jueves, 30 de julio de 2009

Deterring Democracy


Una de las cosas buenas que tiene ser ilustrador y escritor infantil (trabajo en el que invierto gran cantidad de horas) es que de vez en cuando te mandan a un colegio a que charles con los críos y les cuentes batallitas sobre la obra y milagros de los denominados autores. Lo pasas bomba, los niños y niñas son un caudal inagotable de ideas y para ser sincero debo decir que disfruto más entre chavales que conversando con adultos.

Bien es cierto que este estatus que me he ganado a pulso tiene otras ventajas, como son que de vez en cuando te hacen una entrevista con foto o te invitan a unas Jornadas Nacionales, con buena remuneración (no me extraña que algunos colegas pasen más tiempo dando vueltas por el territorio patrio que escribiendo o dibujando). Nada especial, no os creáis, lo bueno de esta circunstancia es que la familia, tu familia, que siempre ha visto con precauciones esta faceta bohemia tan tuya, se siente orgullosa y deja de darte la vara, al fin y al cabo tienen a alguien importante en casa, y eso da mucha tranquilidad cuando quieres hacer rol, por ejemplo.

Fuera de bromas, asistí como suplente (Antton Irusta no pudo hacerlo —Antón Irutza en el folleto para los que tengan acceso a él—) a las Jornadas de Literatura Infantil y Juvenil de Albarracín, celebradas el año pasado (24 a 27 de mayo), con la intención de integrarme en la mesa redonda El arte de Ilustrar (cosa que hice junto a José Luis Cano, Ana González Lartitegui e Isidro Ferrer), y de hablar sobre Los Juegos de Rol como Literatura Juvenil (cosa que no hice por problemas de tiempo y densidad de charlas y mesas redondas); el caso es que pasé muy buenos ratos escuchando a los participantes y paseando por ese lugar maravilloso de Teruel (un vivo de medieval entre sus calles quitaría el hipo a cualquiera).

Entre las charlas que se nos ofrecieron hubo una que me llamó poderosamente la atención y de la que procuré no perderme una coma. Se titulaba La literatura infantil española en Estados Unidos: en ella, Maribel Cruzado (McGraw Hill), nos contó los avatares y circunstancias de la edición en los EE.UU., con pormenores y enorme cantidad de datos, y cómo no, también habló de la censura que rodea la edición de libros y que al parecer afecta a todas las editoriales, desde las más pequeñas a las más grandes (McGraw Hill es un gigante, con algún medio de comunicación entre sus manos).

Como quiera que me acababa de leer Los guardianes de la libertad (Noam Chomsky y Edward S. Herman; Ed. Crítica, Barcelona, 2000), andaba yo un poco sensible al respecto de las fórmulas que tiene la sociedad en general (la de los U.S.A. en particular) para imponer sus criterios, y muy preocupado con la censura de todo material editado.

Antes de que esto sucediera, yo pensaba que lo de la censura se ceñía sólo a aspectos gráficos (desnudos y esas cosas), de hecho, en 1997, una editorial inglesa nos propuso el retoque o eliminación de alguna teta y algún cigarrillo en uno de nuestros libros si queríamos que lo tradujeran. Pero bueno, a lo que iba, que siempre me acabo yendo por las ramas, que después de lo leído por mí y lo dicho por Maribel, la cosa de la censura parece que nos toca mucho más hondo de lo que parecía, y de eso quería escribir esta semana.

A nadie se le escapa que el aspecto gráfico de los Juegos de Rol que vienen del otro lado del charco (en Europa lo llevamos mejor) gozan de una limpieza de contenidos que para sí quisiera la Biblia. No, no me refiero a que no aparezca sangre o pistolas o esas cosas que a los americanos les parecen tan ligths y que ponen en entredicho su interés en que no aparezcan ni el tabaco, ni los pechos, ni los culos desnudos (no hablemos de las zonas que tienen pelo y que no están en la cabeza), no, me refiero a la sutileza para que un paño tape un pedazo de posaderas, o que una cinta tape precisamente los pezones de la hechicera, dejando al descubierto una masa volumétrica sólo posible a base de silicona.

Ya me sorprendía, en mis años mozos, la forma que tenían las chicas de las películas de taparse con la sábana (con lo que cuesta hacer de nuevo la cama) cuando se levantaban a coger el cigarrillo después de lo que se suponía había sido una noche caliente —antes, el fumar no estaba mal visto, que las multinacionales tenían mucho cuidado en eso de ejemplificar que un buen polvo no lo era si no se culminaba con el encendido de un buen cigarro—, o cómo el chicarrón de turno hacía maravillas y contorsiones para sólo dejarnos ver su trasero (el trasero de un actor no producía los mismos efectos que el de una actriz) después de levantarse precipitadamente para coger el teléfono (de espaldas, por supuesto).

Qué tiempos. Con el paso de los años nos hemos ido acostumbrando a ver de todo, y es que el otro día me ocurrió una cosa bastante graciosa. Acabábamos de ver La comunidad del Anillo por tercera vez, cuando pusimos Atando cabos, y el caso es que Cate Blanchett interpretaba a un putón verbenero (con todos mis respetos) en la segunda, cuando todavía no nos habíamos quitado de la cabeza a la nívea Galadriel de la primera. Mi cuñada me mira porque está presente mi hijo, mientras la Blanchett se lo monta con Kevin Spacey a lo heavy, y a mí no se me ocurrió otra cosa que decir: ¡Jopelas con Galadriel!, por aquello de quitar hierro al asunto. Josu, mi chaval, lo entendió a la primera.

Para que os hagáis una idea yo tenía la misma edad que Carlitos (de la serie Cuéntame lo que pasó) cuando comenzaron a verse los dos rombos en las películas que ofrecía la única cadena de televisión, y que avisaban que los contenidos a visionar podían herir la sensibilidad del espectador, y vaya que herían. Cuando pude ver Mogambo no me cabía en la cabeza que dos hermanos se hubieran ido tan lejos, y a hacer un safari nada menos, para llevarse a matar. Tiempo después me enteré de que el censor de turno había tomado la sabia decisión de eliminar el follón de un matrimonio mal avenido y en proceso de divorcio, convirtiendo a los intérpretes en hermanos, y a su aparente explosiva convivencia en un manifiesto incesto como la copa de un pino, claro está que esto sólo era posible en aquella España.

Volviendo al asunto principal. La censura ha existido y parece que existe y persiste todavía, y en EE.UU. la cosa raya la paranoia. No hace falta que echemos demasiado la vista atrás para observar las directrices que se han establecido para la industria del cine y los medios de comunicación tras el atentado del 11 de septiembre de 2001, por no hablar de los cortes y sustituciones en películas ya realizadas (Spiderman), y desde luego que no voy a mencionar la caza de brujas o el temor reverencial que sienten por todo lo que huele a comunismo, el comics code que parece pervivir todavía, etc. Los americanos son muy suyos para estas cosas de lo políticamente correcto y lo que puede o no puede herir la sensibilidad, ya os he dicho que a través del cine y la televisión ya conocía su capacidad simuladora, pero es que al parecer en los libros ocurre también.

Maribel nos habló de los infinitos grupos de presión (comunidad árabe, negra, hispana, judía, de lesbianas, de homosexuales, antiabortistas, cristianos católicos, adventistas, presbiterianos, mormones, tabacaleras, compañías de refrescos, petroleras, y un largo etcétera que os ahorro) que hacen que un producto pedagógico o literario pase las de Caín hasta que puede ser sacado a la calle con buenas expectativas de venta —para muestra un botón: a un enano de los fantásticos se le puede denominar enano sin problemas, pero cuando hay que referirse a un enano de los de siempre, lo hacen con el término disminuido vertical, no es coña, el descojono fue general—, y yo me preguntaba si en esto del rol no estará ocurriendo lo mismo.

Cuando pude hablar en privado con ella le pregunté abiertamente si sus datos podían ser aplicados a industrias más pequeñas como la nuestra. Si bien no me aclaró gran cosa sobre el asunto que yo trataba de desvelar, sí que fue tajante en lo respectivo a que todo lo que vende en EE.UU. sufre un tipo u otro de censura, la que sea, en aras de ganar o afianzar su mercado. Los americanos pueden ser mojigatos o hipócritas, pero no acostumbran a jugar con el dinero, y si algo puede tener problemas para introducirse y vender, lo cambian.

Lo peor de la censura es cuando cala muy hondo y se hace autocensura, momento en que se convierte en algo demasiado peligroso para la autoestima pero la mar de cómodo para el sistema. Claro está que al final es una cuestión de economía, el autor valora lo que quiere decir y lo que quiere ganar por decirlo y hasta el más tonto se da cuenta de que lo que prima son siempre las alubias. Dicho lo cual no cabe duda de que el sistema funciona a la perfección con un mínimo costo. He tomado prestado el título original de una obra magnífica de Noam Chomsky, para encabezar este artículo (Miedo a la democracia; Ed. Crítica, Barcelona, 1992 y 2001), porque EE.UU. es un país extraño: proclama a los cuatro vientos su fe en la democracia y el libre comercio, los Derechos Humanos y la Libertad con mayúsculas, pero apoya abiertamente a las dictaduras más brutales, ha montado guerras para desestabilizar gobiernos, lastra con tasas las importaciones mientras beneficia con exenciones sus exportaciones, sus multinacionales producen pobreza y desigualdad allá por donde pasan...

No voy a hablar de política, tranquilos. Quiero decir que si la C.I.A. utiliza el Reader Digest para sondear o lanzar bulos, como afirma Herman; si Maribel y Chomsky tienen razón en sus apreciaciones..., me temo que algo nos toca porque nuestro mercado se nutre fundamentalmente de material americano, ante el que se compara todo.

Por si acaso, a mi hijo Josu le digo que cuando vea por enésima vez el Tarzán de la Disney, tenga bien en cuenta que no aparecen negros africanos en ninguna de sus escenas, y que a pesar de que lo más oscuro que aparece en la película son los gorilas no creo que haya habido mala intención, sino un cuidado por no herir que ha acabado habriendo una brecha mayor, y que de todas formas Africa es profundamente negra y de sus habitantes, que son personas como nosotros, que no hay mucha diferencia entre sus lanzas y los misiles que usamos los llamados pueblos civilizados para dirimir nuestras disputas. También está leyendo El Señor de los Anillos, a ratos, y también le he prevenido de que La Comunidad está integrada por varones blancos dado que las mujeres de la historia son importantes pero tienden a estarse bastante quietas (de raza blanca todas ellas); que los malos son cetrinos, oscuros o negros, al igual que los Nazgull, y que cuando son dirigidos por alguien, ese alguien es un blanco traidor (Saruman) o la oscuridad más absoluta (Saurón). Como Gandalf se convierte en el Blanco después de ser el Gris, y como los mejores de los mejores son los elfos que son los más blancos de todos, lo de la supremacía blanca queda bastante claro, pero que de ello sólo debe entresacar que Tolkien era un sudafricano hijo de su tiempo, sin menoscabo de la grandeza y calidad de su literatura.

Cuando sea algo mayor y quiera jugar a rol (ya le tira el asunto), procuraré enseñarle a ver por dónde camina, y a desvelar las semillas de fascismo, misoginia, desigualdad y xenofobia que a buen seguro encontraremos entre líneas. Todo sea por luchar contra los estereotipos y la censura.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº73, en la sección El Chupacabras, con fecha 4 de noviembre de 2002.