jueves, 18 de junio de 2009

Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho


En esto de hablar semanalmente, o diariamente, en las listas, sobre temas que nos envuelven, tocan o rozan, ocurre que a veces se da por entendido que te estás refiriendo exclusivamente a algo sin que hayas tenido intención de hacerlo. La situación se da cada cierto tiempo: un colistero le dice a otro que si quería decir tal o cual cosa lo podía haber dicho y haberse dejado de circunloquios —a mí me ha pasado ya algunas veces—. Luego vienen la explicaciones más o menos convincentes del otro (mías), las exculpaciones o la reafirmación de lo dicho, y toda la sustancia suele perderse en el batiburillo de la conversación.

Y es que en el asunto de las alusiones nos parecemos mucho a las familias en las que hay varios hermanos o hermanas. Nos conocemos todos, nuestras andanzas, virtudes, ruindades y recuerdos se apelotonan a la espera de que en algún comentario se intuya que te estás refiriendo a aquella rencilla que surgió cuando llevabas pantalones cortos y peleabas a brazo partido por la posesión de los patines tras el reparto del botín de Reyes. El caso, decía más arriba, es que este tipo de situaciones son demasiado habituales en las listas como para no prestarles un mínimo de atención, y esta semana he caído en la cuenta de su posible raíz, por fin. Así las cosas he tratado de formular una base sobre la que poder aclarar la situación y he encontrado que pasa, también, algo muy similar a lo que ocurre cuando alguien habla de temas morales, que sin querer, todo el mundo entrevé referencias directas a la Derecha Política o a la Iglesia, y es que estos dos ámbitos (social y religioso) han buscado con ahínco el aglutinar a su alrededor la esencia de lo moral, muchas veces apropiándosela en exclusiva.

Cuando nos referimos a la moral y sus consecuencias (o responsabilidades) tocamos sin querer la fibra de quienes precisamente la enarbolan como garantía de su forma de ser. Luego viene que al que fuera Primer Ministro británico le han encontrado un parche cutre y mal cosido a su matrimonio, en un asuntillo que se trajo con una ministra titular de su gabinete; o que las inmoralidades resultan ser moneda común en todo el orbe, a manos de sacerdotes, políticos, maestros o policías; el sexo, el afán de poder o de dinero… siempre tocan para manchar a los mismos, a los que precisamente se pasan la vida pontificando a los demás que esas cosas que tanto les gustan a ellos son malas e inmorales para el resto de los mortales.

Mala cosa es izar una bandera que no se puede defender, pero peor me parece eso de que se sientan aludidos constantemente, o que alguno crea que les aludes, porque implica que además de pretender que traguemos con el doble rasero que se aplican, quieran, además, preservar su integridad intachable como si los demás fuéramos unos imbéciles.

Desde un púlpito o un estrado es muy sencillo hablar de lo divino y lo humano porque nadie te replica —no creo que haya mucha contestación a este respecto—. Manosear los contenidos, tergiversarlos, mentir a secas, es tremendamente fácil cuando no hay oposición, y es que a los que hablan de moral se les cae el tinglado en cuanto hay un mínimo de contraste o claridad, porque la claridad no conviene en absoluto a los que tratan de apropiarse de la Verdad (con mayúsculas) para comerciar con ella mientras se aleccionan y adoctrinan las actitudes serviles que les permitirán seguir manteniendo su integridad. Y me viene a la cabeza una frase de Noam Chomsky: «Nos hemos habituado tanto a vivir instalados en esa constante falacia que estamos perdiendo la capacidad de analizar lo que sucede desde los hechos y desde los datos de la realidad». Bueno es Chomsky para estas cosas.

En mi humilde opinión, en nuestro mundillo ocurre lo mismo, y lo digo sin resquemor ni segunda intención alguna. Se ha pontificado demasiado, se ha aleccionado en exceso, y que hay quien enarbola la palabra Rol como si fuera exclusivamente suya. Pasado el periodo de dominio intelectual, acabado el sarpullido de la conciencia clara y el pensamiento único —cuando los garantes de la fe utilizaban sin descanso términos como sentir general, opinión general o cualquier cosa con contenido generalista—, la realidad comienza a abrirse paso y a campar por sus respetos. Tímidamente, al principio, surgen las primeras disensiones, se tachan de herejías y asunto concluido. Pero hete aquí que surgen las segundas y terceras, aumentando la presión y desfaciendo entuertos, y los aficionados comienzan a ver atónitos cómo el velo del templo sagrado tiene más grietas y rotos que el cuartel general de Arafat. Se rebate entonces con descalificaciones públicas o privadas por ver si se menoscaba la integridad de los denunciantes y pierden peso.

Llegados aquí, desde mi punto de vista y en lo que me toca, lo sencillo sería dejar las cosas como están, no remover el terreno, callar y tirar para adelante porque no ganamos nada por este camino —me lo han recomendado muchas veces, no os creáis—… Pero es el caso que sin querer se vuelve a pontificar sobre lo que es rol o no lo es, lo que conviene al rol o no le conviene, etcétera. Y si te opones a las máximas estandarizadas te sueltan aquello de: ya estás con lo de siempre, tío, cambia de rollo o para que se te entienda necesitarías que el que te lee tenga conciencia de causa.

No señor. Si el que dice algo aporta datos por los que se siente aludido alguien, el problema es de ese alguien. Ni más ni menos. Cualquiera puede coger un manual de los que editan las compañías e irse a una imprenta a que le hagan un presupuesto de impresión. Lo mismo si quiere saber cuánto costaría la fotomecánica. ¿Quieres saber cuanto cuesta la maquetación de un libro? Pues te coges las páginas amarillas y llamas a cualquier empresa que se dedique a ello. ¿Precios de las traducciones, de las ilustraciones, etc.? Hay empresas y profesionales a porrillo que te dirán cuánto se cobra por folio o por tipo, por ilustración o por lo que sea.

Vamos, que en esto del tema de las alusiones creo que hay más tela que cortar en el terreno de los aludidos que en el de los que parecen aludir, porque es el caso que es muy fácil encontrar los datos necesarios y suficientes para saber lo que es cierto y lo que no lo es. Así y todo, si el que se da por aludido se ofende, me temo que habrá que valorar en qué medida la ofensa está sustentada en la propia verdad expuesta, o por contra, en la mentira desmantelada, y si éste es el caso, habrá que valorar también cuál es el interés del aludido en vivir rodeado de falsedades.

He pasado la tarde de ayer revisando las listas en fecha de un año atrás. Cualquiera de los argumentos planteados en aquel entonces, ahora tendrían en contra algunas opiniones bien sustentadas (sinceramente espero que fueran muchas, y no penséis que hablo sólo de mis contribuciones), que manejan datos defendibles y contrastables. Opiniones sobre tiradas gigantescas, calidad de papel, el color de los libros y su incidencia en la caída de algunas empresas, etc… —sólo en cuanto a edición, no voy a mencionar las barbaridades e incoherencias que he leído sobre distribución, porcentajes o carestías varias—, serían contestadas con mayor seriedad, y algunos flames se habrían quedado en simples chispas.

Se han soltado las lenguas en nuestras listas, creo que es evidente, y es que a veces suele ser muy productivo hacer bien la pregunta. Hace dos o tres semanas contesté públicamente a una persona que preguntaba por el asunto de los precios de un libro y si resulta más barato hacerlo en blanco y negro que a color. Por privado, cada cierto tiempo, alguien me pregunta por cómo se edita y qué hace falta hacer para comenzar. En la lista de uno de nuestros juegos he hablado un par de veces de lo mismo. Si esto ocurre es porque la gente quiere seguir sabiendo, y si esto molesta, sólo puedo decir que es problema del que se siente molesto porque se desvela lo que él no quería contar, y él sabrá por qué tiene ese interés, que en valorarlo no me voy a meter. Ya lo dije, pero creo que conviene repetirlo: el precio lo pone el editor y lo avala con la calidad que ofrece su producto. No hay más. Si convence al aficionado éste comprará de buen grado. Si no le convence, es lógico pensar que puede no comprar, o comprar pero agarrando un serio rebote.

Ahora bien, si la cuestión de las formas pasa porque hay que aceptar el trágala de que las cosas no pueden ser de otra forma por cuestiones de costos, diré públicamente o por privado que no es así. Si hay quien dice que las empresas de otra época se fueron al carajo por factores como los costes, seguiré diciendo que nones. Si alguien me dice que ahora mismo hay sobrecarga editorial (demasiada oferta para poca demanda), le pediré que analicemos juntos quién sobrecarga el mercado y por qué, porque a lo peor no estamos de acuerdo y hay quien vuelve a sentirse aludido.

¿Esto no es rol, y no interesa?, entonces ¿qué es rol, y qué interesa? Los que acostumbran a sentirse aludidos siempre, comienzan a rasgarse las vestiduras al grito de ¡anatema! en cuanto alguien contradice la tesis que ellos han impuesto, pero es que opinar es libre siempre que haya una buena base desde donde hacerlo, y además, dice el dicho popular que para gustos son los colores, y sospecho que será por algo. En las listas hay economistas y estudiantes de Económicas, abogados y estudiantes de Derecho, filólogos y estudiantes de Filología, universitarios, estudiantes de Secundaria o Bachillerato, amantes de los cómics, de la música, traductores, dibujantes, libreros, editores… ¿De qué quieren que hablemos los que se sienten aludidos siempre?

Es cierto que hablar de orcos y magos no lleva ningún peligro, pero es que somos personas intelectualmente sanas, con intereses variopintos y muchas veces con ganas de conocer más y mejor lo que nos traemos entre manos. Impuesta la perspectiva de que editar es muy caro, no nos debe extrañar que haya quien no se atreva a ponerse a ello. Impuesta la perspectiva de que estamos muy bien, tampoco nos debe extrañar que haya quien no quiera cambiar un ápice su forma de entender su profesionalidad. Impuesta la perspectiva de que este mundo es muy complejo (el de la edición, distribución y venta de Juegos de Rol), menos ha de extrañar, entonces, que al primero que se tercie se le tape la boca con un reguero de incongruencias que no se soportan; y así las cosas, las listas devienen en lugares muy tranquilos (como capillas durante un rosario), donde se habla de lo que hay que hablar, o sea, de nada que lesione a los que se sienten aludidos a las primeras de cambio, a los garantes de la llama, a los sumos sacerdotes del Oficio, a los que se creen que el Rol es sólo suyo.

No os sorprendáis, que no somos tan diferentes al resto del mundo, ya hablaré otro día de nuestra manía de mirarnos el ombligo.

Lo dicho, me temo que en esto, como en otras cosas: ¡Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho!

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº72, en la sección El Chupacabras, con fecha 28 de octubre de 2002.

miércoles, 10 de junio de 2009

Autores de segunda


En esto de la cosa pública —escribir para este boletín informático parece ser más público de lo que cabría pensar—, hay que hilar muy fino en las consideraciones que haces, que luego las aclaraciones posteriores quedan un poco sobre falso. Y es cierto que hice una sobre los traductores como autores de segunda, más con la intención de menoscabar el orgullo de los que acostumbran a subirse a la chepa de cualquier cosa que se mueve, sin parar en los resultados, que con ánimo peyorativo. Nada más lejos que minusvalorar el trabajo de unos tipos que me merecen el mayor de los respetos, porque uno (yo), recurre a las traducciones como todo bicho viviente para enterarse de lo que se cuece por el mundo. Por si fuera poco, yo también, en lo profesional, soy considerado autor de segunda por los que creen entender de estas cosas, al menos en mi faceta de ilustrador y diseñador.

¿Disculpa?, no. ¿Aclaración?, pues puede, porque ya va siendo hora de romper una lanza por el público reconocimiento de nuestro trabajo, y esta vez me refiero a los ilustradores, diseñadores y por supuesto a los traductores; que nuestra contribución a la confección de libros, además de mal entendida, está mal pagada y rara vez se valora como se merece, y en lo de luchar por nuestros derechos somos compañeros de armas.

Como en botica, en esto de la edición hay de todo: traductores, ilustradores y diseñadores que habría que mandar a galeras o enterrar en lo más profundo de una mina, y otros que contribuyen a dignificar el original, incluso a mejorarlo con su intervención. Pero lo cierto es que en un caso o en el otro, no hay tradición de remarcar esta contribución salvo en la página de créditos, y eso que en España se traduce mucho (24,8% de la producción total, según cifras oficiales).

Por no irme por los cerros de Úbeda, os puedo contar que a mí, personalmente, me llevan los demonios en cuanto un jilipuertas se autodenomina ilustrador infantil por poner a sus monigotes ojos grandotes y gestos idiotas, o ilustrador juvenil porque utiliza estilo manga en sus realizaciones. Ese jilipollas está cavando su tumba y encima me está impidiendo vivir como merezco. ¡Señor, Señor, que esto es muy serio!, que yo me leo previamente los libros que ilustro, tratando de coger el sentido que pretende transmitir el autor, enfatizando la gráfica donde la literatura va en plan suave, aligerando contenidos del dibujo en otros lugares para que el lector no se pierda ni una coma de la riqueza que se ha conseguido en el texto, etcétera.

Cuando diseño, igual, que no es lo mismo diseñar la maqueta de un libro para un crío de seis años que para uno de once. Con la portada, tres cuartos. Así que luego dicen de mí que parezco un camaleón y que rara vez me repito… Pero es que cada autor literario y su libro son un mundo diferentes, ¡coñe!, y si me tomo mi trabajo en serio es para servir de algo al que me ve, no para repetirme más que los ajos por remarcar mi estilo, que creo que no se trata de eso.

Doy por supuesto que los buenos traductores hacen lo propio, y que conste que también hago uso de mi sentido solidario al entender que si yo no dibujo o diseño como lo hacía antes, lógico ha de ser que cada uno, en lo suyo, empiece con la intención de mejorar, cosa que a veces se logra y otras no tanto —que yo tampoco hago plenos al quince siempre—, o que de vez en cuando te encuentres con uno de esos que parece que nació enseñado y ante el cual sólo cabe quitarse el sombrero.

¿Autores de segunda?, ¡y una mierda!, y perdonadme la expresión, pero es que llevo una buena parte de mi vida intentando que me reconozcan y me paguen por lo que vale mi trabajo, porque una cosa es lo que dice la Ley de la Propiedad Intelectual, y otra muy distinta su aplicación diaria, y en esto, como en todo, todavía nos queda mucho por mejorar y recorrer. Cosas de la tradición cultural en que vivimos, diríamos. La L.P.I. por sí sola no nos aclara gran cosa si no comprendemos que sobre la utilización de ideas, textos o imágenes (el diseño de un libro también es imagen), hay una escala de valores que prima sobre la legalidad y la sujeta a consideraciones subjetivas. Uno de ellos es la diferente valoración que se da a una factura y a un contrato, por ejemplo —la de veces que hay que explicarle a un editor que una factura no le hace poseedor de lo que has vendido, salvo en su vertiente física y en uso limitado, porque la idea sigue siendo tuya—. Otra es la auténtica función como autores de los que intervienen en la confección de un libro, y es aquí donde realmente duele.

La relación entre lo reproducible y lo transformable me parece más que evidente, y me consta que cualquiera con un mínimo de capacidad intelectual entendería a un autor que levantara la voz porque se ha cambiado el texto original compuesto por él, por ejemplo. Por mucho Derecho de Transformación que haya transmitido al editor, la versión ofrecida por éste no deja de ser una canallada moral y una falta de respeto absoluta para con el trabajo del autor y para con el público al que va destinado, aunque pueda ser perfectamente legal, y así lo entendemos todos. Así que el que más o el que menos ya se puede imaginar de qué van los puntos suspensivos en la entrevista a John Tynes (RPG Magazine, nº2), sin mayores explicaciones.

Sin embargo, que a un traductor le amplíen o reduzcan el texto por necesidades de la maqueta, o que al ilustrador le recorten una imagen, o se la pongan en blanco y negro cuando la hizo a color, o al revés: que coloreen una que hizo en blanco y negro, o que la cambien de sitio; o que al diseñador le revienten el diseño y la organización que con tanto mimo ha preparado, sólo porque hacía falta o era indispensable… parece que es cosa bien diferente, como que no importa; y encima, si ha vendido los derechos de Explotación (reproducción, distribución, comunicación pública y transformación) no hay manera de meter mano por mucho Artículo 14 que exista (Artículo 14. Contenido y características del derecho moral. 4: Exigir el respeto a la integridad de la obra e impedir cualquier deformación, modificación, alteración o atentado contra ella que suponga perjuicio a sus legítimos intereses o menoscabo a su reputación.), y es que a veces parece que hecha la ley, hecha la trampa, como dice el refrán.

El Derecho de Transformación está previsto para facultar al editor a extender el beneficio de su inversión y trabajo aprovechando traducciones o adaptaciones posteriores, pero es el caso de que en manos de un desaprensivo le permite hacer lo que le venga en gana; ésa es la cruda realidad, y si lo has cedido de buena fe y en consonancia con el espíritu de la ley y no con la letra, sólo te queda quejarte, y eso si te escuchan, porque ya digo que los autores de segunda tenemos poco voto y menos voz en este aspecto.

Hombre, todos damos por sentado que hay un mínimo de honradez en las personas como para andar tranquilos por la vida, pero a veces resulta que no hay tanta, y es que hay editores y editores, y no me entendáis mal, que no hablo de mala baba, que también abunda, sino de supina ignorancia.

Un traductor, por ejemplo, es un transformador, un versionador (su intervención deriva en una obra diferente, según el Art. 21 de la L.P.I.). La ley establece que el autor del trabajo debe ser reconocido como tal (Artículos. 1, 14 y 212), pero es el caso que si el editor no comprende la diferencia que existe entre Reproducción y Transformación, puede muy bien no entender que el autor del trabajo traducido es el traductor y no el autor original (derecho que reclaman a voces los traductores literarios), y por tanto incumplirá el Artículo 64 si no lo reconoce como se merece; pero lo que es peor, su ignorancia puede vaciar de contenido el derecho moral inexcusable al que tiene derecho el autor sobre su trabajo por el sólo hecho de haberlo realizado; reconocido y bien reconocido en la ley, por mucho Derecho de Transformación que se haya cedido.

Con los ilustradores y diseñadores ocurre lo mismo, podría contar y no parar, así que meto el freno. Nuestra contribución es fundamental, sobre todo en los libros ilustrados, pero como no se toma en consideración suficiente nuestro trabajo, pasa lo que pasa: se nos paga poco, no se nos reconoce como autores, y somos susceptibles de que se nos orinen encima con absoluta impunidad.

Y es que también hay botica para los editores, y en seguida se nota si el tipo es respetuoso y lo trata de hacer bien (mima el trabajo, trata de mejorarlo y siempre con el consentimiento del autor de la obra), o por contra es un hijo de su madre que es capaz de aprovechar lo que de buena fe le has dado para sacar un provecho fraudulento, porque primero le joderá el trabajo al autor legítimo —espero que haya quedado claro—, pero quiero que conste que también estará haciendo la cusqui al consumidor, y mofándose a su cara, al venderle por obra buena una soberana piltrafa, aunque sea un perfecto ignorante o esté magníficamente anclado en la legalidad.

¿Legal digo?, sí, es legal si se ha cedido el demonio derecho de Transformación —lo he dicho y lo repito si hace falta—, pero de lo que no debe quedar duda es de que una actitud negligente o despachada del editorcete de turno resulta profundamente inmoral, y si bien produce una fuerte merma en la calidad de lo que ofrece, no es menos cierto que produce un grave daño, a veces irreparable, en el mercado al que va dirigido, porque el consumidor cree que está disfrutando de lo que los autores han hecho, y que paga por ello, y eso no es cierto.

En el caso que comenté en la lista (el de mi reciente pleito por plagio), me salvó la campana y lo puntilloso de mi carácter —para que veáis cómo es la cosa de sutil—. Os cuento: un sencillo para delimitaba en las facturas emitidas el derecho de Reproducción y cerraba el paso al de Transformación. De no haber existido esa preposición: ¡a joderse, ajo y agua! Lo dicho, que me salvé por los pelos y porque mi abogado es un lince.

El caso es que la utilización indebida de mi trabajo, su transformación (a veces aberrante, como el seccionado de cabezas de unos de mis dibujos que habían sido implantadas en monigotes hechos por otros), la utilización indebida de mi nombre, el traslado de unos dibujos hechos hace años a libros nuevos, etc., ha originado que la indemnización sea abultada y se me restituya a porcentaje en un reguero de productos, después de dos años de lucha y toda vez que el editor de marras le vio los dientes al lobo y echó cuentas ante una demanda que no hizo falta ser presentada ante el juez.

Qué queréis que os diga. Estoy contento, no lo voy a negar, pero lo que más me dolió de todo ello fue el silencio connivente de alguno de mis colegas (por llamarles algo) que tragan de todo con tal de cobrar una porquería y fueron incapaces de mover un solo dedo… y el tener que explicarle a un tipo que factura algunos miles de millones al año (de los de antes, de pesetas) lo que ya tendría que saber, que yo también soy autor, tal vez de segunda, pero autor, y que como tal merezco un respeto porque ayudo en buena medida a que se venda su producto.

¿Un ignorante?, desde luego, pero lo que estáis pensando, también. Eso sí, con el debido respeto.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº71, en la sección El Chupacabras, con fecha 21 de octubre de 2002.

miércoles, 3 de junio de 2009

El plagio


«Han encontrado un zulo en la sede de Ludotecnia». La verdad es que no me extrañaría que lo encontraran dado el lastimoso estado de revista en el que permanece nuestra editorial, pero a que la cosa del zulo lleva su aquél. Pues bien, gracias al uso y al abuso de esta palabreja del euskara por parte del periodismo, cualquiera que no sepa lo que realmente significa entendería que en nuestra sede se guardan desde armas a cachivaches varios, de los peligrosos. Pues bien, «zulo» es una palabra que determina un agujero excavado en el suelo, una oquedad donde los labriegos guardaban tradicionalmente la pitanza de las inclemencias del tiempo, o donde los pastores dejaban a buen recaudo algunos aperos sencillos con los que ayudarse cuando hacía falta.

Juego a rol, y qué si eso es peligroso… Mirar el diccionario no nos va a servir de nada, lo que imprime carácter a la palabra con la que denominamos nuestra afición es su sentido extendido. Está mancillado (de momento), y eso es lo que cuenta.

Lo prometido es deuda. Plagio es una de esas palabras que con el tiempo adquieren un significado que no le es propio, pero que ya no hay quien se lo quite. Basta echar un vistazo a un diccionario para darse cuenta de que no es sino vulgar copia de algo haciéndolo pasar por propio. Los sinónimos más comunes: fusilamiento, calco, copia, refrito... no hacen sino afianzar el contenido peyorativo que tiene en su origen, es decir, que el plagio es una copia vil, y el que hace plagio es un cutre que trata de dar gato por liebre.

Hasta donde he podido llegar (si me echáis una mano en este aspecto sería de agradecer), la acusación de plagiar algo creado por otro significaba menoscabar el orgullo del plagiador, vamos, que al supuesto plagiador se le dejaba a la altura del barro por mezquino en cuanto alguien se lo achacaba y demostraba. No había, por tanto, un interés en meterle entre rejas, sino en dejarle con el culo al aire, si me permitís la expresión. Como quiera que el periodismo moderno es capaz de barbaridades lingüísticas de todo tipo sin que se le arruguen las solapas, la palabra en cuestión ha venido a significar delito de copia —sin que la ley avale este término—, y sinónimo de delito contra la propiedad intelectual, porque queda más bonito decir que se celebra un juicio, o hay demanda, por plagio, que decir que lo que hay es un juicio por transformación indebida, o que la demanda en cuestión es por denominación incorrecta. Estamos, por tanto, ante una palabra que degradaba antes, y que acusa en la actualidad.

Por enfocar un poco el asunto, hay que decir que plagiar no es malo en sí; es una cutrez y queda la mar de mal visto —que en esto de la creatividad como el ascenso es muy rápido, en cuanto te pillan el descenso resulta vertiginoso; así y todo, hay quien aguanta el trompazo y hasta es modelo de portada—. Como en el caso que expuse la semana pasada al respecto de las fotocopias: la explotación del plagio es lo que es ilegal; es decir, que hace falta sacar un provecho económico para que la copia sea delito, lo que origina, por ejemplo, que le podamos recitar poemas compuestos por Miguel Hernández, García Lorca, Quevedo, etc., como si fueran de nuestro cuño, a esa persona que tanto estimamos y por la que somos capaces de decir que son nuestros, sin que nos pase nada (en lo legal, se entiende).

El uso privado de la copia barata está más extendido de lo que cabría imaginar, incluso conozco compañeros que a falta de imaginación se han currado unas magníficas reproducciones que habían visto en tal o cual libro. Bien es verdad que lo han hecho a mano, y eso es atenuante, pero no deja de ser una cosa que como poco puede producir bastante lástima.

En el aspecto público de la cosa es donde cabe hilar muy fino y diferenciar lo que supone copiar, de basarse en, homenajear a, rendir tributo a, extraer de, etc. Basta mirar un poco lo que tenemos cerca y a mano para entrever que hay mucho trabajo que se basa en otro trabajo, o que lo homenajea, o que ha extraído elementos para concretarse, y los ejemplos llenarían este html y otros más.

Cualquier disciplina científica o cultural, parte de la base de la apropiación por parte del educando de modelos básicos realizados por otros, hasta su absoluta asimilación. De esta asimilación deviene el uso posterior que se habrá de dar a lo aprendido, lo que no quita que partamos de. Así las cosas, si nos pusiéramos picajosos, todos seríamos unos plagiadores, en mayor o menor medida (estructuras semánticas, formas de concebir los espacios, formulaciones matemáticas, formas de realizar, etc.). Vamos, que no nos salvamos, porque la base de nuestra cultura está en el uso de lo que hicieron otros.

Ser creativo es complicado. Partir de una base reconocible y ser capaces de aportar algo que cambie el modelo establecido convirtiéndose en algo nuevo, la verdad es que está al alcance de muy pocos. A causa del reconocimiento debido a tamañas proezas, tendemos a ensalzar estas actitudes y a dignificarlas, y es aquí donde nace el respeto que tenemos ante lo que consideramos creativo, es decir, lo nuevo.


Lo que aprendí en la facultad de Bellas Artes me va a servir, por fin, para algo. Velázquez fue un genio no porque pintara caballos de maravilla, o porque sus escenas de palacio parezcan fotografías. No, se le considera genio porque fue un precursor de movimientos pictóricos mucho más posteriores (los planteamientos básicos del impresionismo y el cinetismo, por ejemplo, ya aparecen en algunos de sus cuadros). Su juego de espacios en Las Meninas, debería corresponder a un hombre que como poco debería haber vivido dos siglos después. Ahí está su grandeza y su magia, su creatividad y su genialidad. Si tomamos a Goya como ejemplo volvemos a lo mismo, es precursor del realismo y del expresionismo. Ambos ejemplos nutren y sirven de ejemplo a los movimientos que les suceden, pero ahí queda su trabajo. En sentido contrario tenemos, por tanto, homenajes serios a aquel trabajo. Picasso homenajea a Velázquez en algunos de sus cuadros; Bacon hace lo propio en algunos de los suyos, y otros tantos más que os ahorro el describir, hacen lo mismo. La historia del arte pictórico o escultórico está lleno de este tipo de circunstancias, de hecho, el Neoclasicismo existe como periodo gracias a que retoma elementos ya creados por griegos y romanos, claro que estos no entendían de derechos de autor.

Sobre literatura no ando tan puesto, así que me remito a un amable mensaje aparecido en la lista esta misma semana, y en la que se exponían de una forma muy esclarecedora las condicionantes atenuantes de lo que suponemos como plagio en la obra literaria.

Y es que lo de la autoría como garantía o certificado de creatividad, viene de muy reciente. La industrialización originó que cualquier cosa fuera susceptible de ser aprovechada económicamente —las ideas también—, y así las cosas hubo una creciente necesidad por acotar este afán de lucro desmesurado, surgiendo los primeros contratos de reconocimiento, en los que se hacía partícipe al autor literario del beneficio obtenido con su obra. Con los ilustradores ocurrió otro tanto, pero la legislación les tuvo en cuenta muchísimo más tarde. Antes llegaron las cosas de las marcas y las patentes, y mucho más tarde las del diseño. Aunque no os lo creáis, a los traductores se les ha reconocido su trabajo hace bien poquito. Sorprende cuando pides permiso para que te dejen utilizar un fragmento de una obra que no tiene derechos caídos (no existe responsable legal de ellos), y te dicen que ni saben ni recuerdan quién hizo la traducción. Y es que en España no se estilaba lo de poner traducción de, ilustraciones de o diseño de, hasta que se hizo normativo después de la dictadura, creo. Había quién traducía, cobraba por ello y punto. También había quien ilustraba y ni se molestaban en ponerle la firma.

Los EE.UU. nos han llevado un montón de años de ventaja en esto de preservar la integridad de la obra. Pero después de la era Reagan, cuando ya se había desmantelado la legislación antimonopolio y magnificado el sentido de los copyright de las grandes marcas para favorecer su incursión globalizadora, las actuaciones de estas han ido generando una jurisprudencia posterior que ha ido, poco a poco, permeando los diferentes substratos en los que se localizan los diferentes autores (por aquello de la iniciativa privada que tanto les gusta), con lo que ahora, la justicia americana tiene muchos y variopintos casos de defensa de los derechos de autor frente a plagios (supuestos o reales). De aquí viene nuestra sensibilización española al respecto, me temo.

Ya lo dije, pero cabe recordarlo. En 1996, y de la mano de Doña Carmen Alborch, en España se implanta la legislación sobre Propiedad Intelectual que disfrutamos. Según los que entienden, de las más avanzadas del mundo y muy restrictiva frente a los abusos, a decir verdad, dicen que demasiado.

El artículo de esta semana pretende ser un lugar de paso desde donde comenzar a entender este mundo complejo en el que es fácil confundir los conceptos a manejar. Sólo es eso. Básicamente podemos concluir por hoy que para que haya plagio (tal y como conocemos esta palabra a día de hoy) deben existir graves infracciones sobre la Transformación, Traslado y Denominación de una obra anterior, que tendrán como destino un uso especulativo sobre el resultado final. Evidentemente, nuestro mundo de ediciones de Juegos de Rol, como parte integrante del de la edición general, es una de las zonas sensibles a esto de trabajar con la creatividad con el debido respeto y en el marco legal.

Sin interés económico no hay infracción. Y para que exista deben concurrir una serie de circunstancias que pretendo ir desgranando en el artículo siguiente y aún el que puede seguirle, porque la verdad es que dispongo de abundante material de referencia. Pero como ya dije, refiriéndome a él en el artículo de la semana pasada, hay mucho de ignorancia en ello, y bastante menos de mala fe de lo que podría pensarse.

Desde la confianza en que todos hacemos lo posible para actuar legalmente, producimos y consumís, y es necesario recalcarlo antes de comenzar a profundizar en los múltiples aspectos que ofrece un supuesto plagio cuando lo analizas, o en aquellos otros que nos permitirán entrever una infracción en algo que aparentemente no lo es.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº70, en la sección El Chupacabras, con fecha 14 de octubre de 2002.