domingo, 27 de septiembre de 2009

El día de la marmota


Siete años suponen un buen puñado de tiempo. Mi hijo, por ejemplo, ha pasado de anudarse al cuello la adolescencia, a pelear por un futuro que intuye como suyo, y como un jabato. Sí, siete años parecen un buen margen como para que algo madure o cambie. Mi hijo, sin ir más lejos, ha crecido hasta sobrepasarme por muchos centímetros, tiene novia, y anda decidido a convertir sus sueños en realidad, midiendo cada paso que da…

Me dejo de hablar de Josu y voy directo al grano, porque tras leer los artículos de opinión que publiqué hace siete años en The Freak Times [ya están listos para descargarlos en PDF], tengo la sensación de estar viviendo el día de la marmota que sufriera Bill Murray en la película de idéntico título.

Quitando que tras algunos libros y artículos publicados en otros lares, y lo de Nürburgring con sus casi 500 entradas, me siento más escritor que antaño (me presento por fin al Gabriel Aresti); que el pertinaz empeño de unos pocos ha originado que lo del asesinato del rol ya no cuele como excusa, pues nuestra modalidad de ocio se usa en escuelas, incluso en colonias veraniegas, para educar a la chavalería en conceptos como la tolerancia y la igualdad, mientras se entretienen; y que mi hijo ha pasado olímpicamente de los JdR aunque tiene amigos que los juegan; poco o nada ha cambiado en estos últimos siete años en cuanto al contenido de mis opiniones vertidas se refiere.

Ya no hay revistas desde donde modelar la opinión, han sido sustituidas por  hermosas Torres de Marfil donde se intenta leer el Pravda a los mismos concurrentes a los que se prometió fluidez en la comunicación y cercanía. Rara es la vez que nos encontramos con una contestación que no sea escueta o monosilábica cuando alguien pregunta en los foros editoriales por algo que no resulta conveniente para la filosofía de la casa que los habilitó para mantener el contacto con la afición. Ni os cuento lo que ocurre cuando algún desaprensivo trata de saber algo sobre alguna de esas licencias o proyectos que no han visto aún la luz, y que se prometieron o anunciaron a bombo y platillo.

Los dinosaurios siguen deslegitimando a los molestos, estos, siguen tratando de hurgar en el trasero de los primeros, aunque hay que reconocer que los protagonistas han cambiado, vamos, que variando algunos nombres en lo que escribí, las descripciones de los hechos acaecidos en 2002 siguen manteniendo su vigencia.

La afición sigue haciéndose las mismas o parecidas preguntas sobre el precio o la calidad de los libros que consume, y las editoriales siguen esgrimiendo las mismas o parecidas razones que utilizaban otros en hace unos años, ahondando en la penuria intelectual en la que nos movemos, porque la gente sigue sin saber qué es bueno y qué no lo es, ya que carece de argumentos o criterio, pues nadie se ha molestado en aclarárselo, sospecho que por si las moscas.

Las listas ya no son lo que eran, Ludotecnia sigue sin existir, siguen sobrando sabios que hablan sin tener ni puñetera idea, sigue abundando la mediocridad, seguimos dependiendo de lo made in USA o made in UK [impreso ahora en China, of course!], la mayoría de tiendas siguen erre que erre ejerciendo de especialistas a su manera, y seguimos casi tal cual estábamos, porque lo cierto es que los consumidores siguen acercándose a las tiendas y responden en cuanto tienen algo ante qué responder y merece la pena el esfuerzo o el precio.

Me quedo con esto último, porque si todavía tenemos rol, y parece que para rato, se debe a la existencia de esas iniciativas pequeñas que parecen sobrar, y a que gracias a los blogs, la necesaria insurgencia y contestación (el sistema las necesita) tiene un impacto inusitado que conviene despreciar… Igual, igual que se hacía hace un puñado de años, aunque con sutiles diferencias.

Mientras recapacito sobre hacia adónde vamos, permitidme que siga sentado en el suelo, mirando mi piedra de poder, como hace el chamán de la ilustración de la preciosa viñeta del mago Moebius que he tomado prestada para abrir esta entrada.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Pluralismo, independencia, y la madre del cordero


Puede que peque de ingenuo pero voy a afirmar que la razón para que a veces gastemos tantas líneas intentando explicarnos es que utilizamos un léxico que más que aclarar lo que tratamos de decir, ayuda precisamente a todo lo contrario —Dios me libre de pensar que alguien en su sano juicio trate de hacernos comulgar con rueda de molino tomando como basamento el uso y abuso de nuestra lengua—, y lo digo porque a colación de mi penúltima intervención (¡Que viene Caperucita feroz!, sí, el de la 2D10) he recibido algunos correos en los que dos términos: pluralismo e independencia, se convierten en sinónimos sin que me parezca que hay correlación alguna entre ambos, ni por asomo; y lo que es peor, en base a tamaño puré contra natura de conceptos, la citada terminología permite a dos de mis amables lectores tacharme abiertamente de alineado con otra oferta informativa y a saber con qué ocultas intenciones... ¡Ay, las consabidas intenciones ocultas! qué le vamos a hacer.

No voy a negar que puedo estar alineado, y que se me verá más oreja de la que trato de enseñar, pero a eso lo llamaba yo afinidad hasta que ha surgido lo del alineamiento. No conocí la revista Troll, pero me gustó mucho la vieja Líder hasta que dejó de gustarme; también comenté el otro día que Dosdediez me pareció una muy buena apuesta hasta el número 6, y que luego también dejó de gustarme. Portal y Sire no me llegan a encantar pero creo que cumplen perfectamente con lo que se le puede pedir al tipo de revista que hacen sus redactores y para el público al que van destinadas. RPG Magazine"está muy en la onda de lo que creo que se le puede pedir a una revista general, pero me parece precipitado analizarla todavía, lleva muy poco tiempo en el mercado y me merece la pena dejarla rodar todavía un poco más antes de criticarla en profundidad. Sobre las llamadas ezines o erevistas, TFT y Fiade me satisfacen…

Vale, no soy la persona adecuada —rara vez lo soy—, ni para enmendarle la plana a nadie ni para decirle cómo debe hablar o escribir. Pero es que normalmente, en esto de la cosa crítica y un poco afilada de escribir todas las semanas, intentando aportar algo o sorprender otro tanto, me remito a lo que el sentido común, mi sentido común, me indica sobre este y otros aspectos, y siempre desde mi punto de vista: parcial y subjetivo, como buen punto de vista. Tampoco me las voy a dar ahora de tipo estrecho con estas cosas del lenguaje porque para explicarme me puedo retrotraer hasta el amanecer de mis días, y con razón luego me vienen aquellos a los que mis historias trasnochadas les suenan a chocolate espeso y tampoco me parece plan comenzar hoy corriendo ese riesgo. A estas alturas casi todos estáis avisados sobre lo que soy capaz cuando ando dándole a las teclas, así que os ahorro unas líneas.

Sin embargo, tengo que admitir que creo a pie juntillas que independencia y pluralismo son palabras que significan dos cosas bien diferentes, sin necesidad de recurrir al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Antes de que me saquéis los cascabeles, tengo que avisar que no dispongo de la vigésima segunda edición, sino que gasto una un poco más antigua —bastante más antigua, vale— que reposa en una estantería de mi casa, siendo el diccionario que utilizo en el estudio un vulgar Pequeño Espasa que le regaló a mi suegra el BBVA en alguno de sus juntas generales de accionistas. Pues nada, que ni con este apaño de diccionario la cosa cambiaría ni tan siquiera un poco: independencia y pluralismo siguen siendo dos conceptos bien diferentes y bien diferenciados, y cada vez me sorprende más que haya quien los equivoque.

Ser independiente significa, ni más ni menos, no tener dependencia, no ser dependiente, aquí y en Lima (Perú). Una revista o una publicación periódica puede afirmar que es independiente con pleno derecho. Bien, las muestras de periodismo independiente son muy numerosas, pues en el ánimo periodístico (profesional o aficionado) el que más o el que menos trata de decirnos que es independiente para que sus opiniones, críticas o razonamientos, se entiendan como exclusivos, propios, vamos, que nadie le obliga a decir lo que dice. Sobre este particular no pienso que puedan caber dudas, porque alguien que dice lo que piensa sin ir al dictado es plenamente independiente, yo al menos así lo considero aunque haya independencias que no me gusten un pelo.

Con el término pluralismo (de plural), el periodismo trata de reafirmar una apertura de miras, su capacidad para estar abierto a todo cuanto acontece a su alrededor y su intención de plasmarlo. El pluralismo también se demuestra, como la independencia, y también tenemos numerosas muestras y ejemplos de publicaciones periódicas que muestran este talante abierto al acoger en sus páginas incluso artículos y opiniones contrarias a su línea editorial.

La linea editorial (los supuestos editoriales, el programa informativo del medio de comunicación, o sus intereses reales), rubricará o contradirá el talante independiente de la publicación, o su pluralismo informativo, y aquí, como en todo, me cabe hacer una reflexión cautelosa, porque si bien es cierto que una cosa es decir lo que se es y otra bien distinta es demostrarlo, la verdad es que hay que tamizar mucho, atendiendo, también, al contexto en el que debemos valorar la independencia y el pluralismo informativo sujeto a análisis, porque ese contexto es el que nos permitirá ver las causas posibles para que en un momento determinado la revista o publicación periódica haya podido desviarse, o se desvíe, de sus propios presupuestos, porque como buena norma también ésta está sujeta a excepciones.

A lo que voy. ¿Puede una revista general de rol, editada por una compañía de rol, ser independiente? La pregunta se las trae, pero como no quiero dejar de mojarme en este asunto, como he hecho en otros, la voy a contestar sin tapujos: puede, formalmente creo que puede, es más, creo que debe, y pretendo razonar mi postura.

A diferencia de lo que ocurre en otros ámbitos en los que consumo e información coinciden, donde las empresas construyen proyectos editoriales de marca y dejan la información general en manos de grupos independientes a ellas, en el caso de nuestro mercado, y en ausencia de auténticos grupos informativos independientes, son las casas editoriales las que abordan la información general, lo que origina una marea de sospechas a su alrededor que muchas veces no tienen ningún fundamento.

A mi modo de ver, cuando una empresa que edita rol aborda la publicación de una revista general sobre rol, suelen hacerlo para favorecer un cauce publicitario que tiene una doble vertiente, porque de no ser así abordaría la creación de un medio dependiente (revista de marca); en caso contrario tengo que decir que simplemente trataría de engañar o manipular el mercado por medio de su publicación. La primera de las vertientes a las que me refería la supone el impacto de imagen que genera el salto ejecutado (pasar de editar libros a hacer una revista especializada, general o de sector; el prestigio que da este paso origina una suerte de ascenso en el escalafón editorial, lo que a su vez permite rentabilizar mejor el esfuerzo editorial en todo su conjunto porque la afición valora enormemente este esfuerzo). La otra vertiente a la que aludía es la reducción de costos publicitarios al permitir albergar en la revista aquellos anuncios que insertados en otras supondrían un coste adicional bastante importante.

Como rápidamente se puede ver, al menos eso espero, el interés por editar una revista general tiene suficientes beneficios como para que la editorial que la hace no tenga necesidad de meter mano en la línea editorial y, por tanto, razonablemente podemos decir que le es posible mantenerse al margen, permitiendo honestamente su independencia, porque del buen trato que dé a su publicación resultará un aumento del peso específico de la editorial en el conjunto del colectivo al que sirve e informa, en base a un mayor prestigio y al mayor impacto que logrará la publicidad que lleva en su interior. Básicamente es una pescadilla que se muerde la cola.

Sí, bien, pero ya sabemos lo que pasa con estas cosas… Pues sí, también, ya sabemos lo que ocurre cuando un editor se ve tentado a meter mano en la línea editorial para sacar un supuesto mayor rendimiento al producto informativo que edita, y espero que quede claro lo contraproducente que resulta, porque de esta actuación resulta una dilapidación estúpida de su prestigio y una merma importante en su capacidad de hacer publicidad. Personalmente pienso que es de idiotas tomar este camino, porque una publicación independiente favorece (y mucho) a su empresa editora, y cuanto más independiente es, más la beneficia, lo que me lleva a reiterar lo que ya he dicho más arriba: que se puede hacer una revista independiente desde una editorial de rol, y que creo que se debe hacer porque el servicio informativo al colectivo al que va dirigida se devuelve multiplicado en beneficios formales y económicos para ella.

¿Podemos valorar la cantidad de independencia de una publicación general? Pues qué queréis que os diga. Pienso que es demasiado arriesgado hacerlo; en nuestro particular estado de cosas, lo cierto es que los equipos de trabajo suelen estar formados por colaboradores cercanos a las editoriales (sería ilógico pensar que pudiera ser de otra manera) y esto puede lastrar ligeramente el cometido independiente, es cierto, aunque sea simplemente por cercanía y afinidad; ahora bien, esta situación en modo alguno impediría que haya un auténtico talante de independencia en el equipo o que la editorial que edita la revista realmente preserve su independencia y que ambas cosas puedan quedar plena y abiertamente palpables (siempre que los hechos no nos digan lo contrario).

En nuestras críticas a las revistas sobre su independencia estamos ante una cuestión de gustos: nos gusta la independencia que ha logrado un proyecto informativo o no nos satisface. No hay mucho que decir salvo que conviene huir de las presunciones, y sobre todo de aquellas que nos impiden ver que lo que sí puede ser posible realmente lo sea. ¿Y el pluralismo? Bueno, del pluralismo, o cómo entiende cada uno el pluralismo, decir que éste descansa directamente en lo que la revista entiende por tal en su línea editorial y lo que el redactor o redactores entienden por abertura de miras, y ante esto tampoco hay mucho que decir salvo que resulten gustos u opiniones.

Personalmente pienso que si bien hay —y ha habido— un interés en la pluralidad de nuestras revistas de información general, a mí me gustaría que hubiera aún más porque considero que cuanta más haya mejor nos irá a todos (creo recordar que en mi primera contribución al TFT ya mencionaba este aspecto). Lo que no quita, en modo alguno, para que independencia y pluralismo sigan siendo dos cosas bien distintas, y que en ningún caso el equívoco (directo o comparativo) pueda servir de excusa para amparar actitudes de independencia y pluralismo que sirven a intereses bien concretos.

En mis opiniones me creo independiente y procuro ser plural, pero por si acaso no lo consigo siempre firmo con mi nombre y apellido; así, si hay quejas, al menos sabéis a quien reclamarle integridad, porque ya he dicho al principio que admito tener mis afinidades como todo hijo de vecino.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº78, en la sección El Chupacabras, con fecha 29 de diciembre de 2002.

jueves, 3 de septiembre de 2009

De narraciones y enfados


En esta tarde de la festividad civil del día de la Constitución; mientras el chapapote anega las playas y futuro de toda Galicia, y ya arrienda maleficios en la costa asturiana, en la cántabra y en algunas playas de nuestro litoral vizcaíno, acumulando negros presagios; un par de días después, o tres, en que unos compatriotas míos nos han recordado a todos su manía por reclamar atención poniendo patas arriba un aparcamiento en Santander mediante el único lenguaje que conocen, me encuentro inmerso en una especie de melancolía vital a la que tal vez contribuyen la tarde lluviosa y hostil que hace afuera, la pipa caliente que reposa en mis labios y el calorcillo que me proporciona el calefactor que trabaja a mis espaldas. ¡Perra vida!

Gracias al cielo he cumplido con lo prescrito para toda persona en este mundo, y antes de cumplir la cincuentena (todavía me queda un buen trecho): he tenido un hijo con la ayuda inestimable y nunca bien reconocida de Cata (mi compañera de fatigas), he escrito un libro (en realidad varios) y he plantado un árbol que sigue en pie (el otro sucumbió ante el cortacésped de mi cuñado en un descuido). Además de estos y otros logros me halaga la vanidad el contar con un montón de buenos amigos y disfrutar de ellos. Espero que comprendáis entonces que puedo decir que podría irme tranquilo al otro barrio pero que no tengo ninguna prisa. Como creo que todavía me queda bastante cuerda y por mi talante sé perfectamente que venderé caro mi pellejo, la cosa se me plantea todavía lejana y el trayecto harto complicado y divertido, y lo digo más como constatación autocrítica que como aviso a navegantes, y también lo digo con el ánimo de limar un poco la aspereza que rodea mis comentarios y presencia en las listas.

No suelo enfadarme habitualmente, aunque reconozco que mis explosiones de vehemencia y verborrea más o menos agresiva pueden originar más de un equívoco a este respecto. Los que me frecuentan saben lo tranquilo que resulto, lo que no impide que, a veces, lo directo y claro de mis argumentos suenen a escopetazos. No muerdo, puedo jurarlo y creo que ya he dicho repetidas veces que me gusta discutir más que a un tonto una tiza, tal vez, sólo tal vez, porque en mi ambiente familiar la discusión era una disciplina a la que mis hermanos y yo nos aplicábamos con ahínco, y todavía hoy nos depara gratos momentos.

¿Adónde voy? Pues por ser sincero debo deciros que no tengo ni idea salvo que tengo intención de eliminar cierta punzada que siento al verme inmerso en una situación difícil de solucionar salvo que medie esta extensa parrafada a la que ya he dado inicio, y que tuvo su origen ayer, cuando alguien me tildó de escritor y al que contesté que no me siento escritor, para nada. Nada importante, como veis. El caso es que hoy, mi buen amigo y colega Juan Carlos Herreros me ha enmendado la plana con una argumentación objetiva a la que no puedo llevar la contraria, pero con la que no estoy en nada de acuerdo, y de esta situación creada ha surgido el aprovechamiento torticero de esta tarima prestada amablemente por The Freak Times para explicarme yo y aclarar este extraño contencioso que me tiene más desconcertado a mí que a vosotros. Espero sinceramente que sepáis perdonármelo y que de mis palabras saquéis, al menos, algo de provecho.

Antes bien, y dado el espíritu melancólico que me envuelve, me gustaría dejar constancia del profundo respeto que siento por Juan Carlos, porque un par de encontronazos listeros habidos con él pueden haber llevado a pensar todo lo contrario, y no hay tal, os lo aseguro. Juan Carlos me parece una persona íntegra y cabal, como profesional otro tanto. Admito admirar su empeño y forma de ver el mundo editorial y sus riesgos, y aunque difiero en su manera de abordarlos, no es menos cierto que esto no quita lo otro y quiero que conste públicamente para que haya, al menos, un recibo.

Soy plenamente consciente de que ser alguien en las listas (por mérito o sin él) conlleva una lectura radical de tus argumentos, sobre lo que sea. En el caso del manejo del concepto escritor ha surgido la polémica, pero he aquí que Juan Carlos tiene razón, un escritor es alguien que escribe, y no se puede decir lo contrario salvo explicando la perspectiva de quien niega tal atribución (mi caso).

Desde el enfoque planteado por Juan Carlos soy escritor, no puedo negarlo, otra cosa es que me sienta escritor y aquí es donde doy comienzo a mi particular película. El ser humano goza de una serie de capacidades innatas que desarrolla a lo largo de su vida con mayor o menor fortuna. Una de ellas es la expresión. No basta con querer decir algo, hay que aprender a decirlo, con los gestos, con la palabra… Por suerte para mí soy un individuo lo suficientemente inquieto como para tener muchas cosas que contar y muchas ganas de aprender a hacerlo lo más correctamente posible. Si bien mi capacidad oratoria se descubrió sola, mi capacidad expresiva a través de otros canales necesitó de un arduo aprendizaje.

Antes de continuar tengo que deciros que la capacidad para dibujar la tenemos todos de forma innata, desde que somos pequeños podemos hacerlo, en serio. Por desgracia nuestro programa educativo y cultural potencia la lateralidad cerebral izquierda, mejor dotada para la expresión lingüística, dejando de lado el manantial que yace en el lado derecho de nuestro cerebro, preparado para la denominada expresión gráfica o artística. Así las cosas, todos dejamos de saber dibujar (de expresarnos a través de la grafía artística o imaginativa) alrededor de los tres años, como dejamos de saber nadar a los seis meses o dejaríamos de saber hablar si ocurriera una circunstancia que nos impidiera hacerlo alrededor de los dos años. Esto que digo es fisiología, no es ninguna ida de olla, y viene a cuento porque siendo dibujante, sintiéndome dibujante, tampoco veo en ello algo excesivamente distintivo. He tenido suerte, mi lateralidad cerebral derecha se preservó convenientemente y pudo desarrollarse en un ambiente propicio (mi padre también es dibujante), y creo que merece la pena admitirlo.

Volviendo al hilo de lo que decía. Nuestra cultura prima la capacidad lingüística (lectura, escritura, habla) por encima de otras capacidades esenciales y de aquí que se nos haga necesario retomar aquello que ya sabíamos y olvidamos, para desarrollarlo o potenciarlo. Volvemos a aprender a nadar y podemos volver a aprender a dibujar. No me voy a extender porque podría llenar varios folios y no es plan, pero quiero concretar que con nuestra capacidad para expresarnos en forma escrita ocurre que si no se educa convenientemente, por mucha educación lingüística que recibamos, acaba colapsándose o se enquista en estado larvario a la espera de un redescubrimiento que a veces no llega. Este es mi caso.

Siempre he sido una máquina imaginativa con ganas de hacer partícipes a los que me rodeaban de mis ideas, pero el caso es que mi educación literaria dejó mucho que desear. Me estrellé una y mil veces con la gramática, la ortografía y los rudimentos de la lengua porque no supe atender a lo que me ofrecían, o no me lo supieron enseñar que para el caso da lo mismo. Odiaba los libros porque me obligaban a leer y no me enseñaron a disfrutarlos, hasta que comencé a encontrar en la lectura una aliada. Richard Bach, lo admito, primero fue Juan Salvador Gaviota y después El Principito de Saint Exúpery, y calzaba yo 18 años. Después vino la poesía de la mano de Whitman, Hernández, Lorca, Storni…, textos pequeños y fáciles, hasta que descubrí a Nietzsche (me tragué casi todos sus libros), Freud (otro tanto), etc… Exploraba, leía casi todo lo que caía en mis manos: literatura moderna, clásica, filosofía, narrativa, poesía… y comencé a redescubrir, en base a lo que absorbía, aquello que debí aprender y no hice.

Mis primeros pinitos en la materia los ejecuté con 21 años, cuando se me hizo necesario poner por escrito los guiones de cómic que ideaba para un amigo, después lo intenté con algunos relatos cortos que todavía andarán por casa. Tenía yo 26 años cuando acepté el encargo de mi primer artículo para la revista Mensajero y 28 cuando me metí de lleno en una biografía sobre Elcano para ilustrarla después (cosa que nunca he hecho).

A lo que voy, que yo he aprendido a escribir de oído, como otros aprenden a tocar la guitarra o el piano. Me falta la comprensión de la técnica (el solfeo) y la suplo con la apropiación indebida de fórmulas que he visto en otros, y así he aprendido a modular mis escritos, a confeccionarlos, a crearme un estilo propio. Y esto me lleva a decir que no es falsa modestia admitir que soy un intruso, que no es falsa humildad admitir mis carencias y que no considero un error decir lo que siento como verdad.

En este mundo lleno de categorías que nos encajonan o describen, creo necesario hacer un esfuerzo por reclamar el espacio propio y más adecuado para esa nuestra descripción íntima, y en modo alguno escritor me define. Soy un narrador, un contador, siempre lo he sido, y el caudal de ideas que surgen de mi interior se ha abierto paso a través de diferentes disciplinas: la gráfica como dibujante, la oratoria y gesticulante como contador, y la literatura como narrador.

No hay trampa ni cartón. El respeto hacia quien van dirigidas mis ideas me ha llevado a aprender los rudimentos necesarios para hacer que éstas le lleguen con la mayor claridad posible. Si bien en el aspecto gráfico, mi técnica y recursos se funden con la idea original y a veces llegan a parecer uno, en el caso de la escritura soy consciente de que me falta mucho terreno por recorrer, y eso me lleva a eludir la categoría de escritor y a emboscarme en la de narrador, porque es eso lo que me siento.

Cuando escribo me puede la idea y si acierto en encontrar la plasticidad o el tono, o el tempo, es por pura chiripa o porque el oficio que llevo a mis espaldas me saca las castañas del fuego. Conozco a escritores y sé cómo trabajan, como se organizan y cómo abordan los resultados previsibles, y sé que no soy como ellos.

Y no, no me enfado, en serio, ni cuando me llaman escritor ni cuando me niegan ser narrador porque soy ilustrador… Si yo os contara.

Artículo de opinión publicado en The Freak Times nº77, en la sección El Chupacabras, con fecha 16 de diciembre de 2002.