras hacen caso omiso de su labor de útiles y necesarios intermediarios entre las editoriales y el público, relegando al rol creado en castellano a mero comparsa de la marcha victoriosa de los superventas que arrasan el mercado, lanzando a sus editoriales a un camino de empobrecimiento logístico y económico que a la larga reduce las posibilidades de nuevos proyectos y las aleja todavía más del minorista y el consumidor.

Qué ha ocurrido para que las revistas especializadas hayan abandonado el espíritu voraz con el que nacieron, cuando trataban de informar de todo, incluso de lo que se hacía aquí, y que poco a poco han ido dejando a la afición literalmente vendida ante la incursión de material foráneo repartido en secciones de noticias, reseñas y críticas, desplazando lentamente la oferta que se hacía desde dentro, asfixiada por la falta de espacio y medios, al lugar más oscuro del armario.

Qué ha ocurrido con aquellas editoriales que decidieron ganarse la vida con esto de crear rol y que han ido desapareciendo paulatinamente, o han claudicado en sus pretensiones profesionales y malviven al rebufo de otros trabajos, o sobreviven como pueden mientras el mercado ha crecido en oferta y dimensiones pero paradójicamente les ha dejado sin sitio.

Qué ha ocurrido con aquella afición despierta que parecía no dejarse engañar, que surgió en plena adolescencia y devoraba cualquier propuesta, para que haya decidido pasar de todo, o irse a otras cosas, o que ha dado pie a pequeños grupos de presión que imponen criterios maduros que delimitan la frontera entre lo que es rol y lo que no lo es, impidiendo el despertar de nuevos aficionados a propuestas tan sencillas como aquellas que les trajeron al rol pero que ahora no cumplen con las expectativas de sus cultivados y delicados paladares.

¿Qué ha ocurrido? Nada. Lo triste es que parece que no haber ocurrido nada. Puede haber quien se sienta tentado a entrever un mensaje victimista a lo largo de estas líneas. No lo pretendo. Si pongo el dedo en mis propias llagas es porque a estas alturas tengo más miedo a publicar que el que tenía hace unos años y eso, desde la reflexión, me lleva a barruntar que ha pasado algo de lo que no tengo plena conciencia, pero que noto y siento hasta el punto de tentarme la ropa en cada nueva iniciativa que abordo.

Sigue habiendo interés, sigue habiendo ganas pero ahora hay un miedo que no había y de eso puedo dar fe. La actualidad nos muestra como realidad una tendencia a la traducción masiva de los mismos productos que importan las distribuidoras anexas a las editoriales que traducen, agravando la situación de las editoriales que nos buscamos la vida en el país desde la devastadora constancia económica que hace más viable, y menos arriesgado, vender traducciones de grandes éxitos y distribuirlos, que apostar por fomentar alternativas realmente originales, siquiera apoyando desde sus estructuras la creación de núcleos de desarrollo de proyectos en castellano. Hay excepciones, lo admito, y he apoyado públicamente su existencia y sus esfuerzos, pero sigo echando en falta aquel espíritu de aventura que tuvo su clímax alrededor del año 94, cuando también había pequeñas editoriales que traducían en modo free lance y que lamentablemente han desaparecido por entero del panorama editorial patrio. No voy a preguntar por ellas, me temo que la inercia general las aparcó como ha ido aparcando a las que creaban rol en castellano, sólo que para ellas no ha habido recambio.

Miro a las empresas que se animan a intentarlo, charlo con algunas, y debo ser sincero: lo tienen muy crudo. La batalla ya era desigual, por medios, por capacidad y por oportunidades, pero en estos momentos en que parece que se trata de rescatar o potenciar nuestra mermada cultura del rol, no puedo por menos que hablar de mis propios temores, por si sirven de algo. No estoy pidiendo una cuota de pantalla ni una labor de tutelaje, ni la creación de una reserva protegida; ni siquiera pretendo que las distribuidoras, tiendas o editoriales abandonen su lógico y respetable ánimo de lucro seguro. Tampoco estoy en contra de las traducciones, son útiles, necesarias y beneficiosas para un crecimiento sostenido en el que creo fervientemente que hay sitio para todos. Pero si queremos hablar de cultura del rol será necesario lograr el enfoque correcto, desde la perspectiva histórica (ya la tenemos) y desde la de futuro, y para alcanzar esta última hay que hacer una pregunta muy en serio ¿será posible disponer de una cultura de rol sin una industria que cuente con valores de creación propios? Me temo que no.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº61, con fecha 12 de agosto de 2002.

El Chupacabras


Los manuales de buenas costumbres prescriben como educado saludar a los recién llegados,  así que ¡bienvenidos, abandonad toda esperanza! Dicho queda.

He habilitado este archivo para que sirva de hemeroteca virtual a quien se encuentre ante la amarga tesitura de sentirse abandonado entre tanto silencio. Sospecho que habrá pocos, pero el esfuerzo de realizar la revisión de lo que pensé u opiné hace ya siete años, me merece la pena, si como intuyo, sirve para que uno solo de esos desamparados que se están dando de bruces con la cruda realidad que ha destruido las numerosas referencias al mundillo que no hace tanto existían, localiza siquiera un peldaño donde poner su pie.

En otro orden de cosas, estos artículos de opinión, son eso, opiniones, y conviene matizar que son obra de un tipo (yo) que por suerte o por desgracia ha visto la industria de los JdR en primera línea, y desde hace la friolera de 18 años, y que para colmo desarrolla su actividad profesional en ámbitos muy similares. Por tanto, son reflexiones que aunque no vayan a misa, nunca lo he pretendido, sí pueden ofrecer una visión más amplia que aquellas a las que nos tiene acostumbrados la inercia que gobierna el destino de nuestra modalidad de ocio.

Por último, he denominado El Chupacabras a este blog, como un sencillo homenaje a Jorge Coto, quien me brindó la oportunidad de escribir en el e-zine The Freak Times, para posteriormente dar cobijo a mis contribuciones en una sección regular que se llamó así.

¡Que lo disfrutemos!