sábado, 26 de diciembre de 2009

Sin vosotros, nada


Una de las cosas más chocantes que sucede en el interior de lo que comúnmente conocemos como mercado, atañe a la circunstancia de que el consumidor es su protagonista más importante y a la vez el más despreciado. Basta mirar alrededor (no mucho, que a lo peor nos deprimimos) para observar que hay dispuestos en su perímetro una buena cantidad de organismos e iniciativas que velan porque no se pisoteen demasiado sus derechos, lo que en román paladino significa que lleva las de perder, siempre o casi siempre, porque de otra manera no haría puñetera falta tanta línea defensiva ni tanto celo protector.

Los tres artículos de opinión escritos para OcioJoven en el invierno de 2006 [ya están a vuestra disposición en formato PDF], venían a poner de relieve que en nuestro mundillo no sabemos lo que consumimos ni cuáles son nuestros derechos como consumidores, y que a falta de la imprescindible información, estamos en manos de quienes deciden qué o cómo compramos; y lo que es peor, a qué precio y en qué condiciones lo hacemos. En realidad todo ello no es nuevo, tras la revisión del material publicado en The Freak Times, ya dije que seguíamos igual, si no peor que en 2002, pero el matiz que hace interesante la lectura de este pequeño grupo de textos, es, a mi modo de ver (siempre subjetivo), que abordan la realidad de nuestro mercado desde tres perspectivas diferentes pero coincidentes en cuanto a delatar que a los grandes productores les seguíamos importando un pimiento, como quien dice, hace nada.

Así las cosas, cabe admitir que como aficionados disponemos de muy poco margen de maniobra porque ni se nos informa ni se nos permite que mejoremos nuestro criterio, ya que los que deberían modificar las cosas no saben o quieren cambiarlas, y ahí radica el quid de la cuestión, creo, porque cuanto más insolventes y dependientes seamos, más vamos a necesitar la presencia del correspondiente gurú que nos diga cuál es el camino, de manera que él elegirá por nosotros y nos podrá indicar cuándo el rol ha muerto o cuándo ha renacido, qué es lo bueno y qué lo malo (siempre según sus particulares intereses o afinidades), o cómo debemos entender lo que hasta hace muy poco no necesitaba de diccionario.

Decía más arriba que resulta chocante que el consumidor sea el pagano de los experimentos y carencias del mercado con mayúsculas y por consiguiente también del nuestro, pero cabe hacer una consideración en cierto modo optimista, porque hoy, a diferencia de ayer, disponemos de más canales de información y discusión de los que podríamos imaginar, y por ello haríamos el bobo si no los supiéramos aprovechar, porque sin nosotros, no hay nada, y convendría que nos lo fuésemos creyendo.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Con agujeros no, gracias.


Pues eso, que un libro con agujero (por mucho que no perjudique su lectura) es un libro estropeado, roto, defectuoso.

Que no nos engañen.

«Importante: Los libros de la promoción "Halloween" tienen un agujero de unos 5 mm. de diámetro en la esquina superior izquierda que no perjudica su lectura, pero sí marca una diferencia con respecto a los ejemplares adquiridos con anterioridad a su precio original.»

Sí, marca una diferencia muy clara: son libros defectuosos.

Imaginemos que vamos de rebajas y encontramos esa chupa de cuero que nos gustaba cuando era cara, pero que nos mola más ahora porque el precio es mucho más asequible y el fabricante ha anunciado que la retira del mercado.

Bien, tras comprobar que nos sienta bien descubrimos que tiene un agujero de 5 mm. de diámetro en la solapa. Está claro que no afecta a lo que se espera de una chupa, pero todo indica que no es una chupa como esperamos que sea una chupa, ya me entendéis. Continúo. Buscamos una similar que no tenga el agujero de marras, pero para nuestra sorpresa observamos que todas las chupas del mostrador tienen el mismo agujero, en el mismo sitio.

Bueno, tras el chasco informamos al dependiente de que las chupas rebajadas «están rotas, estropeadas, defectuosas», pero el tipo, sin cortarse un pelo nos contesta: no, no están rotas, el fabricante las ha agujereado para diferenciarlas de las chupas adquiridas con anterioridad a su precio original. No sé vosotros, yo mandaría a la porra al dependiente advirtiéndole de que su comentario no es muy razonable que digamos; desde luego no volvería a la tienda porque hace falta ser jeta para vender una cosa rota argumentando que es una promoción; y por último, me acordaría de los parientes más cercanos del fabricante porque hace falta ser impresentable para estropear una chupa de cuero de manera tan cutre.

Como el supuesto contraviene flagrantemente la normativa vigente: «Ley 7/1996, de 15 de enero, de Ordenación del comercio minorista / CAPITULO III / Ventas de promoción /Artículo 27. Concepto. [...] 2. Los productos en promoción no podrán estar deteriorados o ser de peor calidad que los mismos productos que vayan a ser objeto de futura oferta ordinaria a precio normal». Y en el Artículo 65 de la misma ley podemos leer. «Infracciones graves / 1. Tendrán la consideración de infracciones graves: [...] j) Ofertar como rebajados artículos defectuosos [...]», lo lógico (digo lógico, que no habitual) sería que ante una situación similar, presentáramos una queja en la Oficina del Consumidor, o una denuncia en la comisaría más cercana, para que las autoridades metieran mano en el asunto y el fraude no se volviera a repetir (es un fraude, mal que nos pese lo es).

Ya he dicho alguna vez que nuestro mundillo está hecho unos zorros, por peculiar, y esta es una buena oportunidad para comprobarlo:

1. El fabricante no avisa con suficiente antelación al tendero de que va a descatalogar producto y va a lanzar un saldo (aunque parezca impensable, tiene obligación de hacerlo).

2. El tendero compra material que va a ser descatalogado sin enterarse de nada (tampoco es que sea una cosa del otro jueves, porque si normalmente están en la higuera, ni os cuento cómo andan de prevenidos ante una emboscada).

3. Llega la promoción (utilizar el nombre de saldo llevaría a reducir aún más el precio, y ya sabemos cómo van estas cosas de jugar al equívoco), y para que el tendero no rechiste y se coma el material que ha comprado hace una semana (al librero le asiste el derecho a negociar el diferencial entre el precio de un producto a su valor normal y al rebajado sin previo aviso), el fabricante le vende una nueva tanda de libros rotos con la excusa de la «diferencia promocional».

Y todo esto sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza, porque el fabricante y el tendero están haciendo algo ilegal, y si no lo saben, deberían saberlo. El primero porque vende material defectuoso como producto sujeto a promoción (saldo, para ser exactos), y el segundo porque se asegura de que cuando acabe de vender la promoción (saldo, para ser exactos) a los incautos, volverá a vender el mismo producto al precio habitual, esta vez a los rezagados.

No sé lo que pensaréis vosotros. A mí me dan ganas de llorar porque el que se come el auténtico marrón es el aficionado que permite que por 1.600 pesetas de las de antes se cisquen impunemente en su derechos como consumidor; y el mercado, que seguirá pensando que los editores somos una banda de ladrones y filibusteros, sin que nadie quiera remediarlo... pero es que somos roleros, los libros de rol no son chupas, y además: esto es otro mundo.

Un abrazo para todos

Artículo de opinión publicado en OcioJoven, con fecha 27 de febrero de 2006.