viernes, 28 de agosto de 2009

¡Que viene caperucita feroz!


En el cuento de nunca acabar en que se ha convertido la historia de los dimes y diretes atribuibles (con razón o sin ella) a este humilde servidor que ahora os escribe, y a sus opiniones, faltaba la relativa a nuestros medios de comunicación, nuestras revistas, las revistas de nuestro sector.

Es cierto que tenía intención de abordar este asunto, y que a tal fin tenía previstos una serie de artículos basados en un amplio trabajo de campo sobre nuestras revistas impresas y sobre nuestras revistas informáticas (los boletines semanales o periódicos), por aquello de desgranar, desde mi punto de vista, como siempre, los cambios sufridos, las nuevas alternativas, su incidencia, y por supuesto, su implicación en nuestro mercado y lo que en él acontece.

Esfuerzo inútil y enriquecedor, la verdad, porque me quedo con el enorme caudal de esfuerzo que he notado en casi todas las publicaciones que he mirado, pero tengo que admitir que tiro la toalla ante el esfuerzo que se me viene encima porque me he quedado sin palabras y lleno de sonrojo propio y ajeno, ante la aparición del último número de Dosdediez.

Vale, ya está este con lo de siempre… Quietos parados, que estamos hablando de una revista que se anuncia como Guía bimestral de juegos de rol y en la que no aparece ni una miserable referencia no ya a mi empresa (no la pido), sino a Ediciones Sombra o Libros Ucronía, editoriales que sabemos todos están haciendo un esfuerzo continuado y encomiable por anunciar sus proyectos en un intento por hacerlos asequibles, que han presentado muestras de ello en los últimos meses y de los que me consta, al menos en el caso de Sombra, que una novedad inminente ya está en imprenta, y sin mencionar cualquier otro proyecto editorial que ni sé si existe.

¿Olvido? Voy a ser tremendamente sincero y espero que valoréis este aspecto, porque también voy a ser tremendamente directo. ¿Puede una revista que se anuncia como Guía bimestral de juegos de rol olvidar el esfuerzo que ha realizado Sombra por concretar su CEP o su Comandos, o Ucronía su Reflejos? Me temo que no, salvo que medie un interés particular y particularizante más propio de la propaganda que de la información, y a las pruebas ubicadas en el interior de la revista me remito.

La Dosdediez actual no es sino la constatación de un hecho que ya venía siendo público y notorio desde hace muchos años: su capacidad para manipular conscientemente la información que vertía en el interior de sus páginas. Cabe entonces recordar que no basta con clamar un respeto por la independencia que se dice tener, hay que dar muestras de ello. Pasados ya los tiempos en que se tildaba de loco a Françesc Matas por afirmar esto que ahora afirmo, incluso aquellos en que abiertamente se proclamaba la intención de independencia desde su interior, fueron llegando los editoriales en primera persona que nos ayudaban a reflexionar o a pensar desde el punto de vista unívoco de la editorial que los publicaba, macerando el contexto y haciéndolo propicio, en una suerte de malversación de contenido informativo que no ha tenido igual en la historia de la prensa especializada y escrita, de este nuestro país y de esta nuestra afición o negocio.

Desde este baluarte tan largamente construido, Dosdediez pasó a convertirse en atalaya visionaria de una forma polarizada de entender el rol, impregnando, poco a poco, la forma de sentir y criticar el rol de casi una generación completa…

No voy a entrar a valorar los aspectos negativos que sobre una población activa (en este caso la rolera, tan pequeña ella) puede tener una Guía bimestral de juegos de rol que se anuncia como tal y que sirve a la política y estructura comercial de una sola empresa. Tampoco puedo valorar los aspectos positivos, pues yacen amontonados alrededor del número 6 de su primera época y por tanto en el interior del baúl de los recuerdos. Quiero hablar de información y de la necesidad que tenemos todos de estar convenientemente informados, de nuestro derecho a la información y de la necesidad de que la información servida sea veraz, porque habría bastado que en portada de esta revista apareciera una simple referencia a que Dosdediez es la Guía bimestral de juegos de rol, de La Factoría de Ideas para que mi cabreo, y el de otros, no tuviera mayor importancia ni relevancia.

Como buen órgano de propaganda, la información que contiene sirve únicamente a la editorial que la edita. Malversa los hechos o los olvida, y de esta forma cualquiera que lee el editorial puede llegar a pensar que Alatriste (Devir Iberia) se suma a la propuesta iniciada y abanderada por La Factoría de Ideas por acercar el rol a un público distante y distanciado, vete a saber tú por qué causa, fíjate.

Orquestada la patraña y leyendo la sección de noticias, cualquiera diría lo mismo: más de dos tercios de la información es relativa a La Factoría de Ideas, hay varios olvidos importantes, como ya he dicho, y lo que queda se pierde entre el ruido de fondo sin que nadie vaya a misa. Alkaendra y Astiberri de relleno, puya psuedointeligente para Caja de Pandora (ni siquiera la llaman por su actual nombre), Edge se salva por pelos y Devir rubrica, inteligentemente, lo ya dicho en el editorial de marras: «Dejando atrás estas novedades, Devir nos anuncia la próxima aparición del juego de rol de El Capitán Alatriste, basado en la conocida serie de libros de Arturo Pérez Reverte, habiendo realizado esta labor titánica Ricard Ibáñez.»

Vamos a ver, señores, que no somos idiotas, que El Capitán Alatriste supone un hito real y reconocible para la paupérrima situación del rol español que estamos viviendo; que Ricard Ibáñez ha realizado una labor titánica, es cierto, pero adaptando al rol el mundo literario ofrecido en sus libros por el Sr. Pérez Reverte; que Devir, empresa traductora, ha hecho una apuesta arriesgada por la creación española y con un proyecto de campanillas, que además ha probado entre clubes y aficionados el juego, recogiendo recomendaciones y tratando de incorporarlas al libro, y que se publicó antes que El Señor de los Anillos, llegando antes a las librerías, acercando antes al público este mundo tan perverso y maltratado como es el del rol.

«Romper el cerco es algo muy complicado y pasa, por supuesto, por los siguientes factores: —Normalizar la imagen que tiene el rol en la actualidad mediante campañas de opinión y publicitarias. —Atraer al público natural de nuestros juegos: la audiencia entre 10 y 40 años. Estos son algunos de los retos a los que debemos enfrentarnos industria y aficionados.»
[Editorial de Dosdediez nº3, Febrero de 1998]

¿Qué ha hecho La Factoría en todo este tiempo sino decirnos lo que deberíamos hacer los demás y arrogándose los méritos de lo logrado?, porque ya tenemos claro lo que ha hecho Devir, o lo que llevan tiempo haciendo Sombra o Ucronía, pero no gracias a Dosdediez.

La diferencia entre «No hay duda de que la novedad de estas navidades…» para el juego de Decipher y con el que se da inicio al editorial, y el «… va a apostar estas navidades…» en referencia al juego de Devir, duele, porque suena a lo que es: trucaje del lenguaje con ánimo de modelar la opinión.

El comentario en las noticias referentes a La Factoría de Ideas de: «¿Hay algo más?... Sí, el genial Señor de los Anillos de Decipher traducido al Castellano (la mayúscula es del texto original) muy pronto, ¡¡¡no os lo perdáis!!!» (las exclamaciones reiteradas y el punto final también son del texto original), y el silencio sobre el enorme y meritorio trabajo de Sombra o Ucronía, duele, porque suena a desinformación tendenciosa con ánimo de modelar la opinión.

¿Y por qué cuento todo esto si ni me va ni me viene?

Porque soy la caperucita feroz y paranoica de un cuento que nos contaron mal y estaba lleno de erratas que nunca tuvieron segunda intención, y ya iba siendo hora de pedir una información veraz a la que tenemos perfecto derecho, como colectivo, y que al que no pueda o sepa darla, decirle que aclare las cosas o deje su sitio a otros, que ya nos hace buena falta.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº76, en la sección El Chupacabras, con fecha 2 de diciembre de 2002.

jueves, 13 de agosto de 2009

Yo toreo, los demás trabajan


Dentro de la literatura o los juegos —universos anexos a los que acostumbramos a acercarnos por formato y contenido—, soy de los que creen fervientemente que los Juegos de Rol suponen un punto y aparte a ellos, un género totalmente nuevo y ante el cual admito mi incapacidad de definición. En la literatura existe una función de comunicación que termina en cuanto se acaba y cierra el libro; en los juegos existe una propuesta lúdica articulada alrededor de un contexto y una normas (sencillas o complejas) que no admiten modificaciones sustanciales… En un Juego de Rol, el aficionado consuma la propuesta comunicativa, la enaltece o la empobrece, la transforma, trabaja con ella, la modifica…; en el aspecto jugable, lo mismo: el aficionado lo altera, lo completa, lo sustituye, convirtiendo el conjunto en otra cosa que ni es literatura ni es juego, y que, sin embargo, también es ambas cosas a la vez.

No me voy a poner a disertar sobre lo que son los Juegos de Rol: ni dispongo del espacio ni creo que sirviera de nada hacer el esfuerzo, porque estoy seguro de que me quedarían cosas por analizar o decir, y que aún haciéndolo quedaría mucha tela que cortar sobre un universo, relativamente nuevo, que todavía no ha encontrado una definición capaz de aglutinar a su alrededor todas y cada una de las opiniones que suscita.

A mi modo de ver, un JdR (básico o complemento) es una propuesta inicial en la que el autor aporta su visión y deja al aficionado una buena parte de su desarrollo posterior. Así las cosas, no es de extrañar que el aficionado se sienta juez y parte del Juego de Rol que utiliza, pues en esencia también pone su parte de autoría en el invento, y es aquí donde suele surgir un cierto conflicto y una cierta incomprensión a dos bandas en cuanto confluyen autores o editores, y aficionados, y como las listas son los lugares donde hay mayor trasiego de unos y otros, me apetecía tocar el asunto.

Vaya por delante que no creo en el rol de autor, o artístico (sobre el rol comprometido espero hablar otro día), porque siempre existe una previsible contribución del aficionado y ésta modifica la obra, lo que impide que la obra sea enteramente del autor, cosa que, cuando te pones a la faena, conviene tener bien presente. Tampoco creo en la autoridad del aficionado como usuario, porque su contribución puede atender a supuestos que no tienen por qué haber sido contemplados por el autor, y eso invalida una buena parte de los argumentos que se suelen utilizar, por no hablar de la disparidad que se suele observar en cuanto a horas de trabajo y experimentación sobre un mismo planteamiento de juego.

Todos conocemos las interminables discusiones sobre si un sistema de juego es adecuado o no lo es, o si el trasfondo podría haber llegado a un punto, o a otro, que si tal o cual historia es en exceso lineal, etc… la lista de ejemplos sería interminable pues interminable es la capacidad de aportar opiniones diferentes sobre un mismo tema y creo que lo sabemos todos, así que os ahorro unas cuantas líneas. No nos debe sorprender, por tanto, que ante tanto chorreo de visiones u opiniones, de vez en cuando surja alguna sentencia por parte de los autores o editores tratando de aplacar la verborrea del aficionado de turno, o alguna seria queja por parte de otro aficionado que se siente incomprendido, defraudado o ninguneado por la editorial o el autor responsable de su juego. ¿Debe un autor hacer caso a todo lo que dice la afición? ¿debe la afición tragar con todo lo que dice un autor...?

Me temo que sería demagógico atreverme a decir algo al respecto. Yo mismo me he visto envuelto en más de un dime y direte sobre este asunto y debo reconocer que si me he animado a escribir sobre ello es por evitar algún quebradero de cabeza venidero. Sobre gustos no hay nada escrito y desde luego no voy a ser yo quien lo escriba. Lo que sí puedo intentar es un acercamiento desde otra perspectiva por ver si nos sirve a todos para enfocar mejor nuestras quejas y defensas.

He utilizado para encabezar este artículo una frase, atribuida a Belmonte, con la que se desmarcaba de sus compañeros. «Yo toreo, los demás trabajan», sustantivaba su forma de entender y llevar a cabo el arte de Cúchares. Belmonte hacía arte, toreaba (el toreo es arte, dicen), el resto trabajaba faenando con los toros, bregando, pero no toreaban.

Tradicionalmente, en cuanto alguien despunta en algún campo en el que la habilidad manual o intelectual es parte y fundamento, se le define como artista. Para mí, eso que algunos ven como arte no es sino una forma de valorar la personalidad que se abre paso a través del currelo diario, mientras se admite el nivel de oficio conseguido. Y es que lo de adquirir oficio sí que tiene su tela. No puedo afirmar que Belmonte fuera o no un artista, lo que sí creo es que fue un hombre que imprimió su propio carácter al toreo, que al parecer tenía algo más que oficio, y que si hago caso a los que entienden, aquella forma de torear debió resultar única.

A lo que iba, que esto de ser autor, sin querer o queriendo, imprime un cierto respeto ante el personal y, por qué no decirlo, también mucha responsabilidad. Ser profesional —profesionalidad puede ser un término más apropiado para valorar este aspecto, aunque a veces se usa también sin ton ni son—, presupone una actitud responsable frente a la elaboración de una idea y su consecución, atendiendo normalmente a un valor tan prosaico como la rentabilidad. Yo mismo, cuando dibujo para otras editoriales, tengo que dar por zanjado el asunto aún a sabiendas de que podría conseguir más con más trabajo. Supone una putada, lo admito, pero ajustarme a un formato, a un precio, a un planteamiento editorial previo, son los elementos que me hacen profesional en lo que hago. Meter el freno en la creatividad a mi disposición me permite alcanzar la rentabilidad necesaria para que el editor y yo podamos cumplir nuestros respectivos cometidos sin que el lector se vea resentido por la calidad ofrecida. Dicho lo cual, parece sencillo admitir que para ser realmente profesional hay que dejar lo artístico de lado y, desde luego, saber dónde y cuándo hay que poner freno a la inercia creativa.

Empero, un aficionado no está sujeto a estas necesidades de rentabilidad. Compra un JdR y tratará por todos los medios de sacarle astillas. Ni el tiempo (horas analizando), ni la capacidad de experimentación (horas de playtesting perverso), ni el dinero (en documentación, en material comparativo, etc.), ni las necesidades editoriales que agobian al autor, supondrán freno alguno para alcanzar lo que quiere. Así las cosas, creo que el asunto queda muy descompensado.

De base, no creo que sea mejor un carpintero profesional que vive de ello (por poner un ejemplo), que un economista que hace sus pinitos con la madera y los clavos, o tirafondos, los fines de semana, a no ser que uno de los dos haga armarios como para enterrarlos con ellos en una tumba y sin previo aviso, que también los hay. La etiqueta de profesional, pienso, no otorga ni quita nada, porque lo que es indudable es que la calidad final es la que califica el trabajo, y hay que admitir que desde esa perspectiva hay trabajos realizados por aficionados que merecerían el apelativo de profesionales, y trabajos realizados por profesionales que merecen, como poco, mirar para otro lado, porque dudo mucho que un aficionado fuera capaz de llegar a ciertos niveles de acabado. También se me viene a la cabeza la mención de profesional que se da a la puta, pero no es cuestión de arañar más, tranquilos.

Pediría un poco de comprensión y paciencia sobre este aspecto de descompensación que existe entre profesionales y aficionados, porque su ausencia origina críticas abusivas o defensas férreas que nunca llevarán a ningún lado.

Bien es cierto que el autor o la editorial tienen la primera palabra, posiblemente la palabra más válida, pero no es menos cierto que el aficionado tiene la última, y no me refiero a su actitud de compra. Razonando ambas posturas, desde una correcta situación de unos y otros frente al debate, los juegos serán los que saldrán ganando, y creo que en el fondo se trata de eso.

Me viene a la cabeza algo que leí hace un tiempo. Un colistero argumentaba frente a una editorial que él era el cliente y que el trato correcto al cliente era uno de los supuestos básicos de la actividad empresarial del otro. Es cierto, no lo voy a negar, pero tendremos que admitir que las empresas, incluso editoriales, no acostumbran a poner al ingeniero de desarrollo de una lavadora o detergente frente a las quejas de la maruja de turno. No es que no pudiera ser posible, es que no llevaría a ningún sitio salvo a saturar al ingeniero e impedirle realizar correctamente su trabajo, porque cada maruja o marujo son un mundo y cada mundo un problema diferente.

Fuera de bromas. Del trato al cliente se suelen encargar departamentos asépticos que sirven de intermediaros entre los creadores y los usuarios, pero estamos hablando de listas de correo, de cercanía, de trato... y sería una pena que desaprovecháramos la posibilidad que nos ofrecen las listas roleras de compartir ideas y opiniones desde una óptica constructiva. Autores, editores y aficionados haciendo juegos.

Belmonte toreaba, yo trabajo.
 
Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº75, en la sección El Chupacabras, con fecha 17 de noviembre de 2002.

miércoles, 5 de agosto de 2009

El silencio de los corderos


Hago como que estoy desconcertado, realizo varios estiramientos, tres muecas y me noto menos tenso que cuando comencé. Agarro la jamba de la puerta, tiro para allí y para aquí, flexiono las rodillas y trato de hacer el pino, cosa que no consigo (la edad que ya comienza a pasarme más factura de la prevista)… Bueno, no puedo ponerme una camiseta de Punisher o Batman porque no tengo, ni siquiera una de El ataque de los clones o La comunidad del anillo, porque no uso mas que algunas de Kukuxumuxu y las grandotas de siempre. ¿Balandristas? calzo zapatillas de deporte y balandristas desde mi época preuniversitaria y creo que todavía guardo las primeras John Smith que utilicé recién salido del colegio en el año 1976, más o menos. Nada, que hoy no me voy a poder poner en el papel de freaky ni aunque quiera… así que voy a seguir haciendo como que estoy desconcertado y listo.

Vamos a ver. ¿No había en las listas y en la comunidad rolera cierta preocupación sobre las fotocopias y su posible repercusión negativa sobre el mercado rolero?, ¿no es cierto que uno de nuestros más afamados editores patrios dijo de las fotocopias que eran un cáncer para nuestra actividad, poniendo como ejemplo el manteo?, ¿no se argumentó en su momento trayendo a colación el paralelismo existente entre las fotocopias de libros y el pirateo fonográfico, videográfico o informático?

Pues creo que la cachonda intervención, y secuestro posterior, del material de Alaska por parte de ANEDI —en represalia por unas declaraciones en las que la cantante hacía mención de lo caros que le parecen los precios de los CDs de música, puesta a la luz por los medios de información pública con amplia repercusión—, habría sido un buen momento para reabrir el debate ahora que se ha puesto en solfa la política de precios de las discográficas y se ha barruntado públicamente la posible incidencia de ésta en la existencia de piratería y manteo, haciéndola su directa responsable.

Sigamos viendo. ¿No había cierta preocupación en las listas, y también en la comunidad rolera, ante el precio que están alcanzando algunos productos de rol frente a la calidad que ofrecen?, ¿no es cierto que uno de nuestros más afamados editores patrios ha argumentado en reiteradas ocasiones que no es posible hacerlo más barato, y ha sido secundado, en público, por algunos editores más?, ¿no han sido varios los aficionados que han comentado que el rol no es caro, poniendo como ejemplo otras actividades enfocadas al ocio, como son los CDs de música o los videojuegos?, ¿no se han escuchado comentarios que alentaban a la división del precio de un videojuego entre las horas de entretenimiento que nos reporta para valorar si son caros o no?

Pues tengo que recordaros que acaban de meterle un palo a Nintendo por su política desleal y abusiva para con la competencia y compradores —la condena europea a esta actividad de oligopolio, que ha permitido a Nintendo vender en España un 67% más caro que en Inglaterra, ha sentado un grave precedente que pone sobre aviso a otras multinacionales de los videojuegos—. O que a primeros de octubre pasado, las discográficas Bertelsmann, EMI, Warner, Sony y Universal y las macrotiendas Transworld Entertainment, Tower Records y Musicland Stores, después de quejarse durante mucho tiempo del daño que causa Internet en sus cuentas de resultados y de la imposibilidad de bajar los precios por imperativos de producción, recibieron un serio varapalo por parte de la Fiscalía General del Estado de EE.UU., que las ha condenado a abonar 63,7 millones de dólares como multa por haber incrementado artificialmente el precio de los discos, violando las leyes antimonopolio (bonito tema para otro artículo). Para rematar el asunto, también se les ha condenado a donar otros 75,7 millones de dólares en CDs a escuelas y centros de caridad sin lesionar los derechos de los autores (vamos, que éstos tienen que estar de fiesta). Y creo que hemos desaprovechado otra bonita oportunidad de lanzar o replantear el debate, porque ha pasado totalmente desapercibida en un ambiente, el nuestro, muy susceptible a sufrir este tipo de políticas porque el 95% de nuestro producto es importado o traducido.

¿No se había denunciado tímidamente en las listas, que algunas tiendas sólo trabajaban con determinada distribuidora, o que en otras era imposible conseguir determinado producto porque mentían sobre su existencia?, ¿no es cierto que un editor admitió la posibilidad de que si le caes mal al tendero de turno puedes muy bien quedarte sin su producto?

Pues en lo de Nintendo hay una mención expresa a las presiones a que ha sometido a tiendas para que sólo compren su producto, impidiendo la entrada a otro tipo de oferta, lo que a su vez ha favorecido la implantación de una política de precios que atendía fundamentalmente al logro de un beneficio desmesurado que se amparaba en la fórmula de cartel (intereses asociados para una misma actividad), y que lesionaba gravemente el derecho del consumidor a comprar en justiprecio, y a los demás productores a vender en igualdad de oportunidades de mercado.

¿No nos interesaba la precaria aportación de las empresas que producen en castellano total?, ¿no nos preocupaba la posibilidad de que nos quedemos sin producción nacional?

Pues los cineastas españoles están de uñas sobre la brutal colonización del cine americano, amparada y propiciada por el abuso de las distribuidoras que han modelado el "gusto" del público a su antojo, preferencias y necesidades de negocio, y admiten el peligro real que corre la creación nacional por hallarse en inferioridad de condiciones ante una competencia abusiva que origina que el nuevo cine trate de clonar los esquemas holliwoodienses si quiere sobrevivir...

¿No nos preocupaba el futuro de nuestra afición?

Ante las denuncias de Alaska y otros artistas, las condenas a las discográficas o a Nintendo, la actitud inquisitorial de ANEDI que admite posteriormente la necesidad de bajar los precios, ¿no nos cabe opinar nada?, ¿no podríamos establecer ningún tipo de paralelismo con lo que ocurre en nuestro patio? Ante los comentarios de Armendariz y otros cineastas ¿no cabría establecer algún tipo de comparación con lo que ocurre en nuestro mundillo?

Si el valor del IPC no afecta a los CDs como afecta a los libros, y el precio final de los primeros atiende a otras consideraciones que no tienen nada que ver con la asequibilidad, y sí con la obtención de un beneficio desmesurado que sólo beneficia a distribuidores y comerciantes, poniendo en peligro el propio mercado de compactos y la existencia y trabajo de los autores. Si al parecer las grandes industrias del ocio tienden a los oligopolios que favorecen el asentamiento de una política de precios y logros económicos que ponen en peligro la existencia de la creatividad necesaria, y del propio mercado futuro con la promoción de canales ilegales que lesionan irreparablemente a los autores y a la propia oferta de calidad en la que se debería basar…

Si Manolo García denuncia abiertamente la tendencia exclusiva a clonar viejos valores que se aprecia en la maquinaria de ganar pasta en la que se ha convertido Operación Triunfo (personalmente creo que siempre fue así, como también apuntan otros), y clama por una mayor apertura de miras que beneficie la integración de auténticos nuevos valores, ¿no sería interesante pararse un momento a mirar si no está ocurriendo lo mismo con la cascada de productos D20 que nos llegan del otro lado del Atlántico?

¿No nos interesa para nada todo esto?, ¿no podemos entrever alguna posibilidad de interés por traducir básicos locomotoras en tiradas minúsculas, que saturan el mercado artificialmente y eliminan competencia, pero que cumplen con la función por la que se adquirieron las licencias: arrastrar tras de sí el auténtico negocio que supone el material importado? ¿Se ha comentado algo en las listas que me he perdido?

La censura es también silencio, y silencio es lo que ha habido y hay sobre algunos asuntos que deberían propiciar el debate interno en las listas, o que deberían favorecer el intercambio de opiniones entre aficionados, si realmente estamos involucrados en mejorar nuestras expectativas como consumidores o productores, siempre desde mi humilde opinión. Ya desde mis primeras intervenciones en Esencia durante el año pasado, me sorprendió la capacidad que tenía el personal para mostrarme su apoyo por privado y callar en público dejando que mis detractores se auparan precisamente en un silencio que no debería ser tal. También me sorprendía la capacidad de algunos colisteros para marcar el territorio de lo debatible en tono ligth, y todavía hoy me sigue sorprendiendo la capacidad que tienen las listas para absorber algunas informaciones como si no pasara nada.

Al parecer no pasa nunca nada porque nadie dice nada. Bajo esta lógica aplastante, creo que lo que sí pasa es que no nos interesa ahondar en los problemas que nos aquejan, no hay voluntad de hacerlo, mucho menos de mirar hacia el futuro. Es mentira que trabajemos por mejorar el mercado y es mentira que salvo cuatro chavales que se dejan la piel haciendo jornadas locales de fin de semana, alguien esté haciendo algo por ampliar las expectativas de nuestro mercado, o mejorarlo. Y es mentira que las listas sean auténticos lugares de debate donde compartir ideas u opiniones para tratar de sacar algo de provecho.

Seguiré haciendo como que estoy desconcertado.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº74, en la sección El Chupacabras, con fecha 11 de noviembre de 2002.